La tenebrosa política sin ideología
La tenebrosa política sin ideología
Apuntes
desde el suelo
Dr.
Lenin Torres Antonio.
La política es, o debería ser,
el espacio del debate de las ideas. No hay política sin diversidad, sin
confrontación de proyectos ni posibilidad de contraste. Allí donde desaparecen
las ideas, desaparece también la política, aunque sobrevivan sus formas, sus
rituales y su lenguaje vacío.
Aunque la historia de la vida
humana, más que una historia de las ideas o de la bondad, ha sido
predominantemente una historia de guerras, violencias y contradicciones,
seguimos insistiendo —no sin autoengaño— en que la historia del hombre es la
historia de un animal racional que, por esa facultad, ocupa la cúspide de la
pirámide evolutiva.
Como advirtió Hannah Arendt,
el sentido de la política es la libertad; pero esa libertad solo existe cuando
hay pensamiento, juicio y debate. Una política sin ideología no libera:
administra. No persuade: gestiona. No convoca ciudadanos: produce audiencias.
Imaginemos una política
vaciada de contenido, donde ya no importan los principios ni las convicciones,
sino únicamente las estrategias para la obtención y preservación del poder. Una
política reducida al cálculo, a la mercadotecnia y a la simulación permanente.
En ese escenario, lo que Max Weber llamó responsabilidad ética se degrada en un
pragmatismo ciego, donde cualquier medio se justifica por su eficacia. Bien
podríamos decir que la idea del hombre de la razón sucumbió ante sus pulsiones
narcisistas, violentas y sexuales, pues el poder ya no se busca solo como
acceso a bienes materiales, sino como una fuente de goce que hipnotiza las
facultades cognitivas y somete a la razón.
Si extendemos esta lógica a la
vida humana, el panorama resulta inquietante. Una existencia sin imaginación,
sin introspección, sin duda ni culpa, sin pasión ni pensamiento crítico, sería
apenas una forma de persistencia biológica. Un cuerpo que funciona, pero no se
pregunta. Un sujeto que obedece, pero no comprende. Solo así puede entenderse
la abismal desigualdad entre los pocos que lo tienen todo y los muchos que
sobreviven con lo mínimo en el día a día.
La historia de la humanidad no
ha sido la historia de la razón triunfante, sino la de la violencia, la
contradicción y la dominación. Sin embargo, incluso en sus episodios más
oscuros, las ideas funcionaron como horizonte, como justificación o como resistencia;
como ficciones capaces de producir sentido y certezas. Hoy enfrentamos algo
distinto: una política que ya no necesita ideas para dominar, una institución
social sin marcos conceptuales que contengan el amasijo de pulsiones
inconscientes que emergen para dictar el “deber ser”.
En la modernidad tardía, como
señaló Zygmunt Bauman, el poder se ha emancipado de la política. Esta,
despojada de ideología, ya no transforma la realidad: la administra. No propone
futuros: gestiona miedos. No construye ciudadanía: produce conformidad. Cada
día estamos más cerca de que la política se reduzca a una mera genealogía del
poder.
La ideología no ha
desaparecido; se ha vuelto invisible. Slavoj Žižek lo expresó con crudeza: la
ideología funciona mejor cuando creemos que ya no existe. Se presenta como
neutralidad, como sentido común, como simple realismo, mientras cancela toda
posibilidad de disenso real. El debate de las ideas se convierte entonces en un
simulacro legalista al servicio de la dictadura de las mayorías, nunca del
consenso, la verdad o el sentido común.
Así, la alternancia en el
poder se reduce a una rotación de élites y la política se convierte en un
espectáculo técnico donde todo cambia para que nada cambie. Como advirtió
Herbert Marcuse, el resultado es un individuo integrado al sistema no por la
fuerza, sino por la progresiva reducción de su pensamiento crítico. La
democracia legitima el relevo genealógico de los grupos de poder; por eso
incluso el ser humano más abyecto puede llegar a gobernar.
Una política sin ideología no
es neutral: es funcional al poder. Su aparente pragmatismo es una forma
sofisticada de dominación. Cuando se nos dice que las ideas estorban, que la
crítica divide o que la ideología es cosa del pasado, lo que se nos exige no es
madurez política, sino obediencia dócil. Allí donde no hay ideas que disputar,
el poder se ejerce sin resistencia y sin justificación.
Recuperar la ideología no
implica volver a dogmas cerrados, sino reinstalar el conflicto, el pensamiento
y la posibilidad real de disentir. Pensar vuelve a ser entonces un acto
político incómodo, incluso peligroso, porque interrumpe la administración automática
del dominio.
Una sociedad que renuncia a
pensar su destino no solo pierde su política: abdica de su dignidad. Solo así
se entiende el estado de putrefacción de los tiempos tardomodernos o
posmodernos, donde un rufián devenido gobernante del mundo aterroriza a sus congéneres
y arrasa con más de dos mil años de construcción civilizatoria.
Enero de 2026.
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