Descanse en paz Víctor Manuel. Descanse en paz Carlos Manzo
Descanse
en paz Víctor Manuel. Descanse en paz Carlos Manzo
A
propósito de la tragedia política y de la tragedia humana
Apuntes
desde el suelo
Dr. Lenin Torres Antonio
¿A quién le duele realmente la muerte de Carlos Manzo y Víctor Manuel?
La clase política
opositora -pequeña no por su estatura, sino por su mentalidad- junto con la
desorientada clase política en el poder, ha respondido al artero asesinato de
Carlos Manzo con un debate estéril y absurdo, acusándose mutuamente. Unos
afirman que México se ha convertido en un narco-Estado; otros replican que la
inseguridad actual es herencia directa de los gobiernos del PRIAN, responsables
de sembrar la violencia que nos azota desde hace más de tres sexenios.
El grave problema de la
violencia en México tiene sus raíces en el sexenio del expresidente Felipe
Calderón, quien, sin una estrategia integral y obedeciendo los intereses
geopolíticos de Estados Unidos, creyó que bastaba con el uso del poder
castrense y de los vulnerables cuerpos de seguridad del Estado mexicano para
frenar el trasiego de drogas hacia el país vecino. En aquel entonces, la
sociedad mexicana aún no vivía aterrorizada por la violencia generada por el
narcotráfico. Sin embargo, a partir de la llamada “guerra contra el
narcotráfico” iniciada por el gobierno panista, se provocó la fragmentación de
los grupos criminales y surgieron nuevas formas de violencia que hoy asolan a
la sociedad: extorsión, secuestro, trata de personas, entre otras.
La normalización de la
violencia en México ha alcanzado niveles alarmantes. Lamentablemente, se sigue
percibiendo como un problema exclusivo del Estado, cuando en realidad es un
fenómeno que interpela a toda la sociedad. Mientras se utilice como herramienta
de confrontación política para descalificar al adversario, no será posible
construir una solución duradera.
La muerte de Carlos
Manzo es una de tantas muertes injustificables que nunca debieron ocurrir, pero
que forman parte del escenario trágico de la mexicanidad. Esta tragedia se
inscribe en una visión cultural donde se exacerban los límites de lo razonable,
y donde el culto a la muerte ha traspasado lo simbólico y lo folclórico para
convertirse en una práctica ritualizada, como lo demuestra la veneración a la
Santa Muerte. El morbo y lo ominoso han derivado en comportamientos esquizoides
y perversos, que superan incluso los métodos utilizados en la Colombia de Pablo
Escobar. Hoy, las formas de tortura y asesinato que circulan en el mundo
virtual son aún más atroces.
Ejemplos como el de una
sicaria que corta el rostro de su víctima para apropiarse de su identidad, o el
de un sicario que devora el corazón de quien ha sido previamente torturado,
evidencian el grado de descomposición social y simbólica que atraviesa el país.
Estos actos no solo buscan eliminar al enemigo, sino dejar un sello personal
que reafirme el terror como lenguaje político.
La muerte de Manzo ha
sido glorificada por una oposición perversa -representada por el bloque
PRIANISTA- y por los grandes consorcios mediáticos, quienes la utilizan para
descalificar al gobierno federal y señalarlo como único responsable. En este
discurso, se intenta borrar el contubernio histórico entre los gobiernos del
PRIAN -especialmente el de Felipe Calderón- y el narcotráfico. El caso de
Genaro García Luna, exsecretario de Seguridad Pública, se ha convertido en una
anécdota que muchos prefieren olvidar.
En este contexto,
figuras como la senadora panista plurinominal Lilly Téllez se lanzan a la arena
pública con una retórica pobre, basada más en vituperios que en argumentos. Sin
siquiera conocer el nombre completo del edil asesinado, utiliza su muerte como
herramienta política para atacar al gobierno de la presidenta Claudia
Sheinbaum.
Sheinbaum ha heredado
un país marcado por la violencia y la inseguridad. Ha comprendido que, además
de atender las causas sociales y psicológicas de la violencia, debe implementar
estrategias de seguridad inteligentes. No obstante, se le puede reprochar que
aún no ha logrado convertir el problema de la inseguridad en una agenda
nacional incluyente. Sin ello, ninguna estrategia -social, policial o moral-
podrá resolver el problema por sí sola.
Los irreconciliables
polos políticos -y no hablamos de física, sino de ideología-, con su ignorancia
y vacío ético, no logran otra cosa que exhibir, si pudieran, incluso el cadáver
de Carlos Manzo en las plazas públicas para ganar aceptación electoral. Para la
derecha mexicana, lo único que importa es volver al poder. Por su parte, el
oficialismo intenta minimizar la muerte de Manzo para evitar que influya en las
elecciones de 2027.
Las posturas adoptadas
tanto por la oposición como por el oficialismo frente al asesinato de Carlos
Manzo resultan profundamente preocupantes. Ambas son aberrantes en su lógica
política, aunque destaca con mayor gravedad la actitud de la derecha mexicana,
que durante su tiempo fuera del poder ha desplegado una sistemática guerra
sucia mediática contra los gobiernos en turno: primero contra Andrés Manuel
López Obrador, y ahora contra Claudia Sheinbaum. Esta oposición actúa sin
reconocer su responsabilidad directa en la crisis de inseguridad que vive el
país, y sin comprender que no se puede competir electoralmente sin un proyecto
de nación ni sin asumir una corresponsabilidad ante los problemas estructurales
que aquejan a la sociedad mexicana, como la violencia y la pobreza.
Hemos visto a figuras
como Lilly Téllez y otros personajes de la oposición mediática desgarrarse las
vestiduras, simulando dolor por la muerte de Manzo. Repiten el tema de la
inseguridad como un mantra, con la esperanza de destruir políticamente a los nuevos
ocupantes de Palacio Nacional o de provocar una revuelta social que los
devuelva al poder, como se ha señalado anteriormente.
Sin embargo, ni
revuelta social ni retorno al poder serán posibles mientras la oposición
PRIANISTA continúe siendo la misma, aunque ahora se disfrace de demócrata y
defensora del Estado de derecho.
La figura de Carlos
Manzo ha sido exaltada por la oposición como la de un “super policía” caído,
convertido en mártir y redentor. Pero nadie parece dolerse por la muerte de
Víctor Manuel, el joven de 17 años señalado como autor material del asesinato.
Víctor, en lugar de empuñar un arma, debería haber estado cursando la
preparatoria, formándose profesionalmente, conviviendo con sus pares,
enamorándose, asistiendo a la biblioteca, preparándose para sus exámenes.
Debería haber sido parte del futuro de México, cuidado y respetado por su
familia, sus amigos y por una sociedad adulta responsable de proteger a sus
nuevas generaciones.
Pero no fue así. Hoy es
una estadística más. Ha sido clasificado como sicario al servicio del crimen
organizado, estigmatizado como “el malo”. Su muerte no ha provocado duelo ni
reflexión entre políticos, ni siquiera entre la sociedad. ¿A quién le duele la
muerte de Víctor? ¿Acaso su vida no importa? Ni los intelectuales, ni los
académicos, ni siquiera las instituciones religiosas han elevado una plegaria
por su alma.
La estigmatización del
“malo” ha sido tan profunda que solo se habla de la muerte de Manzo como una
tragedia política, ignorando que la muerte de Víctor Manuel representa una
tragedia humana que refleja el México contemporáneo. Nadie se ocupa de ella, salvo
para alimentar el morbo: cómo fue abatido por los cuerpos de seguridad del
alcalde, que no lograron evitar la muerte de su líder, pero al menos eliminaron
al presunto culpable.
La muerte de Víctor es,
en realidad, la verdadera tragedia. Es la punta del iceberg de la glorificación
y mistificación de la violencia y la delincuencia en México. Refleja cómo las
nuevas generaciones se pierden en la exaltación de la violencia promovida por
industrias culturales neoliberales -como los videojuegos- que estimulan
pulsiones sexuales y agresivas, pero no contienen el paso a lo real, como
ocurre con miles de jóvenes atraídos por el sicariato.
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