La fe en la justicia
La fe en la justicia
Apuntes desde el suelo
Dr. Lenin Torres Antonio
Lo
asuntos humanos tienen un punto de inflexión que se pasa desapercibido, la
relatividad e intersubjetividad que le permiten aparentar una realidad
inexistente, como si unos extraterrestres observan que en un cruce de caminos
una maquina emite colores verde, amarillo y rojo, y que criaturas a bordo de
máquinas con ruedas, que ante el color rojo detienen su andar, y tan pronto se
pone el color verde reanudan su marcha, y por más que analizan la máquina de
los colores se dan cuenta que el poder de detener o de hacer avanzar las
máquinas rodantes que conducen esa extrañas criaturas llamadas “humanos” no
proviene de ellas, sino del mundo imaginario que hicieron realidad esas criaturas
que caminan erguidas en dos patas.
Al
final de cuenta, es el acuerdo entre los seres humanos la que nos ha permito aceptar
una serie de reglas, normas, preceptos, conceptos, etc., con que ordenamos la
vida grupal o comunitaria, otra cosa es el proceso que nos permite reconocer e
interiorizar ese mundo imaginario y hacer de ello el mundo real humano.
Dicen
que “la letra entra con sangre”, metáfora que nos permite entender que
interiorizar la letra, hacerla parte de nuestra memoria para recordar, y con
ese recuerdo hacer presente ese mundo humano de reglas, normas, procesos,
sistemas, etc., nos permite mantenernos en la cúspide de la pirámide evolutiva.
Cuál
es la diferencia con las demás criaturas que habitan este planeta llamado
“tierra”, es la amplitud de la capacidad de razonar y no tan sólo responder a
un “acto reflejo” consustancial a la naturaleza biológica del hombre, sino
además tener la facultad más desarrollada de “la memoria y el olvido”, que nos
permite organizar y reconocer esa realidad “ficticia” como “lo real”, ya que,
nunca podremos ver otro animal vivo persignarse al pasar ante un templo con una
cruz o con otro símbolo de fe y creencias, como tampoco, construir
“instituciones de castigo”, salvo si entendemos como “institución de castigo” a
lo que propiamente representa la lucha por la sobrevivencia dentro de esa
cadena evolutiva del mundo vivo.
El
debate se mantiene vigente, sólo hay una sola naturaleza, o hay, la del mundo
natural y la del humano, independientemente de eso, podemos preguntarnos, cómo
el ser humano llegó a pasar de la ficción a lo real, y hacer que ese color
“rojo” tenga la fuerza y la realidad “concreta” de detener nuestro andar en
esas máquinas rodantes en que nos transportamos, la respuesta tiene que ver con
la construcción de nuestra misma subjetividad e intersubjetividad que nos
permite “la locura de dos”, como una relación entre el psicótico y la
histérica.
El
peso de esa realidad humana está en el reconocimiento de facto de lo real de la
subjetividad dentro de la intersubjetividad, y para ello, la única manera de
hacerlo ha sido construyendo una red de significantes, el lenguaje, que nos
permite navegar en una sola realidad desde distintas posiciones a veces
equidistantes, es decir, que por más que hagamos de las palabras trabalenguas
de posicionamientos individuales de interpretación de la realidad, cuando menos
cada palabra empleada tiene una dimensión real del humano, aun las reducidas a
simples reiteraciones sexuales como en la psicopatología, o, la amplitud y el
arte creativo de un genio, o, los mínimos abundantes del hombre normal que
concordamos en reconocer que cada vez que un semáforo ponga el color rojo
tenemos que detenernos, y reconocer que si no se hace, estamos cometiendo una
infracción a la ley de tránsito de nuestro lugar que habitamos.
Aunque
todo ese mundo intersubjetivo que creamos tiene que ver según con la
supervivencia de la especie humana, hay poderosas fuerzas humanas que se
contraponen a ese mundo intersubjetivo también humano, que tiene que ver con la
entropía y la pulsión de muerte (esto último según Freud), por eso no hay que
pasar desapercibido que el hombre lucha contra sí mismo, y la especie humana
está permanentemente amenazada no tan sólo por las fuerzas indómitas de la
naturaleza sino también por su propia “naturaleza humana” (esto último también
lo dijo Freud).
Es
el castigo, la aplicación y el derecho de aplicar la fuerza el único garante de
mantener a raya esa auto aniquilación consustancial del hombre, con esto
podemos entender el mundo contradictorio del ser humano, que por una parte
apela al orden, y por el otro lado, actúa violento y egoísta, siendo la única
especie que su historia ha sido la historia de sus guerras externas e internas,
una historia marcada por el sufrimiento y la muerte, así que no hemos visto
ningún periodo idílico de paz perpetua y armonía preestablecida, son las
potencias egoístas e individualistas que constantemente se encuentra en lucha
contra el mundo intersubjetivo que demanda sumisión y castración.
Si
observamos el acuerdo se parece a un “acto de fe”, donde cada uno de los
individuos se esfuerza por aceptar que los dioses existen y que el mundo social
y publico existe, que sus reglas son el único garante para la sobrevivencia, y,
no sea la ley del macho dominante del clan la que se imponga sobre el acuerdo y
la buena voluntad, hay algo de dogmático y elementos de la fe en el mundo
humano.
Hemos
hecho un intrincado andamiaje de reglas, normas, procesos, instituciones para
darle un orden a la vida en sociedad, reglas que se superponen unas a otras, e
incluso, hablamos de “cartas magnas”,
como si esos textos al igual que “la sagrada escritura” de la Biblia, fueran de
otra naturaleza superior, e incluso, algunos hombres al ser elegidos por sus
pueblos juran ante la Biblia antes que sus “cartas magnas” constitucionales,
pensando que el juramento ante un ser divino es la garantía que un asunto
mortal como el poder público no se corrompa.
De
igual forma, vemos cómo los políticos se desgarran las vestiduras para
argumentar de la conveniencia de una modificación de una ley humana, y esta
pueda ser para agregaerle otra capa para la protección contra las fuerzas
egoístas y pulsionales que conviven en el ser humano, acudimos al absurdo de
fiscalizar al fiscalizador del fiscal, pues no tenemos la suficiente fe que
podamos proteger las leyes que rigen la vida humana. Y es cuando nos damos
cuenta que “la letra no tan sólo entra con sangre”, con sufrimiento, o
castigos, sino también con educación, con ese proceso de enseñanza-aprendizaje
que nos permite prepararnos para la vida en sociedad, siendo esta la única
garantía que nos permitirá el reconocimiento o la fe en la palabra
comprometida, y la corresponsabilidad de la construcción de nuestros espacios
públicos, los griegos introdujeron la
paideia, no tan sólo para “la crianza física, sino el más alto ideal
educativo de los griegos: enseñanza del honor y el respeto, cualidades morales
y éticas; amonestación educadora, consejo constante y guía espiritual; así como
formación del hombre mediante el cuidado de un hombre ya formado”.
Pero
enseñar la fe en la racionalidad, el amor a la sabiduría, implica también
hablar de, ¿cómo se hace un hombre educado?, o, bien, ¿cómo se construye
nuestra subjetividad desde la intersubjetividad?, y ese proceso es psicológico
no pedagógico, implica norma, ley, interiorización, transvaloración, deseo,
etc., y, por eso, los intentos por educar al ser humano en el reconocimiento de
la ley falla, pues lo sitúa en una dimensión equivocada, así los vemos en sus
foros, con sus dimes y diretes, entre sus argumentaciones reduccionistas o
generalizaciones arbitrarias, y no se permite el enfoque multifactorial, estoy
hablando de la tan traída reforma judicial, pero también podemos hacer la misma
critica a otros temas como la violencia e inseguridad, la pobreza, etc.
Creo
que “dar a cada cuál lo que le pertenece” tiene que tener presente la propia
naturaleza humana, y, a partir de ahí, podemos abordar el tema de la justicia
en primer lugar como un acto de fe, y, pues si no podemos recuperar la bondad
como un elemento fundamental para darle certeza a los actos humanos, se nos
presenta como una petición de principio reducir la ley solamente al castigo y
la fuerza.
Valga pedir a la clase política que muestren actos de fe y bondad, pues los asuntos humanos no pueden quedar en una construcción infinita y relativa, la naturaleza humana es tan vital como la naturaleza física.
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