LA VIDA HUMANA LA GRAN DESCONOCIDA
A propósito del hombre y la physis
Decía
Ciorán “la muerte” es demasiado exacta, es el simple no-ser, y por lo tanto inútil, la gran desconocida es “la vida”, y
particularmente, la vida humana.
Por
mucho tiempo habíamos venido pensando que sabíamos quiénes éramos, y nos
vanagloriamos de esa saber que nos situaba en la cúspide de la pirámide
evolutiva de las especies vivientes, poseedor del cerebro y el pene más grande
entre los primates, y a expensa de nuestra naturaleza biológica débil, con
sentidos limitados, nos congratulábamos de poseer una gran imaginación y una
capacidad racional para dominar nuestros entorno y dar cuentas de los enigmas
de nuestro mundo interno y externo.
Decía
Nietzsche, preguntando sobre el hombre,
“cómo vamos a saber de nosotros mismo, si nunca nos hemos buscado”, pero
nunca nos detuvimos en la advertencia de esa gran filósofo alemán, y pedantes
construimos una historia a modo para vernos y sentirnos exclusivos, preferimos
la comedia en lugar de la tragedia, hablar de la vida sin saber que era
realmente la vida, y desdeñamos hablar de la muerte; hoy la muerte es una
costumbre que deseamos haberla poseído para no morir antes de morir.
Aunque
la historia nos ha escupido a la cara que la historia del hombre es la historia
de sus guerras externas e internas, preferimos hablar de civilización como un
proceso evolutivo, viable y propia de esa especie arrogante llamada homosapiens, el animal que “piensa”, que
ahora nos escondemos en nuestras casas para no morir, o esperar la muerte ahí.
Preferimos
la arrogancia imaginativa que la sencillez respetuosa, de un ser que luce
ínfimo y pequeño ante un cosmos infinito y desconocido, ante una vida también
desconocida, preferimos ocultar nuestras debilidades, lo finito, lo
contingente, lo mortal, y jugamos a ser dioses de oropel.
Hombre: ¡He ahí lo dado!, ¡Soy una fábula exclusiva! Exclamación oportuna,
salvadora. Utilizando el sentido común, un hombre había comprendido su razón de
ser en el mundo. Sentado en la banqueta de la calle principal de su pueblo,
insertó sus reflexiones en la vulgaridad del movimiento público, se hizo poesía
urbana; descartando el falso privilegio de sentirse “el observador”, se
convirtió, preso de la mirada de una bella
transeúnte, en "el observado"; de sentirse “libre”, concluyó
obedeciendo con absoluta docilidad leyes temporales y axiomas divinos; de ser
“el racional”, terminó fundiéndose entre los ritos de perros y gatos en sus
cortejos sexuales, posó para una revista del reino animal, y muy animal, acompañó a pericos y
guacamayos, a liebres y cuervos.
Hoy
lucimos frágiles, inseguros y temerosos, nunca pudimos despertar, “Despierta
alma dormida…Pero no es tarea fácil hacerla despertar. Acurrucada entre
acolchados cobertores de dogmas, de consignas, de explicaciones, amodorrada de
ciencia… ¡con qué escalofrío saca la punta del pie de su embozo para calibrar
la temperatura glacial que reina allí donde la coherencia acaba y los
razonamientos más razonables comienzan a enarbolar una sonrisilla demente!
Vuelve a tu sopor, hasta que lo irremediable venga a buscarte” Fernando
Savater) y te alcance, la muerte.
Preferimos
ocupar a los genios en la ciencia de la guerra y la banalidad, que en la
ciencia para hacer cada día mejor al hombre y prepararlo para lo irremediable, incluso preferimos ocupar el arte y la filosofía al
servicio de la estupidez. Nuestra arrogancia no tuvo límite, que llegamos a
pensar que la naturaleza physis era
débil y que necesitaba nuestra caridad y protección, entre naturaleza y hombre,
nunca llegamos a pensar que la desprotegida era y es nuestra civilización, leer
desde otro lugar, inmiscuirnos en las contradicciones, recuperar la cordura de
la diferencia, reconstruir al mito, y sepultar al logos, y en ese rescatar
volver a vivir y llegar a saber que somos.
Hoy
la situación que vivimos no exige una trasgresión, una exigencia a salir del
lugar cómodo donde nos habíamos instalado, problematizar una relación que de si
hemos venido planteado diferente, por un lado, la naturaleza con figura
traslucida e inocente, indómita e intolerante, impensable, ajena, y por el
otro, el hombre, el concepto artificial, la racionalidad ciega, con su voraz
apetito egoísta de energía, una energía negativa que hoy se vuelve contra
nosotros mismos con la fuerza de sepultarnos.
Hemos
venido insistiendo en recuperar la armonía, sin saber si realmente le importa a
cada uno, tanto al hombre como a la naturaleza esa armonía, y quizás sin darnos
cuenta, que esa racionalidad está precedida del plano inconsciente, y que en
ese lugar hay una lógica sepultada por la tradición del emancipador pensamiento
único; la lógica del delirio, la racionalidad de lo irracional.
Necesaria
entropía, ser entrópico, meter el desorden en el orden, en la vida humana, en
el ser, inmiscuirse en el dogma, lanzarles poderosos dardos cualitativos, y
quizás sin darnos cuenta inaugurar otro dogma menos dañino que nunca germinó.
Hablar
heréticamente de otras realidades, de otros seres, y sin empachos, situarnos en
esas realidades, hablar seriamente y científicamente de eso que sólo lo
concebimos en la ficción, en la fantasía, y como en el film “los otros”,
despertarnos y vemos que la ficción es real, los otros son los reales, nosotros
somos una ficción, es la hora en que la imaginación se vuelve real, el planeta
de los zombis vivientes es real.
Lapidariamente
dejar caer sentencias que no nos habíamos atrevidos a plantear, “la naturaleza
no corre peligro, ella tienes su plano y su destino, el peligro lo corre
nuestra civilización”[1], la disyuntiva está inscrito
desde Heráclito, “Pólemos, dios de la
guerra, el fuego a unos los ha hecho esclavos a otros amos, a unos mortales, a
otros dioses”, un fuego que hoy ha unos los hará sobrevivientes y a otros
olvido, un fuego que no distingue posición social, ni sexo, un fuego
eternamente viviente.
La
vuelta a lo inanimado, la vida es resistencia, va “en dirección inversa a la
flecha entrópica del universo”[2], salir de esa oposición y
símil al judo, utilizar la energía del contrario para hacer que se dirija hacia
donde uno quiera, la civilización tarde que temprano se dirigirá a las moradas
de Aqueronte, la vuelta al origen, hagamos de ese infierno nuestro paraíso.
Dejemos
que la dialéctica haga su parte, seguro que esa racionalidad del sin sentido
nos deparará un lugar digno en el universo, el todo en las partes, y las partes
en el todo.
Amarse
para amar, una lógica de la reciprocidad, emparentada a la filosofía de la flor
de los moaistas, quienes piensan que
no podemos hacer el bien sin estar bien, sólo así podemos construir un todo de
corresponsabilidades, la naturaleza ya cumple su parte, nos alberga, nos
cobija, nos alimenta, en suma, nos ama. Ahora nos toca a nosotros salvar a la
civilización salvarnos a nosotros mismos, y esto pasa por reconocer que
construimos un mundo humano equivocado, que la naturaleza no necesita de
nosotros, y que tenemos que volver a ganarnos un lugar en ese universo
viviente.
Volveremos
de nuestras cenizas para renacer en un mundo ahora si realmente humano.
Marzo
de 2020
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