El banco de madera del parque de mi pueblo
Junto a cada
banco de madera creció un rosal, en cada banco floreció un
“romance”, y los románticos que no alcanzaban banco, frenéticamente se deslizaban hacia los pastos verdes e
indiferentes daban rienda suelta a sus atrevidos ritos.
A menudo algún extraño censuraba las escenas,
la gran mayoría, ni siquiera se daba cuenta de los cuerpos.
Perros callejeros, moscas cínicas, y unos que
otros bichos raros, juguetones, rondaban los bancos, compartían los espacios
con los abstraídos, con los ausentes.
Cada rosal era testigo de las promesas de los
poseídos, de sus interminables sueños en vigilia, asistía impasible al entierro
de los sentimientos; con frecuencia, veía triunfar a los pecados capitales.
Un banco se sublevó y protestó por el mal uso
del tiempo, por el abandono de las virtudes, por la anulación de las almas; lentamente
se dejó pudrir, ejemplarmente se suicidó.
Uno a uno los rosales, consternados por el
noble acto, comulgaron con el ideal del banco, compartieron empíricamente su
heroica declaración, también se suicidaron.
Hoy en aquel lugar sólo quedan montones de
maderas putrefactas, hierros retorcidos y oxidados, y se evoca el recuerdo de
un deseo expresivo y libre que nunca germinó, El amor.
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