PORCIONES DEL INCONSCIENTE II
Teleología mundana
Silencios, profundos, escucha de pequeñas estrofas de
plenitud, ¡sí!, tu manera de decirme ¡sí!, atravesar juntos el silencio y en
silencio hundirse en ensoñaciones trascendentales, inimaginables figuras que
despiertan deseos irrecusables, violentos y tiernos; volver a andar
infinitamente por nuestros cuerpos, y darnos cuenta que tu fin está en el mío,
y el mío en el tuyo, y que lo nuestro se inicia en la desventura de lo finito; imponernos,
y hacer que eso que limita se haga eternamente amado; respirar y encontrar en
esos suspiros que nunca hemos estado lejos, que simplemente habíamos tomado
rutas diferentes que inescrutablemente, tarde que temprano, se toparían, que
nos conducirían aquí.
El viaje
Nos trasladaremos a un nuevo país, ahí aprenderemos de nuevo a pensar,
a describir, a observarnos.
Nos mudaremos sin ropas, sin rostros, sin historias; encuerados.
Procuraremos decirles adiós a los extraños, y a los amigos les diremos
que hemos muerto.
En el camino miraremos los paisajes, ignorando sus colores, olores y
figuras.
Veremos andar a la gente retirándose de nosotros, yéndose a nuestra
tierra olvidada, y si alguien nos reconoce, pensaremos que es un bosque
frondoso y hostil.
El viaje nos llevará al país del mundo interior, al abismo de los
logros inconclusos, al mundo de las pulsiones vírgenes, sin representantes;
instintos universales.
Engulliremos nuestras viejas normas, aquellas que apaciguaban nuestras
culpas, y lo nuevo renunciará al pecado que habíamos cargado en el lomo, libres
cada quien refundará sus vidas, sus historias se harán humanidad; ahora el
individuo impondrá su marca hacia sí mismo, reivindicará la diferencia en el
caos del peso de su existir individual, en soledad.
Metáfora de una
enfermedad
Me bastaba oírte, sentir que me decías,
¡no hay problema!, ¡continua!, ¡eres!
Tú me garantizabas la salida del sol, y
le dabas sustancialidad a mi existencia, que en cada momento corría peligro de
disolverse en la inmensidad de la voluntad, de diluirse en la naturaleza
bronca, de ser otra cosa; y eso me asustaba.
Tan pronto te sentía cerca, tan pronto
te escuchaba, ¡eso bastaba! , no para contener cuerpo ni moralidad, sino para
simplemente comenzar el día.
La otra muerte de un
dios
Demuelo mi pasado.
Niego mi historia.
Reconstruyo mis últimos pasos.
Reconozco que mi memoria me permite
vivir.
Vivo mi muerte.
Resignifico mis deseos sobreestimados.
Maldigo las metas humanas.
Cito los pensamientos que han hecho más
habitable mi particular mundo, por ello, el criterio de verdad es mi ojo
mirándose.
Sigo creyendo que mi salvación está en
lo irracional de mi persona, de mi fe, de mi razón.
Busco, contrario a Abraham, la señal, el
significante que me permita perdonar la vida a los que me rodean, en suma, dejo
al azar mi oído.
Pienso en la quietud, en la suspensión
de la huellas de la letra, en los desgarros de mi cuerpo.
No puedo decir que soy feliz ni que
sufro, pues creo en lo uno y en lo otro, porque siento lo uno y lo otro, y cada
día sé más que nunca hacia donde conduzco mi vida.
¡A lo bello le creo!, ¡a la verdad la
admiro!
Lo cierto es que dejo que mi cuerpo
piense y decida.
Ayer compré un reloj no para que me
mostrara las pausas del tiempo, sino porque simplemente me agrada su brillo.
Juego, creo que soy único, creo que todo
piensa, creo que somos pequeños dioses egoístas.
Carta
de un encuentro
¿Cómo estás?, las cosas y el agua se mantienen con su misma
densidad, las cosas y el agua se acorrucan junto a la estufa por el frío que
hace, y todavía hay muchas cosas que no tienen importancia, pues son las
mismas, las de siempre, las de enfrente, las ausentes, las que se aseguran ser
siempre las mismas, las que ocupan los espacios, y las que nos hacen reír,
porque siempre tropezamos con ellas.
Las importantes, nuestras importantes, ¡a por ellas!, las
cosas que nos hacen felices.
A mí tú me haces feliz, pues siempre me haces cosas que me
gustan, como bromear mucho, y acariciarme, y callarte, pues aun cuando no
hablas dices muchas cosas con el silencio que habla por ti.
Te aseguro que tu misma no te has dado cuenta que dices
siempre muchas cosas, y llenas los espacios, llenas el silencio hasta con tu
forma de no decir, se te escapan los símbolos, los avientas con tu mirada, y me
doy cuenta que eres una grata existencia.
Como añoro esas cosas que sólo tu sabes decirme, hacerme y
ensoñarme, porque duermo con esas cosas que sólo tu sabes de sobra que son
importantes para que lo cotidiano sea especial, y lo especial de sobra
conocido.
Vaya manera de encontrarnos.
Nos enamoramos, rápidamente, ciertamente, audazmente, y
sencillamente.
Sin aspavientos enredamos nuestras señas, nuestros vocablos.
Nuestras formas individuales honoraban públicas, como
naciendo al compás del otro, como haciendo que nuestras miradas se perdieran en
los caminos que miraran, y acostumbrados a la luz, no supieran que podían ver
en la oscuridad.
Fue así como nos presentamos.
Fue así como nos encontramos, hablando de cosas, las cosas
que nos unieron, las cosas que hicieron que nos mirásemos sin vernos, sin
percatar que el otro estaba ahí, atento a lo que nuestros deseos pidiesen.
Sin imprimir
Sin imprimir huellas en mi memoria, con mis pasos, con mis
sensaciones, con mi cuerpo, y diciendo ¡sí! a todos los “no”, sin pronunciar
palabras llanas, panzonas, repletas, pesadas, así quiero conducir mi vida,
configurar mi existir, asentir al aire, dar la bienvenida a la gravedad, a la
cuantía, al relato de mi singularidad, claro que de vez en cuando quiero
berrear, contradecir, hacer parecer que consiento, que asumo, que comulgo, y deleitar al contraste, dar color al entorno,
a mis semejantes, hacer más emocionante los gestos, los besos, asumir mi
diferencia con la implacable potestad del signo, ser yo el del gran nombre, así
hacer de un instante la eternidad
completa, y de la eternidad un instante sin importancia, ¡así hacer!, leyendo
desde la huella misma, sin rellenos, sin representaciones, sin lenguajear, en
plena caída, en roce e inocencia, así hacer que me pongas nervioso fingiendo
que no ves que te miro, que te deseo, si el deseo hablara por sí mismo, de
seguro “no diría”, y si acaso hiciera algo, se tiraría en plena calle para ser
poseído por los zapatos de los transeúntes, así deseo hablar de mi honor, cantando
los himnos del imperio de la sustancia, de la idea, del nombre, del valor, así,
solo así hacer que existan las dos ficciones de mi “ser”, y que finalice mi
inútil lucha interna, así hacer que permanezca un ligero rumor que pase por
aquí pero que casi no fui visto.
Mi hija
Gracia divina.
Ilumina gentil y generosa.
El silencio desterrado.
Bienvenida.
Felicidad perpetúa.
Manitas tiernas, curiosas y bellas.
Manitas que dan vida.
Sonrisa dulce, amorosa y atenta.
Sonrisa que da vida.
Tristeza excluida.
Asunción, alegría eterna.
Energía infinita.
Pasitos que reverdecen la tierra pisada.
Pasitos que dan vida.
¡Afortunados!
¡Hija nuestra!
Sin-fin
Con-cierto de voces,
Desierto,
Silencio escuchado,
Sin movimientos,
Sin tic tac de relojes,
Tiempo muerto.
¡Al fin la gracia!
Sentidos huidos,
Sin amor ni odios,
Sin esperanza ni desosiegos,
Vidas en guerras,
Fingida Paz,
Hemos muerto.
Iniciados,
Novel semblante,
Precavidos e ingenuos,
Precipitados acercamientos:
Al otro,
Al uno.
Frescas palabras,
Ruidos recién paridos,
Aire nuevo,
Tiempo guapo.
¡Creer!
¡Engañados eternos!
Dormido
en sus Creencias
Pedro:
¡Despierta Román!..¿Acaso tu corazón no está
destrozado por mi muerte?
¡Sí! Mi muerte, la de tu hermano del alma.
¡Ah! Que poca memoria, ¿Qué no me reconoces?... ¡Soy
yo!..Pedro, el mismo que viste y calza,
el consuetudinario alcahuete que te acompañaba en tus frecuentes jolgorios.
Poca madre al no reconocerme en éste momento de
trascendencia mística, de abandono espiritual. ¿No que significaba algo
fundamental de tu mundo, de tu levedad, de tu voluntad, de tu historia?
Me indigna tu indiferencia, pensé que nunca te
olvidarías que juntos hicimos éste mundo más habitable, que logramos
experimentar pensamientos que tocaban las puertas de lo universal, que
nuestras almas se escapaban de los vericuetos de la contingencia, de la
temporalidad.
¡Ah! Ya sé, lo que pasa es que te encuentras celoso
porque estás vivo y yo muerto, ¿Verdad?,
o quizá molesto porque no te avisé cuando iba a partir.
¡So tonto!..
Si hubiera sabido cuándo iba a llegar “la hora”, si hubiera podido determinar
mi destino, de seguro hubiera preferido continuar entre ustedes y ser algo así
como un Dios, y de los meros buenos, o cuando menos un Profeta-Mesías, como el del pueblo, el mentado Don Nabor el
Grande, el que todo lo sabía, y si no lo sabía, argumentaba que era la voluntad
del supremo que no lo supiera, ya que si tenía
acceso a los secretos del conocimiento era porque Dios lo enaltecía con
su gracia. Ante su ignorancia no le quedaba más que decir: ¡Sea tu voluntad la
que determine nuestro destino!, ¡Alabado sea tu nombre!
¡Despierta
flojo! No tengas miedo, no vengo a jalarte las patas, vengo a contarte como es
el más allá. Espero que recuerdes la
promesa que hicimos cuando éramos unos “mocosos”[2],
que el que muriera primero iba a regresar a contar cómo es el paraíso. Por eso
es que aquí me tienes, “vivito y coleando”,
¡Perdón!
Tú me conoces bastante bien, sabes que para mí es cuestión de honor
cumplir lo que prometo, no por nada tuve que verter un poco de mi apreciable
sangre, en ese cochino rito en que me indujiste para que garantizare el
cumplimiento de lo prometido.
Insuficiente lenguaje humano para hablar de la verdad del hombre, para ponernos en contacto con lo real.
Algunos libres pensadores lo habían advertido, que nos cuidáramos del
hechizo del lenguaje, de la ilusión metafórica en que convierte la verdad.
¡Necios! Tuvimos que ir más allá de la palabra, más
allá de la fe.
Al fin te puedo hablar del paraíso sobre la base de
experiencias inmediatas, recerca tengo las nubes sagradas del elíseo celestial,
al éter de la eternidad, al cáliz absoluto del universo.
Ni te imaginas hermano quién me recibió, pensarás que
soy chismoso o que peco de vanidad, me recibió Dios, ¡Sí! El de los milagros, el mismo que ordenó a Abraham entregar a su primogénito en
sacrificio como prueba de su fe.
Estando frente a Él, pensé que primero iba a darme un
afectuoso abrazo de bienvenida, pero no, y al igual que en una aduana me pidió
una identificación, y “por si las moscas”[3],
mandó a que me revisarán todito para ver si no intentaba contrabandear algún
objeto prohibido por la “Constitución de los Cielos Unidos”.
Nuestro venerado Señor de los cielos, iba escoltado
por un grueso contingente de ángeles, los cuales me hicieron sentirme en casa,
pues me recordaron a los cuerpos de seguridad de algunos de los representantes
políticos que gobiernan a los pueblos de la tierra.
Para tu información, los mentados angelitos están
“bien dados”[4], sumamente fuertes los
desgraciados, se nota que comen puntualmente sus sagrados alimentos, no dudes
que a parte se han de ayudar, para estar así de corpulentos, de alguno que otro
anabólico, ¡Qué soberbios se portaron! Con decirte que llegaron al extremo de
utilizar unos tapabocas para revisarme. Posteriormente, me dieron un baño con
agua a presión que casi me ahoga. No creas que me quedé callado, tú sabes que
no me dejo, ya que siempre cuando me asiste la razón, reclamo. Les pregunté,
por qué me trataban así, si siempre había sido un buen ciudadano, un buen
cristiano; los muy sinvergüenzas argumentaron que era una medida sanitaria para
evitar la introducción de enfermedades contagiosas al cielo.
No se me ha hecho difícil adaptarme a la “vida” de
aquí, pues ya
sabes lo abusado que soy, acuérdate que ni cuando me fui a trabajar de ilegal
a los Estados Unidos se me hizo complicado adaptarme a otra
forma de vida.
He de confesarte, que por un momento me quedé absorto
ante la impresionante personalidad que tiene Dios, ¡El sí que demuestra poder!
Después que salí del embelesamiento y del trance, tuve la estúpida ocurrencia
de preguntarme en voz alta, si estaba despierto o soñando. El muy Señor se
encanijó y me reprendió con un fuerte pellizco, claro que acompañó su barbarie
con un magistral sermón, y me preguntó
si no había tenido alguna instrucción religiosa, sin darme tiempo de
responderle, terminó magistralmente el sermón, la arenga despótica:
“¡Insolente! Cómo te atreves a poner en duda mi existencia, ¡Aquí! la verdad es
lo que es, y lo único que es lo que es, ¡Soy yo! Mi existencia envuelve todo lo
existente, soy el abarcador de lo finito e infinito, de lo mortal e inmortal,
¡Soy el espíritu absoluto! A ver si después te pones en contacto con
Hegel, él te dará algunas lecciones
filosóficas sobre mi persona para que
aprendas a dirigirte con respeto y absoluta precisión ante mi investidura”.
No vayas a pensar que me amedrentó ese brutal
recibimiento, lo que sucedió es que tuve que aguantarme las ganas que tenía de
“refrescársela”[5], y fui prudente, no quise
comenzar mi estancia teniendo problemas con la autoridad suprema, es más,
hipócritamente, al despedirme de Dios,
me persigné con devoción. Creo que logré engañarlo, porque antes de
marcharse me miró de una forma especial, como cuando un padre mira a su prole,
o quizá, me miró como miran los amos a sus esclavos, o como lo hacen los
patrones con sus trabajadores, en fin, que importa si me miró con amor, lujuria
u odio.
Aquí entre nos, la verdad es que el tal Dios no es
como lo “pintan”[6], la verdad es que aparte de su impresionante
personalidad, no tiene nada de especial.
Llegue a pensar que en Dios se superaba lo bello, lo
bueno y lo verdadero. Pero no, el susodicho es feo, su nariz tiene la forma de
un pico de águila imperial, su boca la
tiene bastante grande, ha de ser por hablar demasiado consigo mismo. Todavía me
pregunto cómo pudo engendrar un hijo tan bello como Jesús Cristo.
De lo contrario de lo que supondríamos, con eso del
obligatorio celibato que protege del pecado de la carne a todos los que
predican su existencia; Dios sí está casado. Su mujer es un espléndido ser,
sumamente bello e incitante; tiene unos ojos de color rojo carmesí, y una piel
terriblemente tersa y sonrosada.
¡Hey! Despierta. Espero que me creas, te digo la pura
verdad, no vayas a pensar que soy un genio maligno que se empeña en engañarte,
y te agarra como conejillo epistémico para comprobar una verdad indubitable.
¡Criatura mundana levántate! Perdona que hable así, es
que ya se me pegó la forma de hablar de acá, tu bien sabes que todo lo malo se
aprende, ¡Dios
mío! ¿Por qué no se me pega tu omnipotencia?
Estimado Román, la vida en el paraíso no es hermosa,
no cambia mucho de estar vivo a estar muerto, salvo que acá somos puras
espiritualidad, morir es como volver a nacer en otra dimensión. Naces como te
mueres, si muere viejo, viejo llegas. Yo tuve la fortuna de no venir tan
acabado. El más allá es casi igual a la tierra: hay fronteras, los del cielo
por un lado y los del averno por el otro. Lo malo es que no te permiten visitar
a los compañeros del infierno, pero, como en todos lados, siempre hay la
excepción que rompe la norma, si tienes buenas relaciones, como por ejemplo,
ser amigo de alguna autoridad celestial, o sobornando a través de la universal
“mordida”[7] puedes conseguir ese
privilegio.
Hay mucha parentela que está separada, el esposo en el
infierno y la esposa en el cielo, un hermano quemándose eternamente en la
morada del Aqueronte y otro “campechaneándosela”[8]
en el paraíso junto a nuestro señor.
En fin, todo parece repetirse, la vuelta a lo mismo,
el eterno retorno de una historia que ya conocía. Todo esto me ha defraudado,
pues había albergado la esperanza, que el haber soportado estoicamente nuestra
inconfesable eticidad; tendría su
merced: que no trabajaría, que no volvería a preocuparme de mis problemas
económicos, porque eso era cosa del mundo de la necesidad; que tendría
asegurado la autosuficiencia absoluta, y lo más esperado, que en ésta “vida”
iba a disfrutar con total sentido ético y estético al Bien Absoluto y ésa
experiencia me absolvería de todo mal, de toda pena, de toda pulsión.
Esa bienaventuranza que predican los teólogos, que en
el reino de los cielos se “vive” como rey, es verdad, pero sólo para unos
cuantos, o mejor dicho, para unos pocos, porque la mayoría, por no decir todos,
“vivimos” en condiciones precarias de “vida”, pues falta de todo, ¿Será que
habrá algún bloqueo económico?, o,
¿Simplemente planearon mal el presupuesto destinado al paraíso y no
contemplaron su alta tasa de crecimiento poblacional?
Aquí se “vive” un régimen de derecho, igual que en la tierra, nada más
cambia de nombre, mientras que en la tierra son los derechos y obligaciones
señalados por las Constituciones de las naciones; en el paraíso son las leyes y
axiomas divinos que promulga nuestro Dios y alguno que otro trasgresor: dioses
menores, santos, vírgenes, ángeles, etc.
Fíjate que
hasta tuve que buscar “chamba”[9] para ganar algún dinero que
me permitiera satisfacer mis necesidades elementales para poder “sobrevivir”.
Lo peor no fue trabajar, sino que tuve que pagar para que me consiguieran un
empleo en una fábrica de mísiles tierra-aire y armas bacteriológicas.
A veces he deseado mejor estar en el infierno, pues
aquí, falta muy poco para ser un infierno; pues hay de todo: explotación a los
ingenuos bienaventurados, corrupción por doquier; genocidio, intolerancia,
lucha por el poder, etc. Que enojado estoy, pues no hay alguien decente a quien
recurrir para inconformarte, sólo hay fríos buzones con leyendas: “deposite su
queja aquí”, o, por favor llamar al
número telefónico: “900011” . Para empezar se ve que nunca abren los susodichos buzones, pues se
encuentran bien oxidados, y si llamas al famoso número telefónico, te puedes
“secar”[10] esperando la respuesta,
pues siempre marca ocupado o simplemente no contestan. Lo que más “rabia”[11] me da, es que tengo que
disimular mi inconformidad, porque si no lo hago y ando de “valiente” puedo ser
deportado a los asilos de persuasión voluntaria (cárceles)
Pero no te espantes, tú sabes lo “cabrón”[12] que soy, no me voy a quedar
cruzado de brazos esperando ver que me depara el destino, como si fuera tan
difícil presagiar el destino. “Aquí entre nos”, lo que te voy a contar, quiero que no se lo vayas a platicar a
nadie, porque si andas de “boca suelta”[13], o ingenuamente vayas a
confesarte, y llega a los perspicaces
oídos de los representantes de Dios en la tierra, sacerdotes, místicos o
elegidos, me puedes poner en serios “aprietos”, ¡Me puede costar la
“vida”! Estoy planeando una fuga, sé que
es peligroso, pero estoy convencido que vale la pena, no pierdo nada, y en
cambio, puedo obtener la libertad absoluta y la inmortalidad.
¿Recuerdas a Panú Rodríguez? El negro Chom. El que
rentaba un cuarto a doña Meche. Murió hace cuatro años, unos años antes que yo.
El fue uno de los primeros difuntos conocidos que me recibió al llegar al
paraíso. Chom me reconoció de inmediato, con decirte que me preguntó por “la
flota”[14]. Me “sacó de onda”[15] su sospechosa familiaridad,
porque no era nuestro amigo, y el trato que tuvo con nosotros se limitó
a los usuales saludos al toparse con personas conocidas del barrio: ¡Buen día!,
¡Buena noche! A lo mejor simplemente le hice recordar (revivir) su vida
terrenal.
No me explico cómo Chom le hizo para ganarse un lugar
en el paraíso, si era bien “cabrón”[16]
el desgraciado, hasta dicen que fue él quien mató a Gustavo a puñaladas.
Chom me dijo que era el primer paisano que veía en el
cielo. Fue tanta su alegría que me invitó a quedarme en su casa. Chom está bien “parado”[17]
con las autoridades del paraíso, de eso me percaté cuando supe que fue él quien
intercedió para que me sacaran a tiempo del cuarto de sanidad donde casi me
ahogo.
Su casa es pequeña, pero su pequeñez no le impide ser
bella y ostentosa. Tiene tres recámaras, y la recamara principal tiene todos los muebles hechos con oro puro,
fue decorada al estilo faraónico, incluso las camas parecen sarcófagos.
Aparte, la casa cuenta con una sala sumamente
delicada, parece que todo pende de un hilo, que los materiales con que están
construidos los muebles son frágiles y en cualquier momento podrían
desaparecer; cuenta con una imprescindible cantina, que tiene toda clase de
substancias alcohólicas, la variedad más amplía que me pudiera haber imaginado,
y eso que soy un “ducho”[18] en eso del “chupe”[19], el Chom se ve que es
“rebriago”[20]. Además la casa cuenta con
una sospechosa bodega que siempre se encuentra cerrada y custodiada por unos
tipos bien armados. Lo que más me llamó la atención, aparte de la misteriosa
bodega, es su jardín, parece una selva en miniatura, tiene de toda clase de
plantas y bichos raros.
Chom me explicó cómo se divide el paraíso, pues de lo
contrario de lo que cuentan los teólogos que el paraíso es infinito, la verdad
es que tiene sus límites espaciales. He conocido todo el más allá gracias a
Chom. El muy chulo es a todo dar, se la sabe de todas, todas.
He sido respetuoso con el negro, pues no le he
preguntado en qué y en dónde trabaja, pero aquí entre nos, me huele que Chom
anda en malos pasos, frecuentemente viaja, y tarda reharto en regresar, cuando regresa a casa
anda muy secreteado. La casa la llena de una bola de “cuates”[21] que causan miedo nada más
de verlos, parece que son bien “gruesos”[22].
Mi intuición y una que otra bolsita con polvos blancos que he visto, me dicen
que Chom anda enredado en el contrabando (producción, distribución y venta) de
drogas en el paraíso. Tengo “reharto”[23]
miedo que un día de estos le caigan y me “lleve entre las patas”[24]. No lo siento por él, pues
como te dije se ve que tiene mucha influencia; más bien es por mí, pues creo
que nadie tendría compasión por este fiel cristiano. He pensado que si soy
detenido por culpa de Chom, y no hace nada por salvarme, soy capaz de contar todo
lo que he visto. No creas que no he tomado mis precauciones, he sacado copias
de un montón de documentos, y he grabado conversaciones telefónicas
comprometedoras de Chom con personajes importantes del cielo.
Te confieso que si no me he ido a “vivir” a otra
parte, es porque Chom me prometió conseguirme un salvo conducto, pues debes
saber que poseer un salvoconducto es
privilegio de los que tiene una residencia mínima en el cielo de treinta años,
y no puedo esperar tanto tiempo, necesito el mentado documento para poder
transitar “libremente” por todo el territorio del paraíso, y así poder
conseguir compinches para el plan, que en un principio era para fugarme y ahora
se ha convertido en un Movimiento de Liberación Universal. ¡Alguien tiene que
hacer historia en el paraíso!
La revuelta la tengo planeada para diciembre, pues
según estudios sociológicos, en esas fechas la gente se enajena con el alboroto
de las fiestas navideñas y se olvida con
facilidad de sus responsabilidades, e impera un ambiente de fraternidad, todos
se vuelven “buenos” y comulgan con la omnibenevolencia de Dios.
El negro me dijo que a más tardar en dos años luz me
tendría el encargo.
Veo que estás un poco cansado, pero no te desesperes,
ya voy a terminar de contarte como es acá, no olvides que tengo poco tiempo de
muerto.
Quiero decirte que logré convencer a Chom para que
participara en el proyecto revolucionario. Ahora él constituye una pieza clave
del proyecto, lo nombré comandante de aprovisionamiento y logística. No pienses
que me la paso tan obsesionado con la Revolución. Así es
que mientras Chom me consigue el anhelado salvoconducto, para distraerme y despejar mi mente, Chom me lleva a las
moradas hedonistas-epicureistas, sádicas-masoquistas, en otras palabras,
moradas del goce celestial. ¡Esos lugares tú los conoces bastante bien! No te
hagas el de la boca chiquita. Fíjate que en uno de esos lugares conocí a una de
mis preferidas discípulas. Es una joven bella e inteligente, se llama Carla,
parece que murió cuando tenía quince años, en plena “edad de oro”. Me contó los
atropellos que ha tenido que soportar. Recién llegada al paraíso fue violada
por un guardia celestial, posteriormente fue sentenciada a pasar tres años
de cárcel por haber golpeado a un arcángel cuando intentaba secuestrarla,
sentencia, sin derecho a fianza y ninguna otra prerrogativa, que le dictó un
“santo” y “justo” juez divino. Al salir
de la cárcel se dedicó a vender chicles
en plenas nubes, más tarde fue contratada como “burrera”[25]
por un comerciante de relajadores mentales, hasta que terminó donde la
encontré, vendiendo su alma y demás cosas al mejor postor. Creo que su gran
debilidad es no saber hacer algo intelectualmente práctico (honesto), y lo
único que sabe es amar y servir a los fuertes, en otros términos, no tuvo
ninguna ideología por la cual luchar y hasta morir, y cuando menos hubiera deseado la nada a no
desear.
Me dijo que ya no aguantaba esta “vida”, y que en más de una ocasión ha
intentado quitarse la “existencia”, pero no lo ha logrado, que no sabe que
divinidad la condena a este sufrimiento prometeico. La consolé y le dije que no
fuera tonta, que tal vez era su destino,
y que en contra de la palabra del Oráculo, nada se podía hacer y lo más
aconsejable era asumir estoicamente su Hado.
No creas que fui tan pesimista con Carla, le di
esperanzas de que si se unía a mi proyecto y dejaba conducir su espíritu por mi
intuición revolucionaria, pudiera lograr darle sentido a su “vida”, y al final
sería inmensamente feliz. Como no tenía otra cosa más interesante que hacer,
aceptó inmediatamente unirse al Comité Clandestino de los Difuntos Resucitados.
Le expliqué los preparativos y detalles del plan, y después de esa íntima
reunión de trabajo se fue a vivir conmigo. Carla es la responsable del área de
información y espionaje del COCLADIRE. La chiquilla me salió re-abusada.
El plan se ha convertido en una lucha popular de
transformación social, pues los
habitantes del paraíso están inconformes por las deplorables condiciones en que
“viven”. Como sociólogo tu bien sabes que cuando una sociedad llega a
situaciones límites de pervivencia, su gobierno, por regla general comienza a
tener problemas de inestabilidad social. Cada día que pasa se adhieren más
difuntos a la revolución. Debo andar con mucho cuidado, pues soy el líder del movimiento, ya sabes,
que si llegan a cortar la cabeza, el
cuerpo cae sólito, o sea, que se fregará el movimiento porque no hay otro
líder, por eso te vine a buscar, perdón,
no te asustes, es un decir.
Querido hermano del alma, como me gustaría que estuvieras conmigo en este momento
histórico. Con tu astucia y cinismo me ayudarías a concretizar con éxito los
ideales de democracia y justicia social que promueve nuestro movimiento revolucionario.
Juntos modernizaríamos al universo y con el triunfo
del movimiento de sedición, instauraríamos un verdadero Estado democrático,
seríamos electos gobernantes Dioses, monarcas absolutos de todo lo existente,
oráculos del futuro y de la verdad, amos de todos los seres, y como todo aquí es
divino, los cargos no serían temporales, sino eternos democráticamente.
Dios
¡Hey que pasa ahí!
Pedro
Perdona hermano que te deje, pero parece que ya me
cayeron hablando contigo, al rato regreso.
Narrador
Repentinamente un fuerte sonido se dejó escuchar y
majestuosamente el venerado señor hace su aparición, la alegría y la melancolía
se unen para dar la bienvenida a la divinidad.
Dios
¡Has pecado! ¿Por qué no respetaste las leyes del
paraíso?¿Qué acaso no sabes leer? El artículo primero de los reglamentos
universales de nuestro reino, textualmente reza: ¡Prohibido hablar con los
mortales so pena de “muerte”!
Pedro
¡OH! Gran señor, yo no sabía eso, últimamente la vista me ha venido fallando.
No seas malo, no me vayas a castigar, te
juro que no lo vuelvo hacer.
Narrador
Román se
levanta malhumorado: ¡Que pesadilla tan espantosa!, de seguro fueron esos
desgraciados “Tamales”[26] que cené, me han de haber
“caído pesados”[27].
Se dirigió al baño, se lavó la cara e inicio su
acostumbrada rutina: ¡Leiden!, ¡Leiden!,
¡Kreuz!, ¡Kreuz! ¡Sufrir!,
¡Sufrir!, ¡La cruz!, ¡La cruz!).
¡Humanos! Acuérdense del adagio de Jenófanes de
Colofón: “Si los burros pensaran harían
dioses a su imagen y semejanza”
Soliloquio de un Fantasma
Benjamín me
dio la buena nueva, me dijo que el sábado llegarías.
La espera ha
sido tortuosa, pues desde hace mucho tiempo he querido escribirte.
Ahora crees lo
que te dije cuando nos conocimos, que nunca desistiría de tu gracia, que me
fundiría contigo, y que mi amor por ti sería inmortal, que mi deseo tendría su
objeto de amor en tu deseo y más temprano que tarde volveremos andar por el
mismo sendero.
Sé
perfectamente que nunca creíste que nuestra presencia en este mundo sea una
historia que se repetirá infinitamente, que nuestras vidas no tendrán un tiempo
lineal que se pierda en lo finito y nos haga mártires de la historia. Y que
seremos capaces de anular en nuestras almas las penas de la temporalidad, y
robar cual prometeos el fuego del silencio y el saber del oráculo para
compartirlos con los hombres de buena voluntad.
No creas que
me he olvidado que te aburrían estas pláticas, y que preferías buscar la
felicidad hasta por debajo de las sabanas, donde realmente no buscaste, porque
creías que era algo sublime que trascendía lo mundano, que podría ser tomado
con el corazón en lugar de con las manos.
Preparé un
nuevo discurso para continuar enamorándote, en el cual he puesto el verbo en
consonancia con la lengua, los nervios con el alma.
¡Bienvenida!
Como me da
alegría que vuelvas de donde nunca debiste haberte ido. Las cartas lo decían,
la bola de cristal lo anunciaba, nuestros corazones unísonos suspiraban su
destino, y dejaban vestigios por doquier. Exentos de toda culpa, liberados de
la maldición de las lenguas rasposas que nos han hecho vivir presos de los
fríos razonamientos de la modernidad, al fin, podemos ejercer nuestro derecho a
la vida.
Las cosas han marchado bien, he dejado de holgazanear cual
oso invernando, solamente lo hago de vez en cuanto, cuando me atraganto de ese
delicioso platillo llamado “codillo Alemán”, que después del festín, me provoca
una somnolencia y pesadez que no permite sostenerme en pie; forzosamente me veo
obligado a echar una siesta; pero la mayor
parte del tiempo, me la paso en vela, pues no quiero que mi vida se me escape
cuando ya no éste, quiero estar presente en mi muerte, y si es posible
participar de una muerte digna y bullanguera, irónica y pública, quiero estar
presente cuando mi cuerpo sea llevado en esa caja que nos aparta de la madre
tierra, al respecto, pienso que deberíamos ser enterrados sin ropas, sin cajas,
“como dios nos trajo al mundo”.
Así nos ahorrarían el trabajo de desvestirnos para entrar
en fusión con nuestra esencia en común, la nada.
Te contaré la historia de un pequeño fantasma.
Todo comenzó en el lugar donde nos conocimos, donde nos
encontramos, Rinconada. Pasada la media
noche, al cruzar por el pueblo, un menudo mocosuelo me hizo la parada, y me
pidió que le diera un aventón.
Le pregunté a dónde iba a esa hora de la noche, y le dije
que era muy peligroso que anduviera sólo; me dijo que le era urgente salir de
ahí. Al ver que su cara reflejaba una gran preocupación, detuve mi arenga, y
automáticamente le abrí la puerta del coche. El chaval no rebasaba los ocho
años de edad. La verdad es que me dio lastima, y sin cuestionarme si había
hecho bien, reanudé el viaje. Invisible entró y se sentó solemnemente, sin
pronunciar palabra por el momento, se quedó persiguiendo con la mirada el
espacio que alumbraba los faros del carro, claro que por las altas horas de la
noche, sólo veía asfalto y uno que otra luz de vehículos que nos rebasaban o
que venían en dirección contraria. Cabizbajo intentaba ocultar su aflicción,
sin embargo, algo se escabullía, lo delataba, era su lánguida mirada que
reflejaba un gran pesar y una inmensa preocupación; le pregunté si estaba bien,
y sin mediar palabra alguna, me contestó con un movimiento de cabeza, dándome a
entender que sí. Tratando de saciar mi curiosidad por saber algo de él, le
pregunté su nombre, y sólo logré que me respondiera con un sonido, porque lo
que escuché no era en lo mínimo una palabra, parecía sonar “plash”, como el
sonido que produce un objeto de metal al caer. A partir de ahí comencé a
llamarle “Plash”.
Te confieso que me dio mucho trabajo hacerlo hablar, pero
lo logré e iniciamos un diálogo interesante.
Para mi sorpresa, Plash es su verdadero nombre, me dijo que
era un nombre polaco, que no sabía lo que significaba; lo del origen polaco lo
supo por su madre cuando la escuchó platicar con una vecina, quien le preguntó
de donde había sacado el nombre, ella le dijo que de una antigua leyenda
polaca.
Te transcribiré el diálogo que sostuvimos, pues
afortunadamente recuerdo todo, hasta su desenlace inesperado, su
desvanecimiento, su abandono:
Yo –
¿De dónde eres?
Plash –
De Tlaltetela, una pequeña comunidad, donde no hay
tristeza, donde hay alegría, donde la gente todo el día anda riéndose, se ríen
por todo, incluso de sus desgracias, como cuando alguien muere, el pueblo hacen
una auténtica fiesta y despide al difunto con una gran algarabía, sus
familiares cantan, bailan, cuentan chistes, juegan, hasta los perros se
contagian de ese ambiente, porque se ponen a ladrar como locos, creo que por un
momento sus almas se vuelven humanas.
Un caudaloso río atraviesa mi pueblo, donde nunca las almas
nobles se ahogan, en cambio las malas, aunque sepan nadar, son devoradas sin
piedad por su furioso cause. Sus aguas son cristalinas e inmaculadas, parece
que la gente cuando va a bañarse y se asoma en ellas, no puede ocultar nada de
la esencia de sus almas, y todo lo dejan al descubierto, sus virtudes y sus
defectos; por eso cuando percibe la maldad, se traga a esa clase de gente, en
cambio, cuando detecta la bondad, transforma sus furiosas corrientes, en mantos
protectores, en caricias, hasta el que no sabe nadar no es excluido de
deleitarse de esos baños divinos, mágicos.
Con decirte que una vez, llevé al río a mi mascota
preferida, un corpulento loro verde que se llamaba “Roque”; el río se lo tragó, creo percibió en
su alma malignidad. Ese día comprobé que los animales tienen almas. El río es
nuestro oráculo, el que todo lo sabe. La gente si quiere confesarse, en lugar de ir a una iglesia, va al río.
Fíjate que en mi pueblo el tiempo se detiene, parece que
siempre estamos en el mismo tiempo, el tiempo de dar gracias a nuestros
antepasados, el tiempo de nuestros dioses, el tiempo sin historia, porque la
historia nunca se escribe, pues siempre los acontecimientos van precedidos de
un culto al pasado, por eso creo que en mi pueblo reina la paz perpetua y la
alegría de la eternidad.
Yo –
¿Cuéntame de tu familia?
Plash –
Es una familia como las que hay por doquier, somos cuatro:
mi madre Lucero, mi padre Abraham, mi hermana Leticia y yo. Mi mamá dice que
éramos cinco, con mi hermanito José, quien murió cuando tenía unos cuantos
meses de haber nacido, fue sietemesinos, sus órganos no estaban desarrollados,
aun cuando su espíritu si lo estaba; mi madre dice que los espíritus de los
seres humanos se adelantan al cuerpo, es
decir que razonamos antes de desear, el espíritu viene ya desarrollado y a
veces el cuerpo no está preparado para recibirlo, como el caso de mi
desafortunado hermanito. José antes de morir, se despidió de mi madre con una
dulce y bondadosa sonrisa, parecía que nos decía: “den gracia aún por un minuto
de vida”. Leticia apenas tiene dos años, todavía no nos trasmite sus
pensamientos con conceptos, pero si con su penetrante mirada, tiene el poder de la telepatía, pues sin
pronunciar palabras nos dice lo que quiere. Es muy vivaracha, cuando camina
danza, mueve su cuerpo tan armoniosamente que forma figuras hermosas, la
queremos mucho, es la alegría de la casa. Algún día va a hablar, y cuando lo
haga, nadie la va a poder callar, creará con su verbo poemas bonitos, no dudo
que sea una gran artista. Según el oráculo, en mi hermana reencarnó un espíritu
romántico. Yo sí creo eso, porque nunca ha fallado nuestro río, Él sabe todo,
cada evento de nuestras vidas las ha visto acontecer en su esencia
imperceptible, su éter es fantástico nos cubre a todos con un halo divino,
somos afortunados de tener un ser como Él.
Mi padre es el carpintero del pueblo, no hay otro como él.
En una ocasión un vecino quiso hacerle la competencia, pero fracasó; la gente
siguió prefiriendo las obras de mi padre, auténticas obras de arte; incluso, me
atrevo a decir, que van más allá del arte, son obras de creación divina, pues a
cada una la impregna de una sabiduría, de una pulsión, de una voluntad de
poder. Son tan especiales, que los hogares donde están, reinan la alegría y la
paz, creo que mi papá deja una ventana invisible para que los espíritus de las
cosas puedan andar libremente y transmitan la bienaventuranza. Mi padre es un
hombre trabajador e inteligente.
Cuenta mi madre que cuando lo conoció era un muchacho muy
valiente y con ideas raras, ella las llama raras porque no las entendía, lo que
pasa es que mi padre fue un liberal que creía en todas esas teorías de la
igualdad y en el mito del estado, todavía conserva muchos libros con esas
ideas. Sin embargo, ahora, al igual que
todos los del pueblo, profesa el misticismo.
Yo –
Se nota que amas a tu familia. Me alegra que así sea,
comparto tu fidelidad. De seguro que eres un excelente alumno en tu escuela.
Plash –
En mi pueblo no hay escuelas, y los niños debemos solamente
asistir una vez a la semana a un lugar que llamamos "La Ciudad Arquetipo ”. Está a las afueras del pueblo, ahí todos los
jueves de cada semana los niños nos reunimos, y el pueblo se queda en silencio,
ni un ruido se escucha, los adultos tienen prohibido salir de sus casas, hasta
que regresen sus churumbeles. A La Ciudad Arquetipo llegamos a las cinco de la
mañana, cuando todavía no ha amanecido, y lo primero que hacemos es agarrarnos
de las manos y esperamos la salida del Señor Sol. Cuando aparece, unísonos
gritamos: ¡Buenos Días Señor Sol! Él nos
devuelve el saludo con bellos rayos de luz y energía, nos mira atento y a veces
creo que se emociona tanto que se le desprenden lágrimas. Después le pedimos
permiso para retirarnos e iniciar nuestras actividades, la señal de su
consentimiento es la aparición de un arco iris refractando la luz y dejándonos
contemplar sus bellos colores.
Posteriormente nos agrupamos por edad y cada grupo se
retira a su sala de sesión, donde hay cojines para sentarnos. Antes de entrar
nos quitamos los zapatos, después nos
acomodamos cada cual en su cojín, aunque todos son iguales y del mismo
color, todos sabemos cual es el nuestro. Será que lo hacemos parte de nuestra
persona o es el alma de cada cojín que hace familia con cada niño. Después de
acomodarnos, se pasa a la elección de quién va a dirigir la clase ese día. Por
lo regular, siempre hay más de un candidato, pues muchos tienen cualidades de
lideres. La elección es muy sencilla, se elige a quien logre penetrar en lo más
hondo de los corazones de los niños. Se les permite realizar cualquier cosa,
decir un discurso, declamar una poesía, hacer una payasada, incluso no hacer nada; una vez gané sin hacer
ni decir nada, solamente me paré enfrente y los miré largo rato; me acuerdo que
mis oponentes, dijeron largos discursos, todos muy sabios y bien dichos; pero
quien sabe por qué mis compañeros ese día me eligieron. Según mi madre fue
porque a veces es mejor callarse y dejar que los demás decidan que sentimientos
y pensamientos quieren que se les transmitan, es como ceder tu cuerpo a los
deseos de los demás.
Ya electo el niño médium, éste se acomoda en un promontorio
que está al centro del salón, cierra los ojos y empieza a ceder su materialidad
al reino de lo trascendental, miles de espíritus se agolpan queriendo utilizar
el cuerpo del niño para hablar con nosotros, así es como de repente surge la
voz de un alquimista que nos habla de sus conocimientos para transformar la
tierra en oro, el odio en amor, las plantas en suaves fragancias, el agua en
fieros rayos de luz, el fuego en alimentos celestiales; o la de un médico que
nos enseña conocimientos sonadores, sentenciando siempre, que la salud del
cuerpo está en consonancia con la salud del alma, que una alma sana tendrá
siempre un cuerpo sano; o la de un humanista, que defiende el lado moral del
hombre, y nos exalta a defender su concepción de que el hombre es el centro del
universo, que la dignidad humana es una virtud fundamental que legitima todo
Estado de Derecho, y a no dejarnos embaucar por la idea de un hombre preso de
la ilusión del progreso, su lema es: ¡no al hombre-cosa!; o la de un profeta
que pregona el advenimiento del nuevo Mesías que viene a salvar a los hombres
que han hecho el bien, nos dice ¡Dios está en nosotros!, hagan de su persona el
templo de Dios. Esa es nuestra enseñanza. Sin títulos ni honores. Sin maestros
perecederos. Sólo las voces de hombres que han buscado la luz para vivir mejor
en las sombras, que nos enseñan a vivir la vida y a vivir la muerte.
Todo iba bien hasta que le pregunté a dónde se dirigía, se
puso nervioso y me dijo que más adelante se bajaría. Volvió a ponerse serio y a
permanecer callado.
Me intrigaba su madurez emocional, pues no actuaba como un
niño de su edad, realmente era un niño excepcional, sumamente inteligente, o
por lo menos, un niño con una gran imaginación.
Justo al
llegar a la autopista del Lencero-Xalapa, rompió el silencio y me dijo que se
bajaba. El lugar que había escogido estaba despoblado, y a esa hora de la
madrugada se encontraba sumamente oscuro, ni siquiera la luz de la luna le
socorría. Detuve la marcha y aparque. Antes de bajarse, Plash sin voltear a
verme, me dijo que escuchara lo que había escrito, de la bolsa izquierda de su
pantalón sacó una amarillenta hoja de papel toda arrugada, la apoyó en el muslo
de su pierna izquierda e intentó desarrugarla, como no lo logró, se conformó
con poder leer lo que había escrito:
“El viento se
detuvo, el silencio penetró por donde jamás lo esperaban; el ego y la
simplicidad de nuestras vidas, sus espacios y sus fuerzas, los instantes de sus
voces se pautan y arremeten contra el ser del Uno, momentos inconmensurables,
instantes que personifican al espíritu absoluto.
El viento se
sintió triste.
Hojas de
flores secas y ramas perdidas, tenue verde que nos da la vida, y todavía nos
preguntamos.
¿Dónde quedó
la risa del agua clara?
El viento
arremetió contra todos los seres desnucados que osaron hacerse a la mar en
plena luz del día, contra los que se robaron la risa del agua clara.
Ciencia que
nos cuenta sólo una parte de la verdad de la vida, la otra se escabulle entre
los ritos y elogios a la felicidad; la otra vida sigue esperando ser vivida.
Firmamentos de
los bondadosos, cántico inmaculado de
los dioses ausentes, sus altares resumen la historia de la humanidad.
¡Cantos al
amor y a la ternura!
Lamentos y
oraciones por lo perdido, lo más sagrado: las lágrimas, la desesperación, la
pasión.
Hoy es el día,
hoy nuestras almas deben dejar de reír, ponerse serias y aprender a amar más
allá de la razón, más allá de la palabra amor.
Volverán los
oscuros pensamientos, y el navegante sin remo llegará a cansarse y se ahogará.
Antes de irse
nos cantará la canción de cuna que le cantaban los grillos, los saltarines
verdes que se arremolinaban bajo su hamaca, y lo mantenían despierto todo el
día.
Finalmente,
nos enseñará a nadar en el océano de pasiones y diálogos sordos, nos restituirá
el amor a la nada, al caos, y morirá para nuestras vidas, y vivirá para su
mirada que es la que realmente le pertenece.
Volverán los vientos huracanados y cortarán nuestras
cabezas para que aprendamos a pensar con los pies, y nuestras uñas sean las
sílabas y las consonantes con las que haremos los versos de la resurrección.
Aprenderemos a respetar a la primavera, y nos congratularemos de ver crecer los
pastos entre los adoquines de las calles, ver nacer a los críos de las aves y
darnos cuenta que no nos pertenecen, que sus vidas corren paralelas,
indiferentes, aunque tratemos de patearlas para demostrarles que somos los
amos, y sólo veamos sus cuerpos inertes que no nos escuchan.
Oídos que escuchan el diálogo solidario de las hormigas, ojos
que se han quedado ciegos ante el resplandor de tu nacimiento, absolutamente en silencio, los diálogos de los
elefantes se nos harán audibles, hablarán de nuestros prejuicios, de nuestro
egoísmo, y sin que podamos evitarlo, seguiremos pensando que el reino de lo inteligible
nos pertenece.
Confesaremos a nuestros padres, que nunca supimos superar
el odio que nos heredaron, que continuamos cargándolo en nuestras espaldas, que
el amor que les prometimos se perdió entre nuestras ciencias.
Volverán los
días y las noches, bailarán y en sus danzas celestiales se confundirán las
luces con las sombras, el calendario tendrá un solo día, un solo mes, un solo
año, un solo siglo, un solo tiempo.
Tiraremos al
tiempo por la ventana, y nos guiaremos por el olfato, y mediremos nuestras
distancias con los nudos de nuestros pensamientos.
Sentiremos que
hemos nacido y reverdeceremos en medio de un desierto que nunca fue más que una
basura en nuestros ojos.
Los ojos de
los ciegos volverán a ver, pero no el mundo de la levedad, si no el de la luz
que guió a los locos a revelarse contra la unidad de la razón y de la
moralidad.
Afectos
intempestivos que oscilan entre el amor y el desasosiego, vendavales de
significantes que petrifican la movilidad, y nos lanzan al mundo del azar, de
la contingencia pura, reino de la muerte.
Así quedaremos
después de descubrir que el amor tiene su vértice en la posibilidad de la
imposibilidad de ser, cuerpos con dos almas que intentan ser una sola.
Repentinamente
se harán presentes pensamientos sin misericordia, que salvajemente nos
arrastrarán y resquebrajarán nuestra supuesta completud, quedaremos esparcidos
en mil pedazos que se alejarán a espacios lejanos donde no sea posible que se
toquen.
Si hay algo
que se asemeje a morir en vida, será ese momento.
¿Qué es el
amor?, la demanda de ser poseído por otro singular que nos rescate de la
multiplicidad, que nos haga poesía por un instante y cosa toda la vida.
No tengamos la
seguridad de esa vital confirmación, por el contrario, dudemos de ese encuentro,
de ese instante en que podamos probar un poco de la eternidad; por eso nuestras
almas se debaten en la ambivalencia, nuestros corazones insisten, nuestras
razones claudican, y perversamente se burlan de nuestros deseos engañados.
Nunca
olvidemos que nadie mirará con nuestros ojos, ni nuestros corazones compartirán la
dicha de sus pasiones.”
Ahora que te escribo esta historia, me pregunto si todo
esto no fue más que un sueño, porque me parece irreal la existencia de Plash, e
inverosímil el contenido de su discurso. Pequeño trasgresor que contradice la
etimología del vocablo “infante”, sin palabra; historia de un fantasma con
verbo.
Antes de desvanecerse, de ensimismarse, de abandonarnos-me,
Plash me dio este poema para ti:
“Junto a tu cause, que es el río que arrulla mi sueño.
Junto a la casa de madera que retiene la savia de la
naturaleza.
Junto a tu recuerdo que agudiza mis sentidos.
Oídos que escuchan el diálogo solidario de las hormigas.
Ojos que se han quedado ciegos ante el resplandor de tu
nacimiento”.
He de
confesarte que la noticia de tu llegada, ha transformado mi vida, incluso mis
actividades cotidianas resultan plenas y virtuosas, has hecho que las cosas que
me eran indiferentes, sean objeto de mi atención y alabo. En suma, has hecho
que mis pensamientos y acciones tengan dirección y sentido, ensoñaciones que me
transportan al momento del origen. Las reflexiones llegan de partes
desconocidas de mí ser, y como decía Sócrates, hay un genio que se adueña de
nuestra lengua y habla por nosotros, ese
otro liberado del mundo de la necesidad que puede razonar lo eterno, lo
intemporal.
El Absurdo
Faustos
impropios, en esencia nuestros. Era de día cuando la vi sonreír, bella, en
palabras de anhelo, hermosa perfección. Su cuerpo daba sentido y referencia al
concepto “bello”. Con sus ropas trataba en vano cubrir lo prohibido por la
moral de todos los tiempos. Lentamente caminaba y su andar incitó la hambruna
de placer que embriagaba mi ánimo, me provocó un decir, ¡qué tal!, que conectó
nuestros espíritus en una consonancia infinita, un estar dos en un solo ser.
Cuando logré
sentirme, me salió un silbar sin intención, y mi alma sufrió una experiencia
mística. Me atormenté como un vulgar dictador, en querer ser absoluto en su
posesión, cortejo natural, me obsesione tocando su piel y sus cabellos que se
desprendían como cascadas sagradas. De repente salí a su paso y le pedí ser su
sombra, su idea perdida.
Panu-
¡Mujer! Abre
paso a mi voz en tu entendimiento. Soy la luz que una vez soñaste, luminosidad
que ansiabas para tus viajes por los infiernos del pensamiento.
Cosima-
¡Hombre! Me
llamo Cosima. He oído de ti en la
historia terrenal. Al reconocer la supremacía del verbo te obsequio sin
pretexto mi fe.
Panu-
Cosima. Mi
nombre es Panu. El diálogo contigo sucumbe mi libertad y me hace preso de tu
crónica. Soy un pecador, un mercenario que trafica con una nueva lógica y
traiciona al mundo al hablar-TE. Cosima, la fragancia de tu sabiduría me hace recordar que la preñez de mi ser está
congelada, estancada en la duda y en las ansias por conocer lo claro y
distinto, la luz. Creo poder robar-TE la gracia y darte un regalo inmoral. ¡Mi
vida!
Cosima-
Gran
insatisfacción te causa la vida, ¿Acaso no has podido prever las categorías del
ser? En oriente miraron la verdad por una rendija y no se atrevieron a
aprenderla. En occidente se atrevieron y exploraron las veredas de la razón y
se hicieron inmorales. Con miel en los labios te invito a revolcar tu sangre
con la tierra, a conjugar infinitamente tus ideas y ser lo último en morir al
ocaso.
Panu-
Acepto tu
invitación. ¿Sabes? Me aventuré a pensar que tus pensamientos no lograban ni
siquiera definir lo establecido. Pero he de reconocer que se extienden más allá
de lo dado y retan la costumbre.
Cosima, al
salir a remojar la lengua a donde el agua está petrificada, es igual que luchar
con madera contra el muro de pasiones que envuelven a la humanidad, es aguantar
el deseo de ser “lo otro”, es la muerte del águila azteca.
Querida, debo
confesarte que soy un leño que fue cortado del árbol de la vida, después fue
tirado al olvido sin que supiera que formaba parte de la gran explosión que dio
realeza al universo. Soy cómplice del crimen de lo humanamente humano, del
asesinato del valle.
Cuando vi
rodar tus lágrimas por tus mejillas me di cuenta que eras la parte cierta que
la filosofía andaba buscando para terminar el rompecabezas de la realidad.
Cosima, acepta
a hablar por el sólo placer de hablar, sin temas ni reglas, sin principio ni
fin.
Cosima-
¡Formidable
propuesta! Acepto con gusto, pues representas al responsable del destino del
punto. ¿Eres el estallido de la certeza?
Panu, me
asusta saber que puedo descubrir todo el mundo con el simple observar del canto
de una cigarra.
¡Tienta mi
piel!, es hierba viva que siente tu calor, perdón, quise decir tu color.
Mi vista me
lleva a regatear por el alto precio de lo sagrado, ¡Tu cuerpo!, tu real
persona.
Debes entender
que la muerte es pasar en oración a la inmortalidad del acto puro de la acción
de un dios mortal. Excelente oportunidad de los mortales asemejarse a su
crea-d-o-ere.
Panu-
¡Mira! Mis
ojos ya no lloran, el corazón tomó el sitio de la posguerra, la guerra entre el
bien y el mal ha concluido.
Un antiguo
malestar aparece. El Gallo, símbolo de la resurrección, habla.
Gallo-
Si le dijese
que la realidad es la acción del escape de un gato por la ventana. Que la
erudición del intelectual se consume con el sólo concepto “fuego”. Que toda
idea genial es simplemente las plumas de un buitre. ¿Qué dirían? No me
contesten. Mejor les propongo un juego que se llama “el absurdo”. Se juega de
la siguiente forma. Cuando se les pregunte por la definición de una palabra,
ustedes lo harán definiéndola de la forma más “absurda”, in-convencional, y así
cada quien brotará como flores incoloras en plenas primaveras invernales.
Empiezo, Panu,
¿libro?
Panu-
Deleite de una
monja puliendo un piso. ¿Rojo?
Cosima-
Ensueño de un
cajón. ¿Ratón?
Gallo-
Saber de
zorro, quietud bendita. ¿Locura?
Panu-
Suelto el
aliento, sello la razón y cuando la tentación instigue, reacciono por deber al
músculo. Ese comportamiento es la verdadera realización de nuestra evolución
psíquica, es la transformación de los siervos en amos, es volverse poesía
orgánica. En ese estado balbucean los límites de la verdad. Por cierto,
¿Verdad?
Cosima-
En una ocasión
me introduje en mi misma, pasó una hora, un minuto, se enlazaron los meses con
los años, me divertía tocando el polvo celestial, mirando algo escrito en una
pizarra pueblerina; acostándome sin sentir la cama, prendiendo la estufa con
sólo pronunciar, deambulando por las calles de las grandes ciudades,
pervirtiéndome con carnes ajenas. Sentía el mundo a mis pies.
¡OH!, ese
mundo que creía poseer se disolvió al despertarme, al topar con las paredes de
mi cuarto. Mi casa comenzó a despedir olores fétidos, y la llamada verdad quedó
atrapada en una telaraña, la in-feliz araña que se la comió murió por demasiada
existencia. Por un momento me quedé asilada, inerte, muerta de miedo. ¿Moral?
Gallo-
Deseo agregar
una parte que hemos olvidado del juego. Ustedes no me han preguntado cuándo se
gana o se pierde en éste juego. Pierde aquel que defina con precisión
“científica”. La imperturbabilidad del eclipse en su advenimiento natural es la
señal del triunfo. El premio es la conformidad del espíritu con su lucha contra
el tiempo. ¿Moral? Extasiado me asolaron remolinos de jubilosos colores. La
selva devoró mi quijada. La aldea donde dejé caer mis impresiones era la ciudad
de dios, ahí se fabricaban las reglas morales que después serían enviadas a los
hombres para que se conduzcan con “honestidad”, para que no se maten unos a
otros, una de ellas se encontraba escrita a la entrada de la ciudad, ¡ama a tu
prójimo como a ti mismo!, o sea se el otro. De pronto, me quedé pasmado ante el
estupor de un grillo reteniendo el aire me escuchaba. Al alejarse, dijo, “aquí
no hay lugar para la rebelión del relámpago.”
Antes que el
gallo continuara con la siguiente pregunta, Panu, interrumpió nerviosamente.
Panu-
Se me fue el
aliento, mis manos me quieren ahorcar, quiero salvar a mi madre de la soledad y
contribuir a la paz de la humanidad. El juego en que nos introdujo el Sr. Gallo
es diabólico, pervierte el lenguaje y nos hace perder el “orden” y la
“racionalidad”. El mundo es más simple que el signo.
Todos los
ruidos, pláticas, chillidos, perdieron dialéctica. El silencio comenzó a poner
orden a la insolente contingencia. La niña muda sacó su pañuelo y secó sus
oídos de las blasfemias que había presenciado. La benevolencia del supremo
salvó las almas de los protagonistas, ellos, nosotros, y guió sus lenguas hacia
la religión infiel.
Se dejó
escuchar una canción popular:
...amarías a
tu ser...
...amamantarías
al hombre toda tu vida...
...aquí la
tierra clama justicia...
...aquí el
cuerpo clama castigo...
El Encargo
Esperaba,
impaciente la llegada del autobús, miraba constantemente su reloj de bolsillo,
hacia gestos de impaciencia que acompañaban su premura, su deseo de ver
aparecer el autobús, pasó diez minutos como si fueran diez horas. En un momento
en que volvió a mirar el reloj, el deseado bus se divisaba desde lo lejos
dirigiéndose hacia la parada, donde impaciente lo esperaba.
Repentinamente
la decepción se apoderó de nuevo del impaciente, pues el bus pasó sin
detenerse, no estaba de servicio.
Continuaba
hurgando con su mirada el susodicho reloj, y el avance de sus manecillas eran
verdaderas punzadas a su paciencia.
Por fin, otro
autobús se distinguía y éste sí parecía estar en servicio, así que sacó unas
monedas para preparar el pago del viaje.
Precisamente
cuando el bus se detuvo, y él estaba a punto de apearse, oyó una voz que le
hizo volver sobre sus pasos, pensó que era un antiguo amigo que le conminaba a
no subirse y a esperarlo. Como buen hombre educado que era, incapaz de no
responder a un saludo, y mucho menos a un llamado de un amigo, se quedó a
esperar, de mientras, el bus suelto emprendía la marcha y se perdía en la curva
siguiente de su ruta.
El hombre que
parecía ser un antiguo amigo y le llamaba, detuvo su carrera y llegó a la
parada lentamente, al toparse con él, sólo pronunció una frase que desgarró su
alma: ¡maldito bus otra vez me dejó!
No lo podía
creer, el individuo quien supuestamente le llamaba, no era ningún conocido,
mucho menos un amigo; y en realidad hacia las voces en plena carrera para
llamar la atención del conductor para que lo esperara, y no era a él a quien se
dirigía.
Sin decir
nada, dirigió su mirada hacia la ruta del bus y volvió a su rutina de mirar y
hacer gestos, de moverse y pensar.
Transcurrió
unos cuantos minutos cuando volvió a aparecer otro anhelado bus. Sin darse
cuenta que las monedas las tenía en la mano, volvió a intentar sacar su
monedero para extraer el pago del pasaje, en el momento en que intentaba
hacerse del monedero, soltó las monedas que tenía en la mano y éstas se
esparcieron por todas direcciones, ante esa acontecimiento no tuvo otra
alternativa que ponerse a recogerlas, ya que en eso de la economía era muy
estricto, y dejar que se perdieran algunas monedas era como dejar un pedazo de
vida. Así que con toda calma, buscó una
por una hasta tenerlas todas.
Lo más
patético e injusto fue que el individuo que le hizo perder el anterior bus, ni
siquiera realizó el intento de ayudarle, descaradamente se subió al bus que
inmediato partió.
Volvió a
quedarse esperando, sólo, de seguro, el retraso le hacia perder algo muy
importante, pues todavía hacia movimientos de resistencia, como si aún hubiera
tiempo, como si todavía valiera la pena esperar, sacó por undécima ocasión el
reloj, pero esta vez, al estar tan nervioso, hizo un movimiento que provocó la
caída del reloj, que, como si en cámara lenta se tratara, según me pareció ver,
al llegar al pavimento se rompía y sus partes se esparcían por doquier. No sé
si le dio tiempo de ver la hora. Lo sorprendente es que no hizo el intento de
detener su caída, ni mucho menos de recuperar sus restos. Es más, sus gestos
que acompañaron el acontecimiento, denotaban alegría y desparpajo, como si de
algo extraño y molesto se hubiera deshecho con gusto, como si se hubiera
quitado un gran peso, y la alegría fuera el producto del relajamiento y la
letanía con que le gustaba sentir la vida. Repentinamente lanzó un grito de
algarabía, y despreocupado, incluso, altivo diría, se puso a esperar.
Como si ya no
le importara el tiempo, la duración, el instante de las coincidencias, de los
presentes que se hace instantes de realidad, en el que un acontecimiento se
superpone a otro y este da paso al encuentro con otros, pautas de ilusiones
causales, el instante del momento de estar ahí y no en otra parte.
Esperar para
algo, estar en ese algo sin esperar, y dejar que las cosas tengan sustancia
sólo en la vista de quien quiere mirar concreto. Estar como simple espectador,
sí, como un simple hecho desfasado del instante de eternidad en que se vuelve
las acciones de los seres en el laberinto de soledad. Ser mero compañía del
otro, del ser. Pero esperar, puede hacerse en cualquier lugar, en el no lugar
del andar. Así que agarró sus tiliches,
su cuerpo, su espera, su impaciencia, su destino, y se puso a
andar:
“El últimos de
los tiempos espera ser vivido, el último de la fila verá coronado su espera
siendo el primero, el primero que salta por la borda, por la mujer, ¡sí por
ella!, pues quién puede ser la culpable sino ella, la de la piel al
descubierto, la de la sonrisa galante, la del regazo pulcro.
Hoy rezaremos
en el nombre del gran padre muerto, asesinado por la conflagración de los
ansiosos, deseosos, hoy es el día de la resurrección, hoy es el día en que
naceremos al bien común, a la justicia diaria, y el que se raje es un
nombre, y el que no se raje, también.
Así que a formarse, los de la cruz de olivo a la derecha, los de la luna
amarilla al centro, y los del sol rojo a la izquierda; a marchar por los
sagrados alimentos, y cuidado quien miré por donde va el otro, el de la mascara
blanca, el que agarró la mano de la anciana y la lanzó al abismo; hay de quien
se coja de la mano, hay de aquel que se persigne, y quien quiera cargar su
andar sobre el lomo de un fantástico. Bueno, no tan rígido haremos este vía
crucis, permitiremos la risa, los aplausos, los regalos, y uno que otro roce.
Pero jamás dejaremos de mirar hacia la montaña mágica.
¡Si pueden!,
¡si pueden! Oiga levante ese canasto y venda esas porquerías por otro lado, no
ve que aquí va lo más selecto de la estirpe.
¡Tú!, si el de
la mochila descosida, levanta los brazos y lanzas berridos de vida, llena tus
pulmones de aire y lanza el último aliento,
no ves que la vida se fuga con la muerte, y se ve que va seriamente enamorada,
desdichada, tenía que ser mujer, no sé da cuenta que la amamos locamente. Pero
volverá, cuando ese la deje, la abandone
como a todas sus victimas. Ya volverá y la recibiremos como se merece. Es más,
preparemos unas estrofas a la vida: Aleluya, alegría, a veces “SI”, en la
esquina había un niño con diez billetes mojados, y una señora limpiando su
delantal, bien por esa gorra recién estrenada; es la del vecino que hoy pide la
mano....de la novia, a la mejor ya está embarazada. El jolgorio se va a poner
de pisadas, de correrías, de caras despistadas, de músicas desafinadas, de
sabores y olores, de besos y chillidos”. Estos y otros pensamientos inundaban su alma. Pero esto no le impedía continuar, cargar
con su cuerpo, y a veces dejar que el cuerpo condujera, y otras su alma.
Escindido viaje de ida y vuelta.
Lo más raro
era que su andar le condujera por esas calles malolientes, por esos arrabales
llenos de chamacos mugrosos, viejas chismosas, y valedores intrépidos. Pero
hoy, fue la excepción, y como un camaleón, hizo ese lugar su imagen y
semejanza, pues convirtió su andar en una alma en pena, y al igual que sus
conciudadanos ocasionales, era un harapiento cualquiera que pasaba por ese
lugar; llegó a tal grado su mimetismo que ni las garrapatas se atrevían
acercársele, pues sabían que no había nada que chupar, porque en las venas de
esos humanos corrían litros y litros de alcohol, gramos y gramos de varias
clases de estupefaciente, y una que otra botana, tapa.
No obstante,
inerte continuaba, conducía su cuerpo, ¿hacia el supuesto paraíso?, se
comportaba como si se dirigiese hacia el eterno lugar de la paz perpetua. Ese
día jamás esperaba que un evento, la gran desviación original, el clinamen,
diera otro derrotero a su vida, y se dirigiera hacia la verdadera fortuna del
espíritu, hacia un origen en el que el caos imponía su ley, el gran desorden,
el origen maculado.
No hubiera
pasado por aquellos lugares, ni hubiera experimentado esas sensaciones, ni
advinieran esos pensamiento, a no ser por la desespera de la espera. Así que
alegre caminaba, al cabo que eso de la caminada era su especialidad, y no
porque la marcha fuera su afición deportiva, sino porque a veces llegaba su
pobreza a tal extremo que no tenía ni siquiera para el pasaje. No había
avanzado ni cien metros cuando opto por tomar otra ruta, le parecía que ese
camino era más corto y le ahorraría algunos milímetros de suela. La calle era
la típica calle de ciudad glamorosa, pomposamente iluminada y acompañada de
unas soberbias banquetas, donde creo que cabrían una que otra vivienda, pero
pese al despilfarro del espacio, al menos, eran apropiadas para expandir la
dignidad del andar de los transeúntes que la habitaban, porque han de saber que
nosotros, es decir, ustedes y yo, somos los únicos animales que al caminar lo
hacemos siempre pensando que somos los únicos que marchamos por el mundo.
¡OH!,
malquerida subjetividad, sujetados, los amados amantes, los amamantados.
Circundada por monumentales edificios que ocultaban a
la risueña luna, erguidas fantasmagóricas, hacían presa de miedo a cualquiera.
Victima, cohibido y amedrentado por las sombras de esos gigantes. Pero resuelto
continuó su marcha, quería llegar lo más pronto posible, pues de ello dependía
poder disfrutar una vez más en vida de la dicha, del abandono corporal.
“¡Ven!, ¡Acércate!, no tengas miedo, soy yo", escuchó una voz que parecía provenir
del cielo, llegó
a pensar que era la voz de Dios, pero no, no era
El; la voz era muy terrenal, incluso muy familiar. Volteó por todas direcciones, buscó a alguien a quién responsabilizar
de esa voz, pero nadie aparecía.
Se llenó de valor y continuó sin prestar atención a la voz, pensó que eran los
efectos de lo soledad, pues salvo él nadie en esos momentos transitaba por ese
lugar. Los edificios parecían deshabitados, incluso, pensó que todavía no los
habían entregado a sus dueños. La voz continuaba su danza. Ahora, no podría
atribuirle a la soledad, pues entraba a
una zona donde una multitud deambulaba, yendo y viniendo, y como las hormigas,
ninguna interrumpía el andar de la otra. Pronto la voz se materializó, era la
de un joven que unísono lo acompañaba. Le dijo que siempre estuvo cerca de él,
y que por más que le hablaba no le respondía. Le dijo que se acercó a él porque
tenía miedo, y ya que iba en la misma dirección que él, decidió acompañarse con
él, o cuando menos, ir a su lado. El joven le dijo que iba al otro barrio a
traer un encargo de sus padres. El chaval no rebasaba los 15 años, y como tal,
iba pletórico de energía, le preguntó,
si conocía bien esa zona de la ciudad, y si sabía sobre el gentío.
Incrédulo, y mirándolo como un extraño, le increpó, ¿acaso no sabes que estamos
en pleno carnaval?, es más, mira a la chica que llevan como florero sobre el
toldo de ese carro, es la reina del carnaval, se llama Clarisa, la verdad es
que está rebuena, o no.
Conforme se
iban alejando del escándalo, le comenzó a narrar una historieta:
“En el origen, tiempo de lo
eterno, de los dioses del Olimpo, Gea inauguraba el orden a partir del caos, al
ser a partir del no-ser, de la nada. Ponía en marcha la historia. Parió a la Tierra , a los Mares, al
Hades, a los seres del reino de lo intangible y lo sensible. Aún la culpa y lo
mortal no hacían su aparición, la marcha hacia la cultura y la realidad
flotaba, suspendida en ensoñación, y la
tragedia divina enaltecía nuestra presencia en ésta dimensión. El mito
emancipado guiaba la magia innata de los seres que la habitaban, y aun los
mortales no eran nombrados benditos, no obstante, participaban de esa esencia
divina, y el éter de la eternidad inundaba sus sangres. El logos perdido en el
futuro se asomaba en los suspiros de uno que otro dios traidor, y lo furtivo
iba ganando terreno.
Fue así como
nacimos de un engaño, escuchando incapaces de comprender nos asemejábamos a los
sordos, estando presentes, estábamos ausentes, y el mundo de la necesidad hacia
su aparición, y con él la esclavitud al fuego, a la compulsión de repetir ese
momento usurpador, primigenio.
El designado
fue Prometeo –el previsor-, , quien creyó que nos
hacia falta la libertad para ser felices, y no se imaginó que nos condenaría a
un eterno sufrimiento, a la mortalidad; al deseo mortífero, a la muerte.
El poderoso
Zeus desde lo alto del Olimpo lanzó furioso rayos contra los que rendían culto
al dios rebelde, lanzó cientos de rayos que atravesaban los cuerpos de los
ingenuos mortales, uno tras otro caían muertos, y los que sobrevivieron desearon
no haberlo hecho, pues su agonía era más terrible que la muerte.
He ahí los
primero sacrificios a la eternidad, los primeros tributos para apaciguar la
maldición, el pecado, la primera señal del abandono, de la perdida de lo divino
del hombre.
Sin fuerzas el
dios rebelde trataba de proteger con su propio cuerpo a los infelices hombres,
les gritaba que se alejaran de su culto, que tomaran la ruta del oriente para
acompañarlo en su castigo, que pidieran la salvación de sus almas a Zeus, el
dios de la justicia, de la civilización, del equilibrio.
Mientras tanto
el poderoso padre de los dioses, no contento con el castigo infringido a su
prole, ordenaba a su hijo Hefestos, que preparara un regalo maldito para los
contingentes. Fue así como el buen hijo del Dios, se puso a construir al ser
más bello y seductor del cosmos, portadora de vicio y males, portadora de la
reproducción banal del hombre, signo de la animalidad, bello mal: la mujer.
Quien más
podría gozar de entregar ese regalo siniestro e irrechazable, sino el dios del
engaño, Hermes, quien entregó al hermano del dios de los mortales, Epimeteo
–distraído del previsor- a Pandora. Inicio de nuestra historia universal”.
Se despabiló y
mediático se precipitó a abrir la puerta, y una vez más era el viento que le
jugaba una mala pasada. No pasaba de la media noche, y perecía la noche muy
noche, intensa, la gran noche. La oscuridad había borrado todo vestigio de la
luz natural, junto con su fuente principal, la risueña luna. Más al rato,
volvió a oírse algunos pasos que provenían de
la calle principal, estaba seguro que era el vigilante que queriendo
impresionarnos como siempre, andando con pisadas estruendosas y altivas,
reafirmando su resuelta determinación de jugarse la vida si era necesario por
conservar la seguridad y la tranquilidad del bloque de viviendas; aunque al
rato, compartiera con nosotros nuestros sueños y ronquidos, siempre lo delataba
los suyos, que eran estruendosos y enfermizos, nadie dudada de la simulación, sin embargo, compartíamos su verdad,
movidos por la lastima que le teníamos a ese hombre solitario de más de 70
años, que hacia mucho tiempo había renunciado a los superficiales secretos de
la vida y se había quedado a cultivar lo profundo, la sustancia infinita: el
bien y todo su sortilegio.
Quería creer
que era él quién regresaba temprano y que cumplía su encomienda, y no el
vigilante.
Me dijo que no
siguiera esperando, que de seguro andaba con sus amigos, y que era cosa de la
energía, del ímpetu, y quizás por la hora, lo había dejado el autobús de las 11
p.m., así que ha de estar esperando un aventón, mañana lo volveremos a ver
entrar por esa puerta donde tanto esperas, más joven, más alegre, más vivo.
Como estaba
tan testarudo, me propuso que esperáramos hasta la 1 de la madrugada, ¡ni yo ni
ella!
Creyéndome
somnoliento, pensó ingenuamente que iba a caer pronto, pero no, la que cayó
como un tronco fue ella.
En la mañana temprano se despertó y me vio pegado a la
ventana, fundido con el afuera, pues no me encontraba adentro, oscilaba entre
el afuera y el adentro, se acercó y me abrazó, helado me olvide de ella, me fui
con los tiempos perdidos, con el deseo de estar eternamente metido en ella, y
pensando en lo que corre por nuestras venas, lo que nos marca con sangre y
fuego, lo que nos hace uno a todos, lo que nos hermana.
[1] Contracción de mi hija
[2] Niños.
[3] Expresión que significa “por si acaso”.
[4] Cuerpos musculosos.
[5]Insultar.
[6] Describen.
[7] Acción de sobornar.
[8] Disfrutando.
[9] Trabajo-Empleo.
[10] Hacerse viejo.
[11] Enojo.
[12] Valiente-Astuto-Inteligente...
[13] Soplón-Traidor.
[14] Amigos.
[15] Me intrigó.
[16] Malo-Abusivo.
[17] Tener influencias.
[18] Especialista.
[19] Tomar bebidas alcohólicas.
[20] Alcohólico.
[21] Compañeros-Amigos.
[22] Peligrosos.
[23] Mucho.
[24] Implicar.
[25] Transportar drogas
de manera individual.
[26] Plural de Tamal: especie de
empanada de harina de maíz envuelta en hojas de plátano o de mazorca del maíz.
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