PORCIONES DEL INCONSCIENTE I
Vocablos, reyertas, encuentros, sorpresas, dolor.
El fin se acerca, escucho los pasos del mal, del chamuco*;
la hora de la resurrección se filtra por todos lados de nuestra guarida, de
nuestro refugio: ¡nuestro cuerpo!
El reino de la paz y del amor fenece, con
ello, el caos reivindica su ley.
Vuelan las cabezas, los suspiros se
suspenden, los besos se extravían en los remolinos de
dolor, en los quejidos de los pobres
desventurados que creyeron en la felicidad, en la perpetuidad.
Habla el azteca carnívoro.
La sed de sangre demanda sacrificios para
apaciguar el renacimiento de los dioses, quienes nos prestaron el tiempo y un
tiempo de eternidad, quienes hicieron a las criaturas humanas su ausencia y
presencia.
Vuelve el silencio, la duda.
La moral de la
compasión escapa por los aires y se pierde en la blanca noche, quien se alegra
de ser toda negra.
Parió la Noche
a la tribu de los sueños y junto a ella a Tanatos, el dios demonio más temido,
más inconsciente, esperaba que al nacer
la liberará de las sombras, en lugar de esa liberación en su nombre se han
cometido los crímenes más sanguinarios, y la noche se hace más noche; reina la
lluvia, el infortunio, la dureza y la locura; nadie quiere saber de aquello que
nos completa y nos olvida en su inolvidable olvido.
¿Dónde quedó
la reina de los ojos de paz y caderas amplias, regazo que nos protege y nos
confirma, sonrisa que daba la gracia a cada mañana?
Habla el eco
de una sombra y su viajero que presagia la desilusión como alegría:
¡Vuelvan al
caos!
¡Laméntense de
haber nacido!
¡Vean los
colores por última vez!
¡Mañana el
mundo sórdido volverá a dar su infinita última vuelta, la claridad del fondo de
los soles desaparecerá!
¡Vendan sus
almas!
¡Entierran a
sus hijos para protegerlos de la luz!
¡Amen la
tierra y coman carroña!
Ancianos
regímenes, transiciones defectuosas, incognoscibles, el anciano llamado verdad.
Un bonito
camino, un bonito día.
Toda la luz se
concentraba para iluminar el destino del pequeño anciano.
Toda verdad
competía para definir el destino del honorable y pequeño anciano.
Juntos, los
bienes, los de atrás y el cercano huracán.
Juntos, los
manuscritos delatadores, los templos, y el cuerpo.
Juntos, las
divas, los amigos, los desnudos, y el fin del mundo.
Un bonito y
tierno infierno, un bonito y fiel paso.
Todos cargamos
al desdichado anciano y lo arrojamos a un mar de suaves rocas y malolientes surcos,
cruces.
Violentamos la
cerradura de la caja de las bondades.
Le forzamos a
que antes que cayera nos hablara, nos describiera, nos asustara, nos deseara,
nos pegara, nos dejara solos, acompañados, en guerra, en el oriente.
Violamos su
intranquilidad, su último suspiro.
¡Hay de mi
anciano!
¡Hay de mi
pequeño anciano!
¡Hay de mi
honorable y pequeño anciano!
Somos tus
criaturas incoloras, estúpidas,
maravillosas, extrañas, enjutas, amables, inteligentes.
Somos tu
imagen inacaba, ausente.
Somos tu yo.
Ven y háblanos
y háblate, ven y vierte tu aire divino, la fe en el bautizo.
Ya lo sabías, ya
siempre ya, ya lo presentías y ya llegó la hora en que te descubras, te
destapes y nos enseñes la máscara de tu rostro.
¡Hay de ti
cuando todos estemos muy lejos, cuando las olas sean líneas interminables que
ya no canten y te den la bienvenida!
¡Hay de mí
cuando todos estemos muy lejos!
¡Hay de todos
cuando todos estemos muy lejos!
No renuncies,
no te rajes, no recobres la conciencia, pues has muerto hace muchos hijos.
Háblanos de
tus glorías.
De tus
conquistas, de tu historia sin tiempo,
del tiempo sin ti.
De la mujer
que había comido una estrella.
Del niño que
gobernaba los quinientos pueblos de occidente.
Del perro
ladrón de huesos.
Del morral
lleno de mangos.
De la casa
junto al arroyo.
De la calle
iluminada con flores y ramas.
De tu tatuaje
en el brazo izquierdo.
De tu cicatriz
en la frente.
Del símbolo
asceta.
Del carruaje
con un solo pasaje: nosotros, tú y yo.
Palabras
sueltas, que hablan de una historia singular, imprecisas.
Cercado por…
Cerca…
Indiferenciados,
Imperfecta.
Próximos,
unidos, lejanos.
Intactos
–in-maculados-, Inundados.
Caminares
alzados y embotados, lejos de unos ruidos, cerca de la sonoridad, armonía.
Punzadas que
ordenan lo infinito.
Detenerse.
Vamos, ¡allá!,
¡acá!, ¡ahí!
Preguntas y
comentarios.
Respirar,
inconfundibles respirares.
Mirares,
mirados.
Estar y seres
que no son conocidos.
Verde, azul, blanco.
Pensamiento,
enojo, la vuelta del respirar sin respirar.
Desplazamientos,
supersticiones.
Retorno.
Quedados,
lectura, descanso, paz.
Ideas que se
adueñan.
Fin del día y
comienzo del día.
En un
principio era el caos, después el orden, después el desorden del orden
Me cuesta
trabajo arrancar mi cuerpo, imponer mi voluntad, y hacer que mi mente se
extravíe y lo encuentre entre las ideas, entre los deseos que me hagan
atraparlo, y hacerlo confesar…
Hacerlo
participar de locuras, hacerlo esclavo de los otros cuerpos.
Amante, amado,
amargo, y las horas se precipitan hacia mí, y son millares, eternos suspenderme
que trastoca lo bueno y lo malo.
Acomodarme.
Dormir miles
de años, dormir miles de sueños, dormir en el sueño de un dragón sin fuego.
Insistir, estar
ahí.
Siempre tengo
la costumbre de dormir, y no escucho, o duermo y escucho, o escucho y duermo, o
duermo escuchando el dormir.
Hoy siento que
vivo el sueño del sueño.
Hoy siento que
vivo la risa de la risa.
Hoy siento que
vivo la muerte de mañana.
Ahí está, escondiéndose
de las miradas, echándose un velo que lo encubre.
Ahí está, viendo
que lo buscan, encantado, te encontré, no pudiste ganar, perdiste y ganaste el
encuentro.
Viste que son
las siete de ayer, hace más de un siglo que estamos jugando, te encontró mi
persistente mirada que no te miraba de frente, sentía, vivía desmesuradamente,
y por eso su rostro se volvió un solo ojo inmenso que monumentalmente lo miraba
todo.
Cuida por
donde pasas, no dejes de pisar fuerte, al cabo, ya está ahí, ya no eres invisible como el tiempo pasado, ya
no sientes la negación, ya eres ente, ya enfermarás y te tragarás todo el universo.
Al cabo, ya
eres inmortal, ya no eres enigma, ya no eres dios ni diablo, ya no eres ni
hombre ni mujer, ya no eres la felicidad, ya no eres lo buscado, ya no eres…
Un sonido
que se llevó toda nuestra savia
In tempestividad, viento que acarició las
entrañas de mi sensibilidad, que me arrancó del lugar donde había abrevado mi
discernimiento, donde había muerto mi vida.
In tempestividad, luna de colores inertes.
El bien y el mal están más acá, a lo bello le
creo, a lo verdadero le admiro.
Intencionalidad de la voz que se dirige a mí
y no me toca, fonema que escribe y no se escucha, silencio que se escucha y no
se escribe.
La letra muerta, el fonema vivo, la escucha
por encima de la palabra, la palabra que no se escucha, y la escucha que no es
palabra.
Ahí se detiene el sujeto en esa diferencia de
la diferencia, en decir ser y el ser del decir, en esa escucha que no es letra,
en esa letra que no escucha, en el verbo que si escucha pero no es letra viva, palabra
profana.
Bosque
Los bosques están
vacíos.
Ya no se ven los
pájaros andar surcando los aires, ni se respira el aroma de las flores.
Ya la tierra no es
bronca ni tiene el color de cobre.
Ya no hay hombres
talando árboles, ni los jóvenes acampando a la orilla del río.
Ya no hay el
barullo de las ardillas y los ratones, de los ciervos y jabalís.
Ya la chimenea de
la cabaña no barrunta los cielos de humaredas, y dibuja el rostro del abuelo en
el firmamento.
Ya ni el arco iris
deja ver sus colores, ni el camino se pone cacarizo con el andar del
excursionista.
Ya no hace ni frío
ni calor, ni siquiera nos sentimos alegres, ni cantamos al compás del cauce del
arroyo.
Ya no comemos
grillos ni atrapamos mariposas.
Ya no hay ni
caballos que montar, ni toros que lidiar.
Ya mi cabeza
está rapada, y las letras nos alejan aún más del bosque.
Ya es hora de
volver a dormir.
Ya es hora de
volver a soñar que hay bosque, hachas, ruedas, pies, libertad, alas, dientes,
oídos, madera, respirar, agua, hambre, tiempo, piedra, colores.
Ya no hay otra
opción que creer que hay un bosque y que es posible escribirle éste poema.
Mito
Conté a mi
corazón lo que mi razón decía.
Le dije que dijo que todo está determinado a
obrar según una causalidad necesaria.
Le dije que afirmó que es inevitable creer en
la unívoca forma lógica del mundo, y que persuadió a mi voluntad para que
desechara toda pretensión de esperar llenarse del amor divino, y mucho menos
del carnal.
Que todo eso eran puras lucubraciones subjetivas
de mónadas ciegas.
Gritó: lo real es la carne, la esquina, el
hombre, la ciencia, Ella.
Conté a mi corazón lo que mi persona decía.
Le dije que dijo que la libertad es la
conformidad con la voluntad del genio del pueblo.
¡Por mí hablará la patria!; le dije que
afirmó su inexistencia, y que le era igual existir que no ser, porque ella
vivía y moría por la nación.
Gritó: lo objetivo es la comunidad, el libre
mercado, el capital, la sociedad abierta, el Estado.
Conté a mi racional persona lo que mi corazón
dijo.
Le dije que dijo que el sentido de toda vida
terrenal está en el reconocimiento del advenimiento de la nada, que la única
certeza cognoscitiva que fundamenta toda construcción intelectual, es la
evidencia de que somos “seres para la muerte”.
Le dije que dijo que el método científico es
la corazonada, que el verdadero Dios está en El.
Gritó: lo que importa no es la causalidad, sino
la virulenta experiencia íntima del hombre, el Mito.
Espero
Impaciente espero
ser descubierto, porque creo que todos debemos ser delatados para salvarnos del
silencio.
Un ojo atento,
un olfato que nos distinga, una mano que nos sujete.
Espero tu
llegada que me dé la providencia de la identidad, que me saque de la
uniformidad de ser gente.
Espero que
existas, y des a mi vida el anhelo de ser completa, y armonices el caos de
colores, olores, ruidos y sabores que enloquecen mi camino.
Espero, pero
únicamente tú ser, tu nombre, tu singularidad, la violencia de tus palabras, la
confusión de tus razonamientos, la perfección de la belleza de tu rostro.
Banco
de madera
Junto a cada
banco de madera creció un rosal, en cada banco floreció un
“romance”, y los románticos que no alcanzaban banco, frenéticamente se deslizaban hacia los pastos verdes e
indiferentes daban rienda suelta a sus atrevidos ritos.
A menudo algún extraño censuraba las escenas,
la gran mayoría, ni siquiera se daba cuenta de los cuerpos.
Perros callejeros, moscas cínicas, y unos que
otros bichos raros, juguetones, rondaban los bancos, compartían los espacios
con los abstraídos, con los ausentes.
Cada rosal era testigo de las promesas de los
poseídos, de sus interminables sueños en vigilia, asistía impasible al entierro
de los sentimientos; con frecuencia, veía triunfar a los pecados capitales.
Un banco se sublevó y protestó por el mal uso
del tiempo, por el abandono de las virtudes, por la anulación de las almas; lentamente
se dejó pudrir, ejemplarmente se suicidó.
Uno a uno los rosales, consternados por el
noble acto, comulgaron con el ideal del banco, compartieron empíricamente su
heroica declaración, también se suicidaron.
Hoy en aquel lugar sólo quedan montones de
maderas putrefactas, hierros retorcidos y oxidados, y se evoca el recuerdo de
un deseo expresivo y libre que nunca germinó, El amor.
Latidos insistentes.
Voces que
venían de las profundidades del ser, del frío de la tarde, del caminar de la
gente, de los ruidos de los autobuses
que raudos esparcían vidas; de todo lo
perfectible, de lo perceptible, de todo lo imaginable, incluso, del halo de los
seres divinos.
El mundo
aparente me anunciaba que un nuevo día iba a ser engendrado por la gracia de tu
existencia, que el tiempo de mi iniciación había concluido, y que debía pregonar tu doctrina, tu bondad.
Una fuerza
indescriptible devenía en poesía, entraba
en posesión de mis manos, de mis dedos,
de mi respiración, y me pedía que traslade
a un lenguaje noble y atento el mensaje que habías enviado a los hombres, que asumiera con rectitud y decencia la responsabilidad de tu mandato.
La respuesta
al enigma perdido se transparentaba.
Un humo
blanco, tu moral, tu sonrisa, tu deseo,
me sirvieron para hacer la siguiente inscripción:
“Aun cuando
cierren los ojos, no podrán dejar de ver
la claridad y el canto de los niños, no podrán dejar de sentir la protección de
mis palabras, no podrán dejar de amarme, porque significo el fin y el principio”.
“Aun cuando
cierren sus bocas, no podrán dejar de pronunciar la savia del verdadero mundo, el que se esconde detrás del lenguaje, detrás
la libido, detrás del suspiro, detrás de la luz”.
“Aun cuando
dejen de respirar, no podrán dejar de deleitarse con el aroma de la eternidad, que sin ser, se filtra por las rendijas de la
imaginación, no podrán dejar de adivinar los ingredientes de los alimentos
espirituales: simplemente la fe encerrada en la decisión de ir más allá de ella
misma”.
“Aun cuando
oculten sus corazones detrás de la razón, no podrán dejar que hable la real
persona, y que los libere de la
necesidad, de la compasión, ánimo atento y caballeroso, simplemente ánimo
atento y caballeroso”.
Sin miedo abrí
la puerta, entré a lo conocido, la
felicidad perpetua.
La alegría de
cada gesto sincero se petrificó en significantes buenos, el tiempo y espacio los configuré para que reinaras más allá del instante histórico en
que te tocó vivir, por siempre, por siempre
del siempre estarás ahí, dictando lo que es bueno, malo, valido e invalido, cierto y falso, oráculo muy humano, muy
agraciado, muy bello.
¡Qué
afortunado!, no tuve que morir para
conocer la dicha.
Vendavales de
recuerdos vinieron a mí, me hicieron recorrer el pasado, y cada piedra, cada
calle, cada árbol, cada casa, cada gente, cada semáforo, cada asiento, cada
día, cada año, cada realidad, cada fantasía, me confirmaron que había vivido,
que fue real mi paso por esta vida, por esta dimensión; y tú, siempre enfrente de esos nombrables, y
aún de los inefables.
Escucha,
acércate, te diré un secreto:
“Tus ojos, mar
sereno y profundo, donde viven los peces más bellos”.
“Tus ojos,
tristeza y alegría, donde conocí el amor”.
“Tus ojos, donde
quedó mi imagen inmortalizada”.
Un año en el
que el dolor se hizo felicidad.
Dime, que lo
que digas es una orden incuestionable.
Dime, que soy
parte de tu grandeza.
Dime, que el
viento es la calma.
Dime, que soy
tu tiempo.
Hombre
¡He ahí lo dado!
¡Soy una fábula exclusiva!
Exclamación oportuna, salvadora.
Utilizando el sentido común, un hombre había comprendido su razón de ser
en el mundo.
Sentado en la banqueta de la calle principal de su pueblo, insertó sus
reflexiones en la vulgaridad del movimiento público, se hizo poesía urbana; descartando
el falso privilegio de sentirse “el observador”, se convirtió, preso de la
mirada de una bella transeúnte, en
"el observado"; de sentirse “libre”, concluyó obedeciendo con
absoluta docilidad leyes temporales y axiomas divinos; de ser “el racional”, terminó
fundiéndose entre los ritos de perros y gatos en sus cortejos sexuales, posó
para una revista del reino animal, y muy
animal, acompañó a pericos y guacamayos, a liebres y cuervos.
Un destino a fuerza
Decidido lo vi irse hacia el oriente, caminaba con los brazos
extendidos, asemejaba un crucificado que esperaba recibir la bendición y la luz
divina.
Ahora tan sólo milagrosamente flotaba, el viento lo acariciaba dulcemente,
y sus pies se refrescaban con el agua salada del Golfo de México.
De vez en cuando unos pececillos cuidadosamente mordían su piel, era
como un saludo de bienvenida a la otredad, todo eso le provocaba una
satisfacción infinita, su rostro reflejaba una sonrisa que parecía decir:
¡He cumplido!
Su insuficiente levedad que ya no aguantaba tanta dicha, lo sumergía en
una sensación de arrogante beatitud, pensó que se encontraba en el paraíso.
Una gaviota le avisó que se estaba ahogando, que sus mejores tentativas
se habían quedado en tierra firme.
Pasó mucho tiempo hasta darse cuenta que su intento había fracasado.
Retornaba el frío, el miedo.
Resuelta había sido su decisión de renunciar a su existencia, sin
embargo, algo le impidió morir:
¿Era Dios, su designio o la gracia de aquella mañana quienes salvaron su
vida y le daban una nueva oportunidad para ser feliz?
Nadó y en pocos minutos alcanzó
la orilla.
Volvió a pisar piedras, excrementos y latas vacías, volvió a oler a
hombre, y le agradó saber que él era ese olor.
Sus ropas se le secaron sobre el cuerpo.
Enérgico caminó rumbo a la casa de su madre.
Fin de año
Justo cuando me asomaba a la calle, sonaron unos disparos.
Asustado me tiré al piso.
Me latía apresuradamente el corazón y un incisivo dolor en el pecho me
petrificaba.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano me arrastré hasta tener encima la cama.
Era la media noche e inusualmente los perros no ladraban, ni la
oscuridad de la noche nos deleitaba con sus silenciosos sonidos.
Pensé que los perros se encontraban asustados, y al igual que yo, la
noche se encontraba metida debajo de su cama.
Una noche con truenos y relámpagos:
24:00 horas del 31 de Diciembre de 1994.
Manos libres
Suave toma el lápiz, con pausados movimientos empieza a dejar huellas sobre
el papel que un impertinente viento dejó caer a su paso.
Progresivamente se asoma una dulce prosa que desnuda, que hace disfrutar
fragancias, aromas inodoros a la nariz mortal, no obstante, siempre apuesto y
presente en los ojos del entendimiento.
Se pregunta:
¿De dónde viene el mando?
¿De dónde viene la magia?
Apoya con más fuerza su escritura, da la impresión de desconocer el
origen, de ser un usurpador, sin embargo, continúa en posesión de la verdad, caprichosamente
la crea y la muestra.
Sin darse cuenta, involuntariamente, continua estando en sus manos.
Plegaria al espíritu santo
Elocuente voz que desgarras mis
creencias, sé complaciente una sola vez y dame la fe, y la ciencia para
descubrir lo agradable de esta existencia.
No continúes ocultándome tu gracia infinita y aparezcas sólo en los
momentos tenebrosos.
Salva mi alma y pon a Dios delante de mí para amarlo, y con su amor amar
a los demás.
Han pasado muchos años desde que estoy aquí, permite que los que falten no
sean inciertos y confusos.
¡Nunca olvides que soy tu yo y el material de tu juego perverso!
Poema para un pez llamado “Marzo”
Da una vuelta, se detiene y me mira, se suspende inerte, quieto e
impasible.
Con su indiferencia se burla del movimiento, ahoga con su danza las
estentóreas voces humanas.
Suspende al tiempo.
Vuelve a dar otra vuelta, se detiene frente a mí y me mira, parece
decirme:
¡La historia ocurre en tu lado!
A veces da vestigio de necesidad y
se alimenta con altivez, intempestivo vuelve al silencio, a la danza.
Intenta explicarse lo que pasa allá afuera, enfrente.
Con su duda niega mi existencia.
Reposa en el fondo, se confunde con las piedras negras, pero es poco el
momento que demuestra ser real.
Se pelea consigo mismo, casi estoy seguro que es un ardid para demostrar
que no es mío.
Risas y muecas
Risas y muecas, reflejadas dudas, inciertas personalidades.
Grandilocuente descubro a las altísimas personalidades de cabezas
descalzas y pies sabios.
Cada una con sus muy recónditas canciones.
Cada una con sus singulares juicios petulantes.
Todas avanzan en direcciones ocultas y encontradas.
Todas con contradictorias creencias de ser raras y públicas.
Hubo dos personas, que al caminar juntas, se aferraron afanosamente al
sentimiento que eran una sola.
Hubo dos personas, que al estar hablando, descubrió la una en la otra, el
gusto por el pan blanco; la otra en la una, la aversión por los hombres sin
rubor.
Así se entretejen en la actividad social sendas criaturas de ficción.
Un último esfuerzo
¡Continuar!
Sin un instante para reposar, dejarse llevar por un viento misterioso.
Sin un instante para amar, ¡poseer la eternidad!
Desmoronar nuestras existencias, y que los pedazos de nuestros cuerpos, sean
ilusiones de paz, de bienaventuranza, de paciencia, de libertad.
Quizás nada más nos dé tiempo para cantar, ¡hay que hacerlo bien!, no
importa que nuestras vidas sean las huellas de una moral de esclavos, que
nuestras sangres sirvan de pintura para terminar el mural de la naturaleza.
Lo impostergable es continuar, y que el dilema del ser o no ser, sea pura palabrería para hablar de una misma realidad,
la nuestra, la sencillamente nuestra, ser en el otro, ser existente en imagen.
¡Continuar!
De
repente
Sin que te
dieras cuenta, deslicé mi ser por tus ojos, caminé directo hacia tu alma.
Antes, me
detuve muy cerca de tu corazón, y escuché largo rato sus latidos, armonías que
me transportaban hacia un mundo increíblemente hermoso: donde las flores
multicolores se adueñaban de todos los lugares tristes; donde nos convertíamos
en pétalos y sus fragancias agradables y amables inundaban nuestras vidas; donde
los pronombres personales eran conceptos confusos y desconocidos, el Yo,
Tu…Nosotros…eran sustituidos por suspiros profundos que tenían el poder de
sujetarnos en un interrumpido tiempo, y en un espacio inexistente; donde te fundías y confundías en un fuerte
aroma de jazmines y claveles, de rosas y gardenias; donde lo bueno y lo malo
vivían un eterno romance.
Absolutamente
oníricos, sin más, satisfacíamos nuestros deseos inconclusos.
Al llegar a tu
alma encontré una inscripción: ¡lo que recorriste es mi real persona, y el
secreto de la dicha eterna está en volver por el mismo camino y permanecer
perennemente andando por mis ojos!
No puedo
No puedo dejar que
te vayas, que destroces tu lengua, y hagas de tu historia un altar a la
melancolía.
No puedo dejar que
te encuentres, porque intentarás posar tu ser sobre verdades eternas, porque lo
eterno no necesita de tus lágrimas ni del suspiro de tu alma, porque
simplemente perteneces al universo del presente, de lo sublime.
No puedo dejar que
ames, porque el amor no armoniza con las pautas de la alegría, porque sólo se
ama lo real, lo imposible, y tú eres un trozo de bello símbolo, que quiere
llenarse de un amor diurno, porque pretendes ser Dios, y desgraciadamente, en
esa terquedad eres divina.
Confesión de la
noche y el día
Que sincera se hace
la noche, al contarme que nunca ha sido feliz, y que le hubiera gustado ser el
día.
Que hermosa
confesión del día, al decirme que la noche se llevó los aplausos de los
enamorados, y si pudiera disponer de la génesis de su destino, le hubiera
gustado ser la noche.
Inconfesables
confusiones, deseos que albergan penas, y penas que esconden el goce de sus
vidas.
Había una vez un rey…
Rey sin corona, se
arrodilla ante el verde símbolo de ilusión y progreso, cambia las acostumbradas
pleitesías por los cordiales saludos de mano, besa las mejillas de la plebe en
señal de humildad, mira el peregrinar de los fuertes, de los modernos.
Menesterosos salen
a esculpir castillos de odio, y pavimentan las calles con leyendas que exaltan
la mortalidad humana, el amor a la democracia.
Algunos prefirieron
creerse ángeles y se fueron a las montañas, otros, sólo esperan la oportunidad
de enrolarse en las guerras nacionales, o en las revueltas sociales de
emancipación ideológicas o religiosas.
Decreta una ley que
reza:
“Se permitirá
existir al que crea ser un hombre, o algo parecido: verbigracia: una bolsa de
plástico con impresiones de colores, un fuego cruzado entre guerrilleros
sureños y soldados leales al dictador”.
La noche
Noche atosigada, noche
seria y sorda, noche devota, noche de paz y bienestar.
Día con lluvia, día
rudimentario y lodo.
Sereno al amanecer
en la alameda, reverdece el árbol caído, bellamente brillan los pétalos de las
rosas, hay frío.
Tiempo de alegoría,
tiempo de guerras estrepitosas, tiempo de salud, tiempo de mirarnos.
Gotea por doquier
en la casa, alegre despierta el niño, que nació bien hecho para dar reverencia
a la madre, que feliz lo parió.
Gritos y risas al
comienzo del día.
Horas y minutos, sorda
música que apenas se escuchó.
Oscureció, y llegó
la noche.
La cara triste, la
carne triste y fatigada de un viejo que no hace nada.
La cara alegre y
despreocupada, la carne alegre y descansada de un niño para que el tiempo sea
poco.
Se fue la risa, se
fue la risa y el agua clara.
El amanecer se
apagó y se escuchó un decir:
¡Hasta mañana!
Como se va a morir si…
Al coronamiento del
epilogo de tu vida, fuiste el inicio de mí existir, sin embargo, aún me resisto
a tu no ser, y a perder el mar en tus ojos.
Todo fue una
ilusión, como un andar de alma desnuda, como el eco de una lejana canción, como
el lamento de un héroe que se escuda.
¡Vamos!, mira mi
vida como trastrabilla con imprecisos actos.
¡Vamos!, ten
compasión de mi forma, y no rompas lo bello del pacto entre dios y el hermano
hombre hecho norma.
Qué pasará si mi
vida no es cierta, ni siquiera una virtud eventual.
Si todo lo dado al
comienzo fue consenso forzado, si el verte fue una entelequia sin valor.
Te fuiste cansada
de mi misterio.
Polvo y aroma
virginal, esculpida rosa a lo natural.
Veneno sin efecto
Empiezo a ver mi
rostro, es terso, dulce, imagen imperial o algo así como el bostezo de un
monarca en épocas gloriosas.
Empiezo a percibir
la azucena que inerte el gallo soñó, es roja, alta, torre de marfil, lienzo de
charro en tiempos benditos.
Empezamos a jugar
escondidos, buscando el reencuentro con las personas desaparecidas en el siglo
pasado.
Sed de piel, manojo
de sentires pueblerinos, escarpelo nítido que extirpó el legítimo ser.
Renacimiento,
orgulloso de mancos.
Riéndonos, tiesos, quedamos siguiendo la costumbre.
Somos relojes sin tiempo,
somos días descuidados.
¡Miremos!, caemos
en la ola del ejemplo.
Rosa de suaves
pétalos, o algo así como un veneno sin efecto.
Misiva
Volverán los
oscuros pensamientos.
Nunca supe
distinguir entre la vigilia y el sueño.
Totalmente dormiré.
Estancaré mi
discernimiento, y la soledad del Uno inundará mi vida.
Volverá la
discusión sobre lo absoluto y la contingencia física.
Viajaré entre las
locuras que satisfacen al vecino, le devolveré la cabeza prestada.
Volver aires del
sur, soles del séptimo día.
Nada detendrá la
marcha del gusano.
Salgamos a recibir
la flor.
Tú eres la azucena,
tú eres la diosa de los pobres, y yo el manto que cubre la vida petrificada.
Brotan las
palabras, arrancan las ideas, apuñalan nuestras mentes y hacen que sangren.
¿Y tú?, nerviosamente
esperas, una voz aproximándose, unos pasos conocidos.
Llega un extraño, y
a él no le importa si ves o si eres artificial.
Posamos entre
conversaciones decorosas.
Tratamos de
facilitar nuestra distinción como animal.
Nada detiene
nuestros pensamientos, nadamos sobre la superficie de un mar triste y viejo, nadamos
sobre tierra floja; transportamos un maletín que contiene un mensaje, una
misiva de odio y amor.
¿Qué es el
vivir?
El vivir no es un
soplo de aliento temporal, es la muerte y una idea desprendida de tu semblante.
Repitamos una vez
más, el vivir no es una cascada de claro pecho y descubierto andar, es una
lágrima rodando por tus senos intensos.
Aún queda abierto
el significado de la vida.
Repitamos la frágil
palabra ¡vida!
El vivir es alegría
dignificada por tus labios, es una risa: magnifica mueca que refleja al
universo en un segundo.
Descubramos el
objetivo de nuestras miradas, y sin extasiarnos preguntémonos: o fue la vida la
que dulcemente tocó mi ánimo para contemplar la vertiente del movimiento
absoluto en quedó petrificado mi cuerpo, o fue el alba con sus chispazos de
ensueño lo que me hizo santificarte y pedir ser parte de la eternidad en tus
brazos.
Pero no
interrumpamos el sueño en que nos encontramos postrados.
La verdad es que
por estar juntos nos dejamos cortar la razón, y la negligencia y la
indiferencia subordinaron la mesura con que debíamos guiar nuestros sentidos.
Un ¡viva! a la vida
en el umbral de la derrota, una roca fija que rompe con su solidez la inquietud
del silbar de nuestro teatro.
Por ti, por mí, comedias
que se auxilian a continuar en pie.
Señor Sol
Porque las flores no
han parido hoy, me alejo del bosque, me voy a contemplar la salida del sol.
Al salir el excelso
señor, no me permite ver su grandeza, pues su cuerpo y alma se ocultan tras una
luminosidad inobservable.
A tientas, trato de
inferir su sustancia, como mis sentidos son imprecisos, recurro a la
imaginación, a la ciencia, a la fortuna del espíritu, al hechizo del lenguaje.
Parece inmenso, ilimitado,
¡pero no!, es cuantificable como cualquier cosa extensa.
De pensar que fue
ejemplo de infinitud, de
omnipotencia, de eternidad; que hombres y mujeres fueron sacrificados para
apaciguarlo, para enaltecer la presencia del gentil señor; que fue causa de
esperanza y protector de pueblos; que movió voluntades y dio realidad a las
religiones paganas.
Ante esta escena, No
me queda más que aceptar, que la historia de la humanidad, es la historia de la
ilusión.
Cobijo
Rincón inerte,
cabida de confusiones, sitio de colosales batallas por la distinción humana.
Nido de las
familias, recinto necesario, la casa.
Extenuada, fatigada
del placer de lo sensible, hastiada del calor que impregnaron las manos
mortales sobre sus paredes, se dejó reposar con los espacios sin cosas.
Antes del llegar el
último de los tiempos de ser deshabitada, de compartir la vida con los seres
humanos, oí que se quejaba consigo misma, parecía un hablara primitivo, introspecciones,
lamentos que decían:
“Hombres busquen
los movimientos de su libertad y aspiren a ser perfectos, perciban el cuerpo
con la carne y el alma con conceptos tautológicos.”
“Comparen sus
pechos nacionalistas con la actitud austera de la noche.”
“Tuvieron mi
felicidad en sus tejidos nerviosos, pero no todo se ha llevado, algo sobrevive
en mis maderas que me hincha de orgullo; y es que su pasado quedo filmado en
mis tiras de papel, consumí sus días triviales y los escasos de gloria, les di
a sus pensamientos un ambiente creíble, y a sus platos brillo de orden.”
“Mi mundo no
termina en su libre albedrío, ni mi destino con su ausencia, persisto en mi
existir individual.”
De uno a dos
minutos se extendió la canción y concluyó con una sentencia.
Sin embargo, no
pude escucharla y salté cobardemente por su puerta, sin voltear, me alejé del
lugar, quise ocultar mi vergüenza en las hojas que inertes caían de los
árboles.
Sólo logré oír sus
palabras de despedida:
“Se fueron, me
dejaron posando en el piélago de sensualismo, la esperanza de coexistir se
perdió al chocar mi deseo con los deseos de sus voluntades.”
“¿No es mejor
determinarse desde la génesis de la vida con soma de felicidad eterna?”
“¿Cómo pudieron
desechar la gracia de mi cálido nido?”
“¡Ya sé!, esto es
lo que me deparó mi designio del viernes trece de diciembre de 1313.”
“Pero aún me quedan
las caricias de las hormigas, el cosquilleo de las polillas, la tardanza del
respirar de la lechuza.”
“A Dios y al aire
les pido permiso para entrar al descanso de los olvidados.”
Calló esa trémula
voz al alejarme del crimen.
Cuando tropecé con
los límites del mundo –mis ojos-, la cara se me había alargado, mis manos
perdieron su ternura, mi mueca quedó aferrada al viejo baúl.
La verja obstruyó
mi huida.
Se acabó la luz, el
aroma del invierno tomó las riendas de la vida.
Silueta de muchacha
Deseo
escuchar el caer de la lluvia, ver el correr del agua por las calles, observar el
bañar de los churumbeles, que sin preocupaciones engorrosas rescatan la
espontaneidad del vivir.
Deseo contemplar a
la joven posar su traslucida figura las ropas de moda, verla acariciar el aire con
las palmas de sus manos, escribir anécdotas de alegorías inéditas.
El gran descubrimiento
Inestable ánimo, cuerpo suspendido, sereno.
Turbulentos pensamientos y ambiciones, existir cortado.
Cuando nos damos cuenta que somos el deseo del otro, ajenos, y que el yo
se distingue únicamente en los demás, se llega a la inevitable conclusión:
Es un sin-sentido hablar del destino y perseguir una felicidad
individual.
Los extremos chocan:
Uno o colectivo, privado o público.
Al final, la ceguera del alma, el aniquilamiento del cuerpo.
A casa
Paso lentos, adormecidos, caminan sin mostrar su dirección.
Brincan un charco, bordean un vehículo mal estacionado.
Saborean los olores que desprendieron algunos pasos que los
antecedieron, tratan de indagar las pretensiones de los otros pasos con la
esperanza de justificar sus propios desplazamientos, para asegurar que no están
equivocados.
Se paran en una esquina, se encaraman a un autobús de pasaje, y en
silencio se preguntan:
Y ahora, ¿hacia dónde?
Repentinamente se apean, y descienden lentamente, llegan a un lugar que
llaman morada, fin de los pasos.
Encuentro de colosos
Avecindamiento casual, sin pretensión ni imagen previa, encuentro
desprevenido, así lo conocí.
En una rutina fastidiosa, saqué mi corazón y le di la gracia de decidir
la ruta.
Palabras entrecruzadas, abrazadas por expresiones airosas y rojas, palabras aisladas de los hechos, lenguaje rebelde, emotividad.
Cuerpos guiados por intuiciones furtivas, conclusión: su bondad.
Llegamos cuando el sol no era esplendoroso, ni el aire lo abarcaba todo,
ni los sentidos apreciaban su majestuosidad.
Era una pintura con manchas indecorosas, un color que impropiamente
ahuyentaba a la armonía.
Extraños y atrevidos, fervientes y respetuosos. Iniciada contienda.
No era una lucha de exterminio, ni el propósito la muerte, no era la
intención robar la identidad a las piedras, ni mucho menos confundir todo como
irracional.
Era la fusión terca de dos pedazos de la realidad:
Uno, con carne y grandeza, que señala e identifica, nombra y corrompe.
Otro, quieto y apacible, abnegado y violento, terrible bello y ardiente,
que todo da y todo quita, natural inquisición.
Una extraña maldición: reino del cielo.
El tren
Incomprendido y olvidado se encuentra el cuerpo hecho de humo de razón.
Manos que tentaste la piel de la doncella, asesinada por el famoso
ladrón de los aromas.
¡Dime!
¿Qué era lo que beatificaba sus actos?
¿Qué buscaba afanosamente el asesino?
¿Era la eternidad o el pan?
Aún queda tiempo para encontrar en los surcos de su rostro, lo que dio
grandeza al reino de la fe.
Caminemos convencidos que lo mejor vendrá oculto en el vientre de
aquella marejada del mar muerto.
Ahora las flores se esconden tímidas bajo el pavimento de la calle
principal de tu ciudad, pues tienen miedo de ser acariciadas, de ser halagadas,
porque ya saben que son presentes para los amantes.
El niño juega juegos luminosos controlados por un botón, simplificando
su imaginación, que hace mucho tiempo fue reprimida, abandonada en las cuevas, en
los templos de paja, en las pirámides de arena.
Ahora me voy con los brazos cruzados, no quiero mirar la cara del lobo, porque
me da pena que haya perdido su único colmillo que tenía, al comerse una lata
vacía de atún.
No me gusta acariciar al perro, porque es grosero y apesta a basura.
No acostumbro a besar la mano del cura, porque siempre me quiere cobrar
la salvación.
Son la una de la mañana, y todavía huele a carne de los caminantes de la
noche.
El tren partió sin ningún pasaje; y lo único que transportaba, eran
bultos amontonados y el retrato de un viejita pidiendo limosna a unos troncos
dormidos, el obesito conductor fumaba
sus puros preferidos “Te amo”.
La ruta del tren no la alcancé a leer, pero estoy seguro que me deja cerca
de mi casa.
El juicio
Estoy con la camisa rota, camino descalzo sobre la alfombra.
Un vidrio es testigo de mi acción.
¡El sentido de la vida está en el obrar!, es la sentencia que nos traen
los aires del occidente.
El movimiento de la maleza reflejó la alocada carrera del ladrón, su
sombra abandonada es la señal de su culpa.
La luciérnaga ilumina el espacio del que fue y anuncia:
¡Se fue el que pecó!
¡Se fue el que robo!
La niña es la cosa hurtada.
¡El culpable a la horca!
¡Culpable! Gritan unos.
¡Culpable! Gritas otros.
Aquí donde el Estado y las deidades (vírgenes, arcángeles, dioses,
santos, beatos), tienen la autoridad, la verdad se oculta detrás de una
cortina.
La vuelta de la rueda, el salpicar del aguacero, la validez del
razonamiento está en el lenguaje, el sentenciado a muerte después de la
ejecución se descubrió que era inocente.
Al concluir la feria, el ganador al tiro al blanco fui YO.
La luz dio paz al que perdió la apuesta.
Un pez se ríe de la avaricia.
Un espejo irreverente se robó la imagen de la niña.
Llovió incesante todo el día.
Amor al
prójimo
Se cayó, yo la
vi, ¡Sí!, la vi con mis propios ojos, la quise ayudar, la ayudé, pues su dolor
me dolió.
Se cayó, y
cayó cuando yo la vi, se cayó, y me caí cuando la vi que se cayó.
¡Es cierto!
Pues hasta mis
ojos se llenaron de lágrimas, cuando sus lágrimas se llenaron de mis ojos.
Yo la vi, y
desde aquella ocasión, yo la amé, porque la vi cuando se cayó, porque se cayó cuando
la vi, porque la vi y me vi. Simplemente me dolió su dolor.
Un mal día,
un buen día
Un asqueroso
día, momentos mezquinos, lamentables, depresiones hasta de mis huesos, no tan
sólo mi mente sé auto repugna, sino hasta mi cuerpo se percibe decrepito y
vanidoso excesivo, in-mundo.
¿Hasta dónde
llegará a estropear la risita del hombre feliz al hombre infeliz?
¿Qué es más
dramático, la alegría descontrolada o la superposición de realidades que aplastan hasta lo más cierto
que nos queda?
Hoy navego
montado en una borrasca avariciosa, y mis movimientos sin rumbo enloquecen los
pocos sentimientos de orden y quietud que tengo.
Sigo negándome
y buscando algo que me detenga, que robé mis ojos, y salve lo insalvable, que
me dé muerte y exponga mi cadáver en público, y deje que mis carnes se esparzan
por todos los confines del universo, por todas las rutas que lleven a la paz.
¡Levántame!,
dame la mano, no quiero ahogarme, quiero vivir y sentir el frío, sangrar cuando
me corte, ver los colores aunque sean alucinaciones, sentir a los de a lado,
para después aniquilarlos, matarlos, sustituirlos.
Una breve
interrupción en mi discurso, momento de libertad plena, palabra plena
Son las 21:00
horas, me detengo de leer, me detuvo un instante del no-pensar, el estar del
silencio, lugar donde no media el lenguaje con lo otro.
Me miro y
escucho y sin importarme me seduce: el significante a unos significados, yo; y
el significado a los significantes; el sujeto de enfrente, la sujeta.
Intento
iluminar mi camino, me son insuficientes las luces de mis ojos, de mi
entendimiento.
Así trascurren
las vidas, mi vida, en esos instantes de vacío y en esos caminares de quietud,
de inocentes despertares atentos, en esa corporalidad espiritual.
Pienso e
inmediatamente otro pienso.
Se desplazan
las imágenes, nunca he podido controlar las imágenes, y los síntomas se hacen
más evidentes, aunque no tenga pleito con el lenguaje, quiero hacerme de un
lenguaje más nuevo.
Ahora me
detengo y me veo hablando con un personaje desconocida, estamos enfrente de una
iglesia, creo que es presbiteriana:
“Sígueme,
detente, regreso en un momento, ¿tienes miedo de quedarte sola?, yo no tengo miedo de quedarme único.”
“Mejor ven
conmigo.”
“Pero te advierto,
que yo sí sé quién soy, sé que es una ficción hablar, sé que estoy atrapado en
un deseo que jamás ha sido mío.”
“¿Nos
volveremos a ver?”
Un ojo que
siempre nos mira y lo miramos, ¿quién primero mira a quién?
Nos
recorre, frío, en muchísimas ocasiones
impersonal; nos mira y perversamente sabe que lo miramos, desafortunadamente
son pocos los que lo saben; nos anuncia algo que es inteligible a nuestros
oídos, es la vieja nueva, ¡ahí siempre ha estado!, más o menos hace...
Nos recorre,
atento, atemporal, hace que nuestras biografías se lean inversas, de adelante
para atrás, al cabo, lo de atrás siempre se mantiene adelante; busca darnos
sentido, pues la apariencia de la totalidad en la simplicidad se ha trastocado
por la simplicidad en y de la totalidad.
Hacia atrás,
hacia delante.
Nos recorre y
hace que sudemos nuestras frágiles glorias, que fueron mejores que no querer,
que no amar-amado-amante, amante amado, lo que le importa es que alguien sea
sujeto y el otro objeto; nos trueca los significados que se deslizan
permanentemente sin fijarse a un significante, polisemia contextual.
Nos hace creer
en a-dios, y mañana en ¡para usted siempre!
Un instante
de plenitud: pausas magistrales, maravillosas
Pausas, detenerse
en el olvido, aprehender lo que no acaece.
Un instante en
que los ojos son apresados por los párpados, abrirles y cerrares, unas pestañas que asumen la responsabilidad
de cegarnos, de filtrar y poner la emoción de lo que vemos; acto de abrir la otra
mirada, la que nos mira desde lo más
superficial de nuestro ser.
Pausas de
nuestros latidos, de nuestros profundos suspiros.
Pausas a
nuestro tiempo, el tiempo que se eternizan en el instante en que se niega la
intención primera.
Tocaron a
la puerta, mensaje, desciframiento de la escucha
En todo el
resto de nuestras vidas una interminable lengua se escuchará y arrastrará con
sus letras nuestra praxis, determinará qué bien o mal se han portados nuestros
cachorros, enamorará a nuestras doncellas y bellos mozos, mantendrá encerrados
a nuestros atribulados demiurgos.
Aun cuando
cerremos nuestras puertas y ventanas, se dejará escuchar; y ni el sueño
profundo de un borrachín, evitará que se haga a la mar.
Parecerá una
tosca alucinación auditiva, ¡pero no!, será tan real que terminaremos
enamorándonos de ella o él, o lo.
¿Tú lo sabes?
Decírselo
Si mintiese me echarían del reino, por eso no
miento.
Hay algo que es imposible retar,
tras-valorar, desatender, imposibilitar conceptualmente, simplemente, es algo
que independientemente que sea real o ficticio, provoca y detiene nuestra
atención; y hace que ocupemos nuestro tiempo en discernirlo: “un maravilloso
punto de encuentro”, donde se oscila de un extremo a otro, de un lenguaje a
otro, de una verdad a otra, de una mentira a otra, de un dios a otro, de un
tiempo a otro, de un espacio a otro, y viceversa.
Por eso escogió “lo”, que es el artículo
neutro, el apropiado, ni femenino ni masculino, para referírselo.
Lo vi, y me tumbó su poderoso aliento de
presencia inconmensurable.
Lo vi y se perdió entre millares de
impresiones que en ese instante acudieron al encuentro.
Lo sigo amando, pues mi vida “feliz” depende
que ésta “infeliz” sea la real y la verdadera, que mi idea sea la que se le
acerque más…a la simple impresión de un momento de confianza, de optimismo.
La gran venganza
Silbando su melodía preferida, se dirige hacia el
alboroto que a lo lejos se escucha, al llegar al lugar, se abre paso entre la
muchedumbre, detenidamente mira los rostros de los festejadores; como si reconociera cada surco de las arrugas que
inundan sus rostros.
Detiene a un joven y le pregunta:
¿Cuál el motivo de la fiesta?
El mocoso, sin apartar la mirada del pastel, le
responde: son las “bodas de oro” de los patrones.
¡Ah! Así que están recordando el memorable día”, y sin
darse cuenta que su interlocutor se había marchado en pos del postre, dijo:
Los conocí bastante bien, cuando se encontraban en la
flor de sus juventudes, principalmente a Mercedes, por cierto, muy guapa y
sumamente alegre, le brotaba la felicidad por doquier, llegó a estar
contenta hasta por los nacimientos de
sus cerdos, que engordaba para ofrecerlos posteriormente en su restaurante,
como “cochinillo”, la especialidad de
la casa, para el colmo, el restaurante se llamaba, “El cerdo feliz”.
Paco, así como lo ves, siempre ha sido, nunca ha
cambiado su peculiar manera de caminar, parece que se echa piedras en la bolsa
izquierda del pantalón, porque siempre camina recargándose sobre ese costado.
Recuerdo cuando nos disputamos el amor a Mercedes, él siempre llevaba ventaja
porque tenía el carácter dócil, a todo le decía que sí; en cambio yo, siempre y
rebelde e inquisitivo, expresaba mi opinión francamente, sin rodeos y eso no le
gustaban nada a Meche.
Bueno, basta de hablar, es hora de poner las cosas en
su lugar, de ajustar la cuenta pendiente; no se salvará a ninguno, a todos los
voy a matar.
A pasado mucho tiempo, no obstante, continuó sufriendo
por el ultraje que fui objeto, ese Paco me jugó chueco. Y ahora verá que mi
amenaza no fue de balde.
¡Hey!, escuchen todos, vengo a matarlos a todos, no me
importa que no sepan el motivo.
Tampoco crean que soy un desquiciado, soy racional y
quizás más que ustedes.
Tengo perfectamente definido mis motivos, y hasta
puedo hacer una apología de mi determinación, sin embargo, no lo haré, porque
estoy seguro que no entenderían mis razones, ni sentirían mis sentimientos y es
más no creo que tengan la educación para entender mi lógica. Así que mejor
recen con devoción, Él les explicará el por qué no fue su destino otro.
Todos totalmente sorprendidos, no daban crédito de lo
que presenciaban, un tipo los amenazaba con un arma imaginaria, y lo peor es
que creía firmemente en esa realidad, e incluso estaba convencido que la gente
estaba asustada. Un valiente, le dijo con firmeza y voy grave, amenazante:
¡Oiga!, déjanos en paz, lárguese, no se da cuenta que
está sólo usted y su alma, si es que tiene alma.
Dirigiéndose a los demás, ordeno, ¡todos a bailar!, cada uno buscó a su media naranja, y
rodeando a los re-casados, continuaron el festín.
La fiesta continuó en paz, sin más incidentes, que uno
que otro trompicado por su borrachera.
El susodicho individuo, taciturno y ensimismado se
alejó del lugar, mirando al cielo, pidió a la divinidad que todo aquello que
había pasado fuese un mal sueño.
En esos momentos, pasó un perro persiguiendo una
bicicleta, el joven que la conducía reflejaba en su rostro angustia y una gran
preocupación por salvar su pantalón, se ve que era el único que tenía.
Más adelante perdió de vista la persecución y no supo
que le pasó al joven, al pantano, al perro y a él.
La Letra
Escribo, escarbo en
el papel, insisto en dejar en cada letra algo más que palabras, en cada palabra
algo más que letras, dejar huellas que hagan recordar porciones de vida, subterfugio
a lo que no es lo real, indecible, más vida que la que puedan atrapar,
transportar esas insumisas, las graficadas, las rayadas, las violentas:
Vida a sangre y
fuego, vida que se niega a ser petrificada, rebelde mistificada por su propia
imposibilidad de salir toda al alba.
En el instante en
que marco, desgarro parte de mi existencia, y me consumo en el fuego lento de
la incomunicación, e introduzco gotas de sudor en cada trazo.
Al percatarme en la
lectura que no se logra consumar mi verbo, y que al leer extravío aún más ese
querer inconmensurable de mis deseos.
Me rebelo, y en
silencio vuelvo a intentar el vía crucis del signo y el cuerpo, vuelvo a oírme,
a oírlos, a oírte, a oír auxiliado por la letra celestina, que sé que no es mi
amor total, pero si cuando menos la eterna “gota de sudor”, que se nos
desprende ininterrumpidamente toda nuestra vida.
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