PORCIONES DEL INCONSCIENTE I

 Vocablos, reyertas, encuentros, sorpresas, dolor.
El fin se acerca, escucho los pasos del  mal, del chamuco*; la hora de la resurrección se filtra por todos lados de nuestra guarida, de nuestro refugio: ¡nuestro cuerpo!
El reino de la paz y del amor fenece, con ello, el caos reivindica su ley.
Vuelan las cabezas, los suspiros se suspenden, los besos se extravían en los remolinos de dolor, en los quejidos de  los pobres desventurados que creyeron en la felicidad, en la perpetuidad.
Habla el azteca carnívoro.
La sed de sangre demanda sacrificios para apaciguar el renacimiento de los dioses, quienes nos prestaron el tiempo y un tiempo de eternidad, quienes hicieron a las criaturas humanas su ausencia y presencia.
Vuelve el silencio, la duda.
La moral de la compasión escapa por los aires y se pierde en la blanca noche, quien se alegra de ser toda negra.
Parió la Noche a la tribu de los sueños y junto a ella a Tanatos, el dios demonio más temido, más inconsciente, esperaba que  al nacer la liberará de las sombras, en lugar de esa liberación en su nombre se han cometido los crímenes más sanguinarios, y la noche se hace más noche; reina la lluvia, el infortunio, la dureza y la locura; nadie quiere saber de aquello que nos completa y nos olvida en su inolvidable olvido.
¿Dónde quedó la reina de los ojos de paz y caderas amplias, regazo que nos protege y nos confirma, sonrisa que daba la gracia a cada mañana?
Habla el eco de una sombra y su viajero que presagia la desilusión como alegría:
¡Vuelvan al caos!
¡Laméntense de haber nacido!
¡Vean los colores por última vez!
¡Mañana el mundo sórdido volverá a dar su infinita última vuelta, la claridad del fondo de los soles desaparecerá!
¡Vendan sus almas!
¡Entierran a sus hijos para protegerlos de la luz!
¡Amen la tierra y coman carroña!
Ancianos regímenes, transiciones defectuosas, incognoscibles, el anciano llamado verdad.
Un bonito camino, un bonito día.
Toda la luz se concentraba para iluminar el destino del pequeño anciano.
Toda verdad competía para definir el destino del honorable y pequeño anciano.
Juntos, los bienes, los de atrás y el cercano huracán.
Juntos, los manuscritos delatadores, los templos, y el cuerpo.
Juntos, las divas, los amigos, los desnudos, y el fin del mundo.
Un bonito y tierno infierno, un bonito y fiel paso.
Todos cargamos al desdichado anciano y lo arrojamos a un mar de suaves rocas y malolientes surcos, cruces.
Violentamos la cerradura de la caja de las bondades.
Le forzamos a que antes que cayera nos hablara, nos describiera, nos asustara, nos deseara, nos pegara, nos dejara solos, acompañados, en guerra, en el oriente.
Violamos su intranquilidad, su último suspiro.
¡Hay de mi anciano!
¡Hay de mi pequeño anciano!
¡Hay de mi honorable y pequeño anciano!
Somos tus criaturas incoloras,  estúpidas, maravillosas, extrañas, enjutas, amables, inteligentes.
Somos tu imagen inacaba, ausente.
Somos tu yo.
Ven y háblanos y háblate, ven y vierte tu aire divino, la fe en el bautizo.
Ya lo sabías, ya siempre ya, ya lo presentías y ya llegó la hora en que te descubras, te destapes y nos enseñes la máscara de tu rostro.
¡Hay de ti cuando todos estemos muy lejos, cuando las olas sean líneas interminables que ya no canten y te den la bienvenida!
¡Hay de mí cuando todos estemos muy lejos!
¡Hay de todos cuando todos estemos muy lejos!
No renuncies, no te rajes, no recobres la conciencia, pues has muerto hace muchos hijos.
Háblanos de tus glorías.
De tus conquistas,  de tu historia sin tiempo, del tiempo sin ti.
De la mujer que había comido una estrella.
Del niño que gobernaba los quinientos pueblos de occidente.
Del perro ladrón de huesos.
Del morral lleno de mangos.
De la casa junto al arroyo.
De la calle iluminada con flores y ramas.
De tu tatuaje en el brazo izquierdo.
De tu cicatriz en la frente.
Del símbolo asceta.
Del carruaje con un solo pasaje: nosotros, tú y yo.
Palabras sueltas, que hablan de una historia singular, imprecisas.
Cercado por…
Cerca…
Indiferenciados, Imperfecta.
Próximos, unidos, lejanos.
Intactos –in-maculados-, Inundados.
Caminares alzados y embotados, lejos de unos ruidos, cerca de la sonoridad, armonía.
Punzadas que ordenan lo infinito.
Detenerse.
Vamos, ¡allá!, ¡acá!, ¡ahí!
Preguntas y comentarios.
Respirar, inconfundibles respirares.
Mirares, mirados.
Estar y seres que no son conocidos.
Verde, azul, blanco.
Pensamiento, enojo, la vuelta del respirar sin respirar.
Desplazamientos, supersticiones.
Retorno.
Quedados, lectura, descanso, paz.
Ideas que se adueñan.
Fin del día y comienzo del día.
En un principio era el caos, después el orden, después el desorden del orden
Me cuesta trabajo arrancar mi cuerpo, imponer mi voluntad, y hacer que mi mente se extravíe y lo encuentre entre las ideas, entre los deseos que me hagan atraparlo, y hacerlo confesar…
Hacerlo participar de locuras, hacerlo esclavo de los otros cuerpos.
Amante, amado, amargo, y las horas se precipitan hacia mí, y son millares, eternos suspenderme que trastoca lo bueno y lo malo.
Acomodarme.
Dormir miles de años, dormir miles de sueños, dormir en el sueño de un dragón sin fuego.
Insistir, estar ahí.
Siempre tengo la costumbre de dormir, y no escucho, o duermo y escucho, o escucho y duermo, o duermo escuchando el dormir.
Hoy siento que vivo el sueño del sueño.
Hoy siento que vivo la risa de la risa.
Hoy siento que vivo la muerte de mañana.
Ahí está, escondiéndose de las miradas, echándose un velo que lo encubre.
Ahí está, viendo que lo buscan, encantado, te encontré, no pudiste ganar, perdiste y ganaste el encuentro.
Viste que son las siete de ayer, hace más de un siglo que estamos jugando, te encontró mi persistente mirada que no te miraba de frente, sentía, vivía desmesuradamente, y por eso su rostro se volvió un solo ojo inmenso que monumentalmente lo miraba todo.
Cuida por donde pasas, no dejes de pisar fuerte, al cabo, ya está ahí,  ya no eres invisible como el tiempo pasado, ya no sientes la negación, ya eres ente, ya enfermarás y te tragarás  todo el universo.
Al cabo, ya eres inmortal, ya no eres enigma, ya no eres dios ni diablo, ya no eres ni hombre ni mujer, ya no eres la felicidad, ya no eres lo buscado, ya no eres…
Un sonido que se llevó toda nuestra savia
In tempestividad, viento que acarició las entrañas de mi sensibilidad, que me arrancó del lugar donde había abrevado mi discernimiento, donde había muerto mi vida.
In tempestividad, luna de colores inertes.
El bien y el mal están más acá, a lo bello le creo, a lo verdadero le admiro.
Intencionalidad de la voz que se dirige a mí y no me toca, fonema que escribe y no se escucha, silencio que se escucha y no se escribe.
La letra muerta, el fonema vivo, la escucha por encima de la palabra, la palabra que no se escucha, y la escucha que no es palabra.
Ahí se detiene el sujeto en esa diferencia de la diferencia, en decir ser y el ser del decir, en esa escucha que no es letra, en esa letra que no escucha, en el verbo que si escucha pero no es letra viva, palabra profana.

Bosque

Los bosques están vacíos.
Ya no se ven los pájaros andar surcando los aires, ni se respira el aroma de las flores.
Ya la tierra no es bronca ni tiene el color de cobre.
Ya no hay hombres talando árboles, ni los jóvenes acampando a la orilla del río.
Ya no hay el barullo de las ardillas y los ratones, de los ciervos y jabalís.
Ya la chimenea de la cabaña no barrunta los cielos de humaredas, y dibuja el rostro del abuelo en el firmamento.
Ya ni el arco iris deja ver sus colores, ni el camino se pone cacarizo con el andar del excursionista.
Ya no hace ni frío ni calor, ni siquiera nos sentimos alegres, ni cantamos al compás del cauce del arroyo.
Ya no comemos grillos ni atrapamos mariposas.
Ya no hay ni caballos que montar, ni toros que lidiar.
Ya mi cabeza está rapada, y las letras nos alejan aún más del bosque.
Ya es hora de volver a dormir.
Ya es hora de volver a soñar que hay bosque, hachas, ruedas, pies, libertad, alas, dientes, oídos, madera, respirar, agua, hambre, tiempo, piedra, colores.
Ya no hay otra opción que creer que hay un bosque y que es posible escribirle  éste poema.

Mito

Conté a mi corazón lo que mi razón decía.

Le dije que dijo que todo está determinado a obrar según una causalidad necesaria.
Le dije que afirmó que es inevitable creer en la unívoca forma lógica del mundo, y que persuadió a mi voluntad para que desechara toda pretensión de esperar llenarse del amor divino, y mucho menos del carnal.
Que todo eso eran puras lucubraciones subjetivas de mónadas ciegas.
Gritó: lo real es la carne, la esquina, el hombre, la ciencia, Ella.
Conté a mi corazón lo que mi persona decía.
Le dije que dijo que la libertad es la conformidad con la voluntad del genio del pueblo.
¡Por mí hablará la patria!; le dije que afirmó su inexistencia, y que le era igual existir que no ser, porque ella vivía y moría por la nación.
Gritó: lo objetivo es la comunidad, el libre mercado, el capital, la sociedad abierta, el Estado.
Conté a mi racional persona lo que mi corazón dijo.
Le dije que dijo que el sentido de toda vida terrenal está en el reconocimiento del advenimiento de la nada, que la única certeza cognoscitiva que fundamenta toda construcción intelectual, es la evidencia de que somos “seres para la muerte”.
Le dije que dijo que el método científico es la corazonada, que el verdadero Dios está en El.
Gritó: lo que importa no es la causalidad, sino la virulenta experiencia íntima del hombre, el Mito.
Espero
Impaciente espero ser descubierto, porque creo que todos debemos ser delatados para salvarnos del silencio.
Un ojo atento, un olfato que nos distinga, una mano que nos sujete.
Espero tu llegada que me dé la providencia de la identidad, que me saque de la uniformidad de ser gente.
Espero que existas, y des a mi vida el anhelo de ser completa, y armonices el caos de colores, olores, ruidos y sabores que enloquecen mi camino.
Espero, pero únicamente tú ser, tu nombre, tu singularidad, la violencia de tus palabras, la confusión de tus razonamientos, la perfección de la belleza de tu rostro.

Banco de madera

Junto a cada banco de madera creció un rosal, en cada banco floreció un “romance”, y los románticos que no alcanzaban banco, frenéticamente  se deslizaban hacia los pastos verdes e indiferentes daban rienda suelta a sus atrevidos ritos.

A menudo algún extraño censuraba las escenas, la gran mayoría, ni siquiera se daba cuenta de los cuerpos.
Perros callejeros, moscas cínicas, y unos que otros bichos raros, juguetones, rondaban los bancos, compartían los espacios con los abstraídos, con los ausentes.
Cada rosal era testigo de las promesas de los poseídos, de sus interminables sueños en vigilia, asistía impasible al entierro de los sentimientos; con frecuencia, veía triunfar a los pecados capitales.
Un banco se sublevó y protestó por el mal uso del tiempo, por el abandono de las virtudes, por la anulación de las almas; lentamente se dejó pudrir, ejemplarmente se suicidó.
Uno a uno los rosales, consternados por el noble acto, comulgaron con el ideal del banco, compartieron empíricamente su heroica declaración, también se suicidaron.
Hoy en aquel lugar sólo quedan montones de maderas putrefactas, hierros retorcidos y oxidados, y se evoca el recuerdo de un deseo expresivo y libre que nunca germinó, El amor.
Latidos insistentes.
Voces que venían de las profundidades del ser, del frío de la tarde, del caminar de la gente,  de los ruidos de los autobuses que raudos esparcían vidas;  de todo lo perfectible, de lo perceptible, de todo lo imaginable, incluso, del halo de los seres divinos.
El mundo aparente me anunciaba que un nuevo día iba a ser engendrado por la gracia de tu existencia, que el tiempo de mi iniciación había concluido,  y que debía pregonar tu doctrina, tu bondad.
Una fuerza indescriptible devenía en poesía,  entraba en posesión de mis manos,  de mis dedos, de mi respiración,  y me pedía que traslade a un lenguaje noble y atento el mensaje que habías enviado a los hombres,  que asumiera con rectitud y decencia  la responsabilidad de tu mandato.
La respuesta al enigma perdido se transparentaba.
Un humo blanco, tu moral,  tu sonrisa, tu deseo, me sirvieron para hacer la siguiente inscripción:
“Aun cuando cierren los ojos,  no podrán dejar de ver la claridad y el canto de los niños, no podrán dejar de sentir la protección de mis palabras, no podrán dejar de amarme, porque significo el fin y el principio”.
“Aun cuando cierren sus bocas, no podrán dejar de pronunciar la savia del verdadero mundo,  el que se esconde detrás del lenguaje, detrás la libido, detrás del suspiro, detrás de la luz”.
“Aun cuando dejen de respirar, no podrán dejar de deleitarse con el aroma de la eternidad,  que sin ser, se filtra por las rendijas de la imaginación, no podrán dejar de adivinar los ingredientes de los alimentos espirituales: simplemente la fe encerrada en la decisión de ir más allá de ella misma”.
“Aun cuando oculten sus corazones detrás de la razón, no podrán dejar que hable la real persona,  y que los libere de la necesidad, de la compasión, ánimo atento y caballeroso, simplemente ánimo atento y caballeroso”.
Sin miedo abrí la puerta,  entré a lo conocido, la felicidad perpetua.
La alegría de cada gesto sincero se petrificó en significantes buenos,  el tiempo y  espacio los configuré para que  reinaras más allá del instante histórico en que te tocó vivir,  por siempre, por siempre del siempre estarás ahí, dictando lo que es bueno, malo, valido e invalido,  cierto y falso, oráculo muy humano, muy agraciado, muy bello.
¡Qué afortunado!,  no tuve que morir para conocer la dicha.
Vendavales de recuerdos vinieron a mí, me hicieron recorrer el pasado, y cada piedra, cada calle, cada árbol, cada casa, cada gente, cada semáforo, cada asiento, cada día, cada año, cada realidad, cada fantasía, me confirmaron que había vivido, que fue real mi paso por esta vida, por esta dimensión;  y tú, siempre enfrente de esos nombrables, y aún de los inefables.
Escucha, acércate, te diré un secreto:
“Tus ojos, mar sereno y profundo, donde viven los peces más bellos”.
“Tus ojos, tristeza y alegría, donde conocí el amor”.
“Tus ojos, donde quedó mi imagen inmortalizada”.
Un año en el que el dolor se hizo felicidad.
Dime, que lo que digas es una orden incuestionable.
Dime, que soy parte de tu grandeza.
Dime, que el viento es la calma.   
Dime, que soy tu tiempo.   

Hombre

¡He ahí lo dado!
¡Soy una fábula exclusiva!
Exclamación oportuna, salvadora.
Utilizando el sentido común, un hombre había comprendido su razón de ser en el mundo.
Sentado en la banqueta de la calle principal de su pueblo, insertó sus reflexiones en la vulgaridad del movimiento público, se hizo poesía urbana; descartando el falso privilegio de sentirse “el observador”, se convirtió, preso de la mirada de una bella  transeúnte, en "el observado"; de sentirse “libre”, concluyó obedeciendo con absoluta docilidad leyes temporales y axiomas divinos; de ser “el racional”, terminó fundiéndose entre los ritos de perros y gatos en sus cortejos sexuales, posó para una revista del reino animal,  y muy animal, acompañó a pericos y guacamayos, a liebres y cuervos.

Un destino a fuerza

Decidido lo vi irse hacia el oriente, caminaba con los brazos extendidos, asemejaba un crucificado que esperaba recibir la bendición y la luz divina.
Ahora tan sólo milagrosamente flotaba, el viento lo acariciaba dulcemente, y sus pies se refrescaban con el agua salada del Golfo de México.
De vez en cuando unos pececillos cuidadosamente mordían su piel, era como un saludo de bienvenida a la otredad, todo eso le provocaba una satisfacción infinita, su rostro reflejaba una sonrisa que parecía decir:
¡He cumplido!
Su insuficiente levedad que ya no aguantaba tanta dicha, lo sumergía en una sensación de arrogante beatitud, pensó que se encontraba en el paraíso.
Una gaviota le avisó que se estaba ahogando, que sus mejores tentativas se habían quedado en tierra firme.
Pasó mucho tiempo hasta darse cuenta que su intento había fracasado.
Retornaba el frío, el miedo.
Resuelta había sido su decisión de renunciar a su existencia, sin embargo, algo le impidió morir:
¿Era Dios, su designio o la gracia de aquella mañana quienes salvaron su vida y le daban una nueva oportunidad para ser feliz?
Nadó y en pocos minutos  alcanzó la orilla.
Volvió a pisar piedras, excrementos y latas vacías, volvió a oler a hombre, y le agradó saber que él era ese olor.
Sus ropas se le secaron sobre el cuerpo.
Enérgico caminó rumbo a la casa de su madre.

Fin de año

Justo cuando me asomaba a la calle, sonaron unos disparos.
Asustado me tiré al piso.
Me latía apresuradamente el corazón y un incisivo dolor en el pecho me petrificaba.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano me arrastré hasta tener encima la cama.
Era la media noche e inusualmente los perros no ladraban, ni la oscuridad de la noche nos deleitaba con sus silenciosos sonidos.
Pensé que los perros se encontraban asustados, y al igual que yo, la noche se encontraba metida debajo de su cama.
Una noche con truenos y relámpagos:
24:00 horas del 31 de Diciembre de 1994.

Manos libres

Suave toma el lápiz, con pausados movimientos empieza a dejar huellas sobre el papel que un impertinente viento dejó caer a su paso.
Progresivamente se asoma una dulce prosa que desnuda, que hace disfrutar fragancias, aromas inodoros a la nariz mortal, no obstante, siempre apuesto y presente en los ojos del entendimiento.
Se pregunta:
¿De dónde viene el mando?
¿De dónde viene la magia?
Apoya con más fuerza su escritura, da la impresión de desconocer el origen, de ser un usurpador, sin embargo, continúa en posesión de la verdad, caprichosamente la crea y la muestra.
Sin darse cuenta, involuntariamente, continua estando en sus manos.

Plegaria al espíritu santo

Elocuente  voz que desgarras mis creencias, sé complaciente una sola vez y dame la fe, y la ciencia para descubrir lo agradable de esta existencia.
No continúes ocultándome tu gracia infinita y aparezcas sólo en los momentos tenebrosos.
Salva mi alma y pon a Dios delante de mí para amarlo, y con su amor amar a los demás.
Han pasado muchos años desde que estoy aquí, permite que los que falten no sean inciertos y confusos.
¡Nunca olvides que soy tu yo y el material de tu juego perverso!
Poema para un pez llamado “Marzo”
Da una vuelta, se detiene y me mira, se suspende inerte, quieto e impasible.
Con su indiferencia se burla del movimiento, ahoga con su danza las estentóreas voces humanas.
Suspende al tiempo.
Vuelve a dar otra vuelta, se detiene frente a mí y me mira, parece decirme:
¡La historia ocurre en tu lado!
A veces da vestigio de  necesidad y se alimenta con altivez, intempestivo vuelve al silencio, a la danza.
Intenta explicarse lo que pasa allá afuera, enfrente.
Con su duda niega mi existencia.
Reposa en el fondo, se confunde con las piedras negras, pero es poco el momento que demuestra ser real.
Se pelea consigo mismo, casi estoy seguro que es un ardid para demostrar que no es mío.

Risas y muecas

Risas y muecas, reflejadas dudas, inciertas personalidades.
Grandilocuente descubro a las altísimas personalidades de cabezas descalzas y pies sabios.
Cada una con sus muy recónditas canciones.
Cada una con sus singulares juicios petulantes.
Todas avanzan en direcciones ocultas y encontradas.
Todas con contradictorias creencias de ser raras y públicas.
Hubo dos personas, que al caminar juntas, se aferraron afanosamente al sentimiento que eran una sola.
Hubo dos personas, que al estar hablando, descubrió la una en la otra, el gusto por el pan blanco; la otra en la una, la aversión por los hombres sin rubor.
Así se entretejen en la actividad social sendas criaturas de ficción.

Un último esfuerzo

¡Continuar!
Sin un instante para reposar, dejarse llevar por un viento misterioso.
Sin un instante para amar, ¡poseer la eternidad!
Desmoronar nuestras existencias, y que los pedazos de nuestros cuerpos, sean ilusiones de paz, de bienaventuranza, de paciencia, de libertad.
Quizás nada más nos dé tiempo para cantar, ¡hay que hacerlo bien!, no importa que nuestras vidas sean las huellas de una moral de esclavos, que nuestras sangres sirvan de pintura para terminar el mural de la naturaleza.
Lo impostergable es continuar, y que el dilema del ser o no ser, sea  pura palabrería para hablar de una misma realidad, la nuestra, la sencillamente nuestra, ser en el otro, ser existente en imagen.
¡Continuar!

De repente

Sin que te dieras cuenta, deslicé mi ser por tus ojos, caminé directo hacia tu alma.
Antes, me detuve muy cerca de tu corazón, y escuché largo rato sus latidos, armonías que me transportaban hacia un mundo increíblemente hermoso: donde las flores multicolores se adueñaban de todos los lugares tristes; donde nos convertíamos en pétalos y sus fragancias agradables y amables inundaban nuestras vidas; donde los pronombres personales eran conceptos confusos y desconocidos, el Yo, Tu…Nosotros…eran sustituidos por suspiros profundos que tenían el poder de sujetarnos en un interrumpido tiempo, y en un espacio inexistente;  donde te fundías y confundías en un fuerte aroma de jazmines y claveles, de rosas y gardenias; donde lo bueno y lo malo vivían un eterno romance.
Absolutamente oníricos, sin más, satisfacíamos nuestros deseos inconclusos.
Al llegar a tu alma encontré una inscripción: ¡lo que recorriste es mi real persona, y el secreto de la dicha eterna está en volver por el mismo camino y permanecer perennemente andando por mis ojos!
No puedo
No puedo dejar que te vayas, que destroces tu lengua, y hagas de tu historia un altar a la melancolía.
No puedo dejar que te encuentres, porque intentarás posar tu ser sobre verdades eternas, porque lo eterno no necesita de tus lágrimas ni del suspiro de tu alma, porque simplemente perteneces al universo del presente, de lo sublime.
No puedo dejar que ames, porque el amor no armoniza con las pautas de la alegría, porque sólo se ama lo real, lo imposible, y tú eres un trozo de bello símbolo, que quiere llenarse de un amor diurno, porque pretendes ser Dios, y desgraciadamente, en esa terquedad eres divina.
Confesión de la noche y el día
Que sincera se hace la noche, al contarme que nunca ha sido feliz, y que le hubiera gustado ser el día.
Que hermosa confesión del día, al decirme que la noche se llevó los aplausos de los enamorados, y si pudiera disponer de la génesis de su destino, le hubiera gustado ser la noche.
Inconfesables confusiones, deseos que albergan penas, y penas que esconden el goce de sus vidas.

Había una vez un rey…

Rey sin corona, se arrodilla ante el verde símbolo de ilusión y progreso, cambia las acostumbradas pleitesías por los cordiales saludos de mano, besa las mejillas de la plebe en señal de humildad, mira el peregrinar de los fuertes, de los modernos.
Menesterosos salen a esculpir castillos de odio, y pavimentan las calles con leyendas que exaltan la mortalidad humana, el amor a la democracia.
Algunos prefirieron creerse ángeles y se fueron a las montañas, otros, sólo esperan la oportunidad de enrolarse en las guerras nacionales, o en las revueltas sociales de emancipación ideológicas o religiosas.
Decreta una ley que reza:
“Se permitirá existir al que crea ser un hombre, o algo parecido: verbigracia: una bolsa de plástico con impresiones de colores, un fuego cruzado entre guerrilleros sureños y soldados leales al dictador”.

La noche
Noche atosigada, noche seria y sorda, noche devota, noche de paz y bienestar.
Día con lluvia, día rudimentario y lodo.
Sereno al amanecer en la alameda, reverdece el árbol caído, bellamente brillan los pétalos de las rosas, hay frío.
Tiempo de alegoría, tiempo de guerras estrepitosas, tiempo de salud, tiempo de mirarnos.
Gotea por doquier en la casa, alegre despierta el niño, que nació bien hecho para dar reverencia a la madre, que feliz lo parió.
Gritos y risas al comienzo del día.
Horas y minutos, sorda música que apenas se escuchó.
Oscureció, y llegó la noche.
La cara triste, la carne triste y fatigada de un viejo que no hace nada.
La cara alegre y despreocupada, la carne alegre y descansada de un niño para que el tiempo sea poco.
Se fue la risa, se fue la risa y el agua clara.
El amanecer se apagó y se escuchó un decir:
¡Hasta mañana!
Como se va a morir si…
Al coronamiento del epilogo de tu vida, fuiste el inicio de mí existir, sin embargo, aún me resisto a tu no ser, y a perder el mar en tus ojos.
Todo fue una ilusión, como un andar de alma desnuda, como el eco de una lejana canción, como el lamento de un héroe que se escuda.
¡Vamos!, mira mi vida como trastrabilla con imprecisos actos.
¡Vamos!, ten compasión de mi forma, y no rompas lo bello del pacto entre dios y el hermano hombre hecho norma.
Qué pasará si mi vida no es cierta, ni siquiera una virtud eventual.
Si todo lo dado al comienzo fue consenso forzado, si el verte fue una entelequia sin valor.
Te fuiste cansada de mi misterio.
Polvo y aroma virginal, esculpida rosa a lo natural.

Veneno sin efecto

Empiezo a ver mi rostro, es terso, dulce, imagen imperial o algo así como el bostezo de un monarca en épocas gloriosas.
Empiezo a percibir la azucena que inerte el gallo soñó, es roja, alta, torre de marfil, lienzo de charro en tiempos benditos.
Empezamos a jugar escondidos, buscando el reencuentro con las personas desaparecidas en el siglo pasado.
Sed de piel, manojo de sentires pueblerinos, escarpelo nítido que extirpó el legítimo ser.
Renacimiento, orgulloso de mancos.
Riéndonos,  tiesos, quedamos siguiendo la costumbre.
Somos relojes sin tiempo, somos días descuidados.
¡Miremos!, caemos en la ola del ejemplo.
Rosa de suaves pétalos, o algo así como un veneno sin efecto.

Misiva

Volverán los oscuros pensamientos.
Nunca supe distinguir entre la vigilia y el sueño.
Totalmente dormiré.
Estancaré mi discernimiento, y la soledad del Uno inundará mi vida.
Volverá la discusión sobre lo absoluto y la contingencia física.
Viajaré entre las locuras que satisfacen al vecino, le devolveré la cabeza prestada.
Volver aires del sur, soles del séptimo día.
Nada detendrá la marcha del gusano.
Salgamos a recibir la flor.
Tú eres la azucena, tú eres la diosa de los pobres, y yo el manto que cubre la vida petrificada.
Brotan las palabras, arrancan las ideas, apuñalan nuestras mentes y hacen que sangren.
¿Y tú?, nerviosamente esperas, una voz aproximándose, unos pasos conocidos.
Llega un extraño, y a él no le importa si ves o si eres artificial.
Posamos entre conversaciones decorosas.
Tratamos de facilitar nuestra distinción como animal.
Nada detiene nuestros pensamientos, nadamos sobre la superficie de un mar triste y viejo, nadamos sobre tierra floja; transportamos un maletín que contiene un mensaje, una misiva de odio y amor.
¿Qué es el vivir?
El vivir no es un soplo de aliento temporal, es la muerte y una idea desprendida de tu semblante.
Repitamos una vez más, el vivir no es una cascada de claro pecho y descubierto andar, es una lágrima rodando por tus senos intensos.
Aún queda abierto el significado de la vida.
Repitamos la frágil palabra ¡vida!
El vivir es alegría dignificada por tus labios, es una risa: magnifica mueca que refleja al universo en un segundo.
Descubramos el objetivo de nuestras miradas, y sin extasiarnos preguntémonos: o fue la vida la que dulcemente tocó mi ánimo para contemplar la vertiente del movimiento absoluto en quedó petrificado mi cuerpo, o fue el alba con sus chispazos de ensueño lo que me hizo santificarte y pedir ser parte de la eternidad en tus brazos.
Pero no interrumpamos el sueño en que nos encontramos postrados.
La verdad es que por estar juntos nos dejamos cortar la razón, y la negligencia y la indiferencia subordinaron la mesura con que debíamos guiar nuestros sentidos.
Un ¡viva! a la vida en el umbral de la derrota, una roca fija que rompe con su solidez la inquietud del silbar de nuestro teatro.
Por ti, por mí, comedias que se auxilian a continuar en pie.

Señor Sol

Porque las flores no han parido hoy, me alejo del bosque, me voy a contemplar la salida del sol.
Al salir el excelso señor, no me permite ver su grandeza, pues su cuerpo y alma se ocultan tras una luminosidad inobservable.
A tientas, trato de inferir su sustancia, como mis sentidos son imprecisos, recurro a la imaginación, a la ciencia, a la fortuna del espíritu, al hechizo del lenguaje.
Parece inmenso, ilimitado, ¡pero no!, es cuantificable como cualquier cosa extensa.
De pensar que fue ejemplo de infinitud,       de omnipotencia, de eternidad; que hombres y mujeres fueron sacrificados para apaciguarlo, para enaltecer la presencia del gentil señor; que fue causa de esperanza y protector de pueblos; que movió voluntades y dio realidad a las religiones paganas.
Ante esta escena, No me queda más que aceptar, que la historia de la humanidad, es la historia de la ilusión.

Cobijo

Rincón inerte, cabida de confusiones, sitio de colosales batallas por la distinción humana.
Nido de las familias, recinto necesario, la casa.
Extenuada, fatigada del placer de lo sensible, hastiada del calor que impregnaron las manos mortales sobre sus paredes, se dejó reposar con los espacios sin cosas.
Antes del llegar el último de los tiempos de ser deshabitada, de compartir la vida con los seres humanos, oí que se quejaba consigo misma, parecía un hablara primitivo, introspecciones, lamentos que decían:
“Hombres busquen los movimientos de su libertad y aspiren a ser perfectos, perciban el cuerpo con la carne y el alma con conceptos tautológicos.”
“Comparen sus pechos nacionalistas con la actitud austera de la noche.”
“Tuvieron mi felicidad en sus tejidos nerviosos, pero no todo se ha llevado, algo sobrevive en mis maderas que me hincha de orgullo; y es que su pasado quedo filmado en mis tiras de papel, consumí sus días triviales y los escasos de gloria, les di a sus pensamientos un ambiente creíble, y a sus platos brillo de orden.”
“Mi mundo no termina en su libre albedrío, ni mi destino con su ausencia, persisto en mi existir individual.”
De uno a dos minutos se extendió la canción y concluyó con una sentencia.
Sin embargo, no pude escucharla y salté cobardemente por su puerta, sin voltear, me alejé del lugar, quise ocultar mi vergüenza en las hojas que inertes caían de los árboles.
Sólo logré oír sus palabras de despedida:
“Se fueron, me dejaron posando en el piélago de sensualismo, la esperanza de coexistir se perdió al chocar mi deseo con los deseos de sus voluntades.”
“¿No es mejor determinarse desde la génesis de la vida con soma de felicidad eterna?”
“¿Cómo pudieron desechar la gracia de mi cálido nido?”
“¡Ya sé!, esto es lo que me deparó mi designio del viernes trece de diciembre de 1313.”
“Pero aún me quedan las caricias de las hormigas, el cosquilleo de las polillas, la tardanza del respirar de la lechuza.”
“A Dios y al aire les pido permiso para entrar al descanso de los olvidados.”
Calló esa trémula voz al alejarme del crimen.
Cuando tropecé con los límites del mundo –mis ojos-, la cara se me había alargado, mis manos perdieron su ternura, mi mueca quedó aferrada al viejo baúl.
La verja obstruyó mi huida.
Se acabó la luz, el aroma del invierno tomó las riendas de la vida.

Silueta de muchacha

Deseo escuchar el caer de la lluvia, ver el correr del agua por las calles, observar el bañar de los churumbeles, que sin preocupaciones engorrosas rescatan la espontaneidad del vivir.

Deseo contemplar a la joven posar su traslucida figura las ropas de moda, verla acariciar el aire con las palmas de sus manos, escribir anécdotas de alegorías inéditas.

El gran descubrimiento

Inestable ánimo, cuerpo suspendido, sereno.
Turbulentos pensamientos y ambiciones, existir cortado.
Cuando nos damos cuenta que somos el deseo del otro, ajenos, y que el yo se distingue únicamente en los demás, se llega a la inevitable conclusión:
Es un sin-sentido hablar del destino y perseguir una felicidad individual.
Los extremos chocan:
Uno o colectivo, privado o público.
Al final, la ceguera del alma, el aniquilamiento del cuerpo.

A casa

Paso lentos, adormecidos, caminan sin mostrar su dirección.
Brincan un charco, bordean un vehículo mal estacionado.
Saborean los olores que desprendieron algunos pasos que los antecedieron, tratan de indagar las pretensiones de los otros pasos con la esperanza de justificar sus propios desplazamientos, para asegurar que no están equivocados.
Se paran en una esquina, se encaraman a un autobús de pasaje, y en silencio se preguntan:
Y ahora, ¿hacia dónde?
Repentinamente se apean, y descienden lentamente, llegan a un lugar que llaman morada, fin de los pasos.

Encuentro de colosos

Avecindamiento casual, sin pretensión ni imagen previa, encuentro desprevenido, así lo conocí.
En una rutina fastidiosa, saqué mi corazón y le di la gracia de decidir la ruta.
Palabras entrecruzadas, abrazadas por expresiones airosas y rojas, palabras  aisladas de los hechos, lenguaje rebelde, emotividad.
Cuerpos guiados por intuiciones furtivas, conclusión: su bondad.
Llegamos cuando el sol no era esplendoroso, ni el aire lo abarcaba todo, ni los sentidos apreciaban su majestuosidad.
Era una pintura con manchas indecorosas, un color que impropiamente ahuyentaba a la armonía.
Extraños y atrevidos, fervientes y respetuosos. Iniciada contienda.
No era una lucha de exterminio, ni el propósito la muerte, no era la intención robar la identidad a las piedras, ni mucho menos confundir todo como irracional.
Era la fusión terca de dos pedazos de la realidad:
Uno, con carne y grandeza, que señala e identifica, nombra y corrompe.
Otro, quieto y apacible, abnegado y violento, terrible bello y ardiente, que todo da y todo quita, natural inquisición.
Una extraña maldición: reino del cielo.

El tren

Incomprendido y olvidado se encuentra el cuerpo hecho de humo de razón.

Manos que tentaste la piel de la doncella, asesinada por el famoso ladrón de los aromas.
¡Dime!
¿Qué era lo que beatificaba sus actos?
¿Qué buscaba afanosamente el asesino?
¿Era la  eternidad o el pan?
Aún queda tiempo para encontrar en los surcos de su rostro, lo que dio grandeza al reino de la fe.
Caminemos convencidos que lo mejor vendrá oculto en el vientre de aquella marejada del mar muerto.
Ahora las flores se esconden tímidas bajo el pavimento de la calle principal de tu ciudad, pues tienen miedo de ser acariciadas, de ser halagadas, porque ya saben que son presentes para los amantes.
El niño juega juegos luminosos controlados por un botón, simplificando su imaginación, que hace mucho tiempo fue reprimida, abandonada en las cuevas, en los templos de paja, en las pirámides de arena.
Ahora me voy con los brazos cruzados, no quiero mirar la cara del lobo, porque me da pena que haya perdido su único colmillo que tenía, al comerse una lata vacía de atún.
No me gusta acariciar al perro, porque es grosero y apesta a basura.
No acostumbro a besar la mano del cura, porque siempre me quiere cobrar la salvación.
Son la una de la mañana, y todavía huele a carne de los caminantes de la noche.
El tren partió sin ningún pasaje; y lo único que transportaba, eran bultos amontonados y el retrato de un viejita pidiendo limosna a unos troncos dormidos, el obesito conductor  fumaba sus puros preferidos “Te amo”.
La ruta del tren no la alcancé a leer, pero estoy seguro que me deja cerca de mi casa.

El juicio

Estoy con la camisa rota, camino descalzo sobre la alfombra.
Un vidrio es testigo de mi acción.
¡El sentido de la vida está en el obrar!, es la sentencia que nos traen los aires del occidente.
El movimiento de la maleza reflejó la alocada carrera del ladrón, su sombra abandonada es la señal de su culpa.
La luciérnaga ilumina el espacio del que fue y anuncia:
¡Se fue el que pecó!
¡Se fue el que robo!
La niña es la cosa hurtada.
¡El culpable a la horca!
¡Culpable! Gritan unos.
¡Culpable! Gritas otros.
Aquí donde el Estado y las deidades (vírgenes, arcángeles, dioses, santos, beatos), tienen la autoridad, la verdad se oculta detrás de una cortina.
La vuelta de la rueda, el salpicar del aguacero, la validez del razonamiento está en el lenguaje, el sentenciado a muerte después de la ejecución se descubrió que era inocente.
Al concluir la feria, el ganador al tiro al blanco fui YO.
La luz dio paz al que perdió la apuesta.
Un pez se ríe de la avaricia.
Un espejo irreverente se robó la imagen de la niña.
Llovió incesante todo el día.
Amor al prójimo
Se cayó, yo la vi, ¡Sí!, la vi con mis propios ojos, la quise ayudar, la ayudé, pues su dolor me dolió.
Se cayó, y cayó cuando yo la vi, se cayó, y me caí cuando la vi que se cayó.
¡Es cierto!
Pues hasta mis ojos se llenaron de lágrimas, cuando sus lágrimas se llenaron de mis ojos.
Yo la vi, y desde aquella ocasión, yo la amé, porque la vi cuando se cayó, porque se cayó cuando la vi, porque la vi y me vi. Simplemente me dolió su dolor.
Un mal día, un buen día
Un asqueroso día, momentos mezquinos, lamentables, depresiones hasta de mis huesos, no tan sólo mi mente sé auto repugna, sino hasta mi cuerpo se percibe decrepito y vanidoso excesivo, in-mundo.
¿Hasta dónde llegará a estropear la risita del hombre feliz al hombre infeliz?
¿Qué es más dramático, la alegría descontrolada o la superposición de  realidades que aplastan hasta lo más cierto que nos queda?
Hoy navego montado en una borrasca avariciosa, y mis movimientos sin rumbo enloquecen los pocos sentimientos de orden y quietud que tengo.
Sigo negándome y buscando algo que me detenga, que robé mis ojos, y salve lo insalvable, que me dé muerte y exponga mi cadáver en público, y deje que mis carnes se esparzan por todos los confines del universo, por todas las rutas que lleven a la paz.
¡Levántame!, dame la mano, no quiero ahogarme, quiero vivir y sentir el frío, sangrar cuando me corte, ver los colores aunque sean alucinaciones, sentir a los de a lado, para después aniquilarlos, matarlos, sustituirlos.
Una breve interrupción en mi discurso, momento de libertad plena, palabra plena
Son las 21:00 horas, me detengo de leer, me detuvo un instante del no-pensar, el estar del silencio, lugar donde no media el lenguaje con lo otro.
Me miro y escucho y sin importarme me seduce: el significante a unos significados, yo; y el significado a los significantes; el sujeto de enfrente, la sujeta.
Intento iluminar mi camino, me son insuficientes las luces de mis ojos, de mi entendimiento.
Así trascurren las vidas, mi vida, en esos instantes de vacío y en esos caminares de quietud, de inocentes despertares atentos, en esa corporalidad espiritual.
Pienso e inmediatamente otro pienso.
Se desplazan las imágenes, nunca he podido controlar las imágenes, y los síntomas se hacen más evidentes, aunque no tenga pleito con el lenguaje, quiero hacerme de un lenguaje más nuevo.
Ahora me detengo y me veo hablando con un personaje desconocida, estamos enfrente de una iglesia, creo que es presbiteriana:
“Sígueme, detente, regreso en un momento, ¿tienes miedo de quedarte sola?,  yo no tengo miedo de quedarme único.”

“Mejor ven conmigo.”
“Pero te advierto, que yo sí sé quién soy, sé que es una ficción hablar, sé que estoy atrapado en un deseo que jamás ha sido mío.”
“¿Nos volveremos a ver?”
Un ojo que siempre nos mira y lo miramos, ¿quién primero mira a quién?
Nos recorre,  frío, en muchísimas ocasiones impersonal; nos mira y perversamente sabe que lo miramos, desafortunadamente son pocos los que lo saben; nos anuncia algo que es inteligible a nuestros oídos, es la vieja nueva, ¡ahí siempre ha estado!, más o menos hace...
Nos recorre, atento, atemporal, hace que nuestras biografías se lean inversas, de adelante para atrás, al cabo, lo de atrás siempre se mantiene adelante; busca darnos sentido, pues la apariencia de la totalidad en la simplicidad se ha trastocado por la simplicidad en y de la totalidad.
Hacia atrás, hacia delante.
Nos recorre y hace que sudemos nuestras frágiles glorias, que fueron mejores que no querer, que no amar-amado-amante, amante amado, lo que le importa es que alguien sea sujeto y el otro objeto; nos trueca los significados que se deslizan permanentemente sin fijarse a un significante, polisemia contextual.
Nos hace creer en a-dios, y mañana en ¡para usted siempre!
Un instante de plenitud: pausas magistrales, maravillosas
Pausas, detenerse en el olvido, aprehender lo que no acaece.
Un instante en que los ojos son apresados por los párpados, abrirles y cerrares,  unas pestañas que asumen la responsabilidad de cegarnos, de filtrar y poner la emoción de lo que vemos; acto de abrir la otra mirada, la que nos mira desde  lo más superficial de nuestro ser.
Pausas de nuestros latidos, de nuestros profundos suspiros.
Pausas a nuestro tiempo, el tiempo que se eternizan en el instante en que se niega la intención primera.
Tocaron a la puerta, mensaje, desciframiento de la escucha
En todo el resto de nuestras vidas una interminable lengua se escuchará y arrastrará con sus letras nuestra praxis, determinará qué bien o mal se han portados nuestros cachorros, enamorará a nuestras doncellas y bellos mozos, mantendrá encerrados a nuestros atribulados demiurgos.
Aun cuando cerremos nuestras puertas y ventanas, se dejará escuchar; y ni el sueño profundo de un borrachín, evitará que se haga a la mar.
Parecerá una tosca alucinación auditiva, ¡pero no!, será tan real que terminaremos enamorándonos de ella o él, o lo.
¿Tú lo sabes?

Decírselo

Si mintiese me echarían del reino, por eso no miento.
Hay algo que es imposible retar, tras-valorar, desatender, imposibilitar conceptualmente, simplemente, es algo que independientemente que sea real o ficticio, provoca y detiene nuestra atención; y hace que ocupemos nuestro tiempo en discernirlo: “un maravilloso punto de encuentro”, donde se oscila de un extremo a otro, de un lenguaje a otro, de una verdad a otra, de una mentira a otra, de un dios a otro, de un tiempo a otro, de un espacio a otro, y viceversa.
Por eso escogió “lo”, que es el artículo neutro, el apropiado, ni femenino ni masculino, para referírselo.
Lo vi, y me tumbó su poderoso aliento de presencia inconmensurable.
Lo vi y se perdió entre millares de impresiones que en ese instante acudieron al encuentro.
Lo sigo amando, pues mi vida “feliz” depende que ésta “infeliz” sea la real y la verdadera, que mi idea sea la que se le acerque más…a la simple impresión de un momento de confianza, de optimismo.
La gran venganza
Silbando su melodía preferida, se dirige hacia el alboroto que a lo lejos se escucha, al llegar al lugar, se abre paso entre la muchedumbre, detenidamente mira los rostros de los festejadores; como si  reconociera cada surco de las arrugas que inundan sus rostros.
Detiene a un joven y le pregunta:
¿Cuál el motivo de la fiesta?
El mocoso, sin apartar la mirada del pastel, le responde: son las “bodas de oro” de los patrones.
¡Ah! Así que están recordando el memorable día”, y sin darse cuenta que su interlocutor se había marchado en pos del postre, dijo:
Los conocí bastante bien, cuando se encontraban en la flor de sus juventudes, principalmente a Mercedes, por cierto, muy guapa y sumamente alegre, le brotaba la felicidad por doquier, llegó a estar contenta  hasta por los nacimientos de sus cerdos, que engordaba para ofrecerlos posteriormente en su restaurante, como “cochinillo”, la especialidad de la casa, para el colmo, el restaurante se llamaba, “El cerdo feliz”.
Paco, así como lo ves, siempre ha sido, nunca ha cambiado su peculiar manera de caminar, parece que se echa piedras en la bolsa izquierda del pantalón, porque siempre camina recargándose sobre ese costado. Recuerdo cuando nos disputamos el amor a Mercedes, él siempre llevaba ventaja porque tenía el carácter dócil, a todo le decía que sí; en cambio yo, siempre y rebelde e inquisitivo, expresaba mi opinión francamente, sin rodeos y eso no le gustaban nada a Meche.
Bueno, basta de hablar, es hora de poner las cosas en su lugar, de ajustar la cuenta pendiente; no se salvará a ninguno, a todos los voy a matar.
A pasado mucho tiempo, no obstante, continuó sufriendo por el ultraje que fui objeto, ese Paco me jugó chueco. Y ahora verá que mi amenaza no fue de balde.
¡Hey!, escuchen todos, vengo a matarlos a todos, no me importa que no sepan el motivo.
Tampoco crean que soy un desquiciado, soy racional y quizás más que ustedes.
Tengo perfectamente definido mis motivos, y hasta puedo hacer una apología de mi determinación, sin embargo, no lo haré, porque estoy seguro que no entenderían mis razones, ni sentirían mis sentimientos y es más no creo que tengan la educación para entender mi lógica. Así que mejor recen con devoción, Él les explicará el por qué no fue su destino otro.
Todos totalmente sorprendidos, no daban crédito de lo que presenciaban, un tipo los amenazaba con un arma imaginaria, y lo peor es que creía firmemente en esa realidad, e incluso estaba convencido que la gente estaba asustada. Un valiente, le dijo con firmeza y voy grave, amenazante:

¡Oiga!, déjanos en paz, lárguese, no se da cuenta que está sólo usted y su alma, si es que tiene alma.
Dirigiéndose a los demás, ordeno, ¡todos a  bailar!, cada uno buscó a su media naranja, y rodeando a los re-casados, continuaron el festín.
La fiesta continuó en paz, sin más incidentes, que uno que otro trompicado por su borrachera.
El susodicho individuo, taciturno y ensimismado se alejó del lugar, mirando al cielo, pidió a la divinidad que todo aquello que había pasado fuese un mal sueño.
En esos momentos, pasó un perro persiguiendo una bicicleta, el joven que la conducía reflejaba en su rostro angustia y una gran preocupación por salvar su pantalón, se ve que era el único que tenía.
Más adelante perdió de vista la persecución y no supo que le pasó al joven, al pantano, al perro y a él.
La Letra
Escribo, escarbo en el papel, insisto en dejar en cada letra algo más que palabras, en cada palabra algo más que letras, dejar huellas que hagan recordar porciones de vida, subterfugio a lo que no es lo real, indecible, más vida que la que puedan atrapar, transportar esas insumisas, las graficadas, las rayadas, las violentas:
Vida a sangre y fuego, vida que se niega a ser petrificada, rebelde mistificada por su propia imposibilidad de salir toda al alba.
En el instante en que marco, desgarro parte de mi existencia, y me consumo en el fuego lento de la incomunicación, e introduzco gotas de sudor en cada trazo.
Al percatarme en la lectura que no se logra consumar mi verbo, y que al leer extravío aún más ese querer inconmensurable de mis deseos.
Me rebelo, y en silencio vuelvo a intentar el vía crucis del signo y el cuerpo, vuelvo a oírme, a oírlos, a oírte, a oír auxiliado por la letra celestina, que sé que no es mi amor total, pero si cuando menos la eterna “gota de sudor”, que se nos desprende ininterrumpidamente toda nuestra vida.


* Diablo, Satanás, -español popular (México)-

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