Un urgente retorno a la physis del nomo -a propósito del orden social-
Para los griegos las leyes (nomo) morales, sociales
y políticas eran tan inexorables y reales
como las leyes de la física (Physis)!
Algo pasa con lo social, con
todo eso que llamamos cohesión social,
con todo eso que llamamos comunidad.
Lo filogenético se muestra
vulnerable ante lo ontogenético -su impronta pulsional violenta-. Basta echar
un vistazo a los medios de comunicación, y observar que algo ocurre con la
experiencia de vivir juntos, uno frente al otro, y observar que las explicaciones
simplistas: la desigualdad social, la lucha entre pobres y ricos, la carencia
de “valores”, son insuficientes para
dar cuenta de ello.
Eso que pasa, demanda
problematizar y volver a preguntar sobre la condición de la naturaleza humana,
de civilización, de cohesión social, pese a reconocer su condición de
construcción subjetiva. Saltan las preguntas, ¿ccómo evitar que los hombres sean superfluos?, ¿cómo
reafirmar lo público y de esa manera recobrar el sentido de pertenencia?, y
fundamentalmente, ¿cómo evitar el desarraigo del hombre en relación al mundo?
Estas cuestiones tienen que responderse desde
la condición humana de vivir unos frente a otros, desde el sentido de coopertenecer a un mismo estadio de
espacio vital, desde las formas en que instituimos el orden y la sociabilidad,
desde un determinado saber, muy occidental, que nos ha permitido definir el
acto de la gobernabilidad, entendida como un asunto de lo público.
La historia del ser humano en sociedad,
desvela las distintas formas que el hombre ha utilizado para hacer las
instituciones culturales, una de ellas, el mismísimo concepto de sociedad. Esto
pone sobre la mesa de discusión la relación de lo Público con lo Privado:
Derechos Humanos, la vigencia o su agotamiento del Estado Democrático.
En esa sucesión, alternancia, de las formas de
Estado, es indudable que recreamos sus características, aportaciones, logros, y
también, limitaciones respecto al ideal de Estado que tenemos como referente en
occidente: el Estado Democrático. Aun
con ello, la tarea permanente consiste en aprender y mejorar el conocimiento
que permita una mejor comprensión de la realidad, particularmente, de la
realidad de la convivencia social.
Se constata, pese a nuestra honorífica
condición de animal social por antonomasia, frecuentemente, que esos mínimos –morales,
jurídicos, políticos y de verdad- que debían sean reconocidos por todos para
poder vivir en sociedad, no son observados ni respetados, es decir, hay una
afrenta a las reglas del juego social. Ante ese escenario de silencio, de
violencia, de inmediatez, de ideales toscos, es urgente hablar y profundizar en
lo que es vital, la vida misma de lo público, y la necesidad de repensarnos.
Parece que hay un retroceso en
los grados de conocimiento del mundo interno y del mundo externo del hombre. El
nivel mínimo que corresponde, según Aristóteles,
A la experiencia definida como
el saber que una persona tiene sobre lo factible y lo agible por el hecho de
haber producido algo o actuado muchas veces” (García-Amilburu-2003),
Se disuelve en lo pulsional y
especular de la agresión ante el espejo. En el grado inmediato superior de
conocimiento, la techne (técnica y/o arte),
Un tipo de experiencia que ha
alcanzado la reflexión y universalidad necesaria para poder ser enseñada a
otros (García-Amilburu-2003),
Nos deshumaniza condenándonos
a la repetición compulsiva.
Quizás resulta exigir
demasiado, encontrarnos hoy día en el grado de conocimiento de la Episteme:
La actividad contemplativa que
no está relacionada con la satisfacción de las necesidades humanas, sino que
tienen como fin propio la búsqueda de la verdad en sí misma la contemplación de
lo inmutable (García-Amilburu-2003);
Al conocimiento de las cosas que
son ineludibles y no pueden ser de otra manera. Este saber constituía para
Aristóteles el último y más perfecto fin del hombre.
Con ese saber –episteme- la filosofía práctica resulta
un saber que lleva al conocer como un promover el bien a través de acciones
moralmente correctas.
Volver a los griegos, invita a
acortar las distancias y hacer de lo público y sus cuestiones algo cotidiano.
Esto atraviesa por el recobrar,
de la esencia de la polis griega, la
Ciudad Estado, la política como algo familiar, como algo cercano, como algo
ordinario, como algo vital. Así como lo eran el arte, la ciencia, la educación,
las cuestiones del hogar.
Volver al mundo griego significa entablar una
discusión y hacer que brote un nuevo saber más esclarecedor de nuestro asunto:
la naturaleza humana y su condición social.
El concepto de Paideia (hombre formado) contiene la crianza física, la instrucción y la
educación, estadios inevitables para el ideal de formación, proceso de
transformación de carácter personal, basado en la comprensión reflexiva de una
forma natural y esencial de la vida humana.
La Naturaleza humana: hombre, es un compuesto
de materia (cuerpo) y espíritu (alma),
que implica lo personal areté
(privada), virtualidad de la educación personal, y lo social areté (política-público), educación
social o política; la primera, hace al hombre productivo, areté (profesional), y la segunda, provee al hombre la virtud,
educación moral o búsqueda del bien.
Por eso la idea de polis, ciudad, es el lugar
propio de la vida, de la existencia, de la educación, donde la naturaleza
humana ocurre.
Así la tarea de la Paideia griega es hacer del
hombre un ciudadano político, un ser comunitario.
Esta formación los griegos la ligaron a los
conceptos de nomo y physis, sin los cuales sería imposible
entender la cultura y Paideia.
El nomo
Griego es más amplio que nuestro nomo
actual, pues incluye, costumbre colectiva, idea de normatividad, leyes que
rigen la comunidad, y cultura.
La physis
entendámosla como simple naturaleza, esencia inmutable de las cosas, la
naturaleza o manera propia de ser.
Para los griegos estos conceptos nomo y physis estaban unidos, así que “para los griegos las leyes (nomo) morales, sociales y políticas eran tan inexorables y reales
como las leyes de la física (Physis)”,
así los nomoi de la polis eran a la
comunidad humana, lo que las leyes de la naturaleza son al universo.
Fueron los sofistas quienes se
opusieron a esta unidad. Para ellos, los nomoi
eran creaciones humanas. Hoy decimos que son construcciones subjetivas del
hombre.
Aun aceptando esa relatividad
de los nomoi, aun aceptando que lo
social es sólo un acuerdo de buena fe, de sentimientos y el compartir la misma
visión de la experiencia humana, no podemos dejar de pensar que esa oposición,
esa separación entre la physis y el nomo, ha traído sus consecuencias,
cuando menos evidenciando la fragilidad y vulnerabilidad de la cohesión social,
de lo público. Un ingrediente de creencia, de fe, de inmutabilidad, y eternidad
de nuestra naturaleza social es urgente para enfrentar los exabruptos de la
violencia de lo pulsional como constitutivo del hombre.
Un urgente retorno a la physis del nomo, es dejar huellas auténticas, pues “en la cultura del vidrio –de la modernidad
superficial- es difícil dejar huellas” (Fernández, 1995), sin considerar que
“vivir quiere decir dejar huellas” (Fernández, 1995), dejar huella significa
reconocer al otro como uno mismo, es darle estatuto de realidad al acuerdo y es
hacer que lo se acuerde sea una experiencia humana eterna, pues
La experiencia no es, pues, algo ocasional,
primario, rudo y carente de iluminación, sino un tejido tan amplio y sutil como
el lenguaje, que constituye nuestra cartografía de aprendices(Fernández, 1995),
Así conseguimos percibir que la Erfahrung nos constituye, por eso se
hace importante escucharnos pues todos podemos aportar algo. Ahí está la
esencia de lo filogenético.
Por eso se hace urgente recuperar la
conciencia, la memoria, para recordar y en ese recuerdo rescatar lo que nos
constituyó, lo que nos hizo tolerable y amado estar uno frente al otro, lo que
dio origen a lo social, a la comunidad, al contrato. Es decir, respetar la
palabra empeñada, comprometida, el amor al prójimo, y no como principio
religioso, sino en el sentido de la diferencia, sin que esta sea perturbadora,
mortal, y seamos capaces de reconocer lo uno en lo otro, el no ser en el ser.