Objeto “a”
Un
brinco epistémico, de la primacía de lo simbólico a la primacía de lo real.
Jacques Lacan postula primeramente al inconsciente
estructurado como un lenguaje, el sujeto determinado por la red de
significantes, constitución de un sujeto a partir de su confirmación en el
otro; otro que tampoco queda exento de esa mortal dependencia, de esa
confirmación vital.
En
esa búsqueda inútil, en esa felicidad exigua, el sujeto requiere de ese tesoro
de significantes que le dé el pase al reino de lo transmisible, en suma, que le
permita lanzarse a la vida, aun cuando en ese salto quede cada vez más cerca de
su no-ser. No obstante, Lacan, fiel a su compulsión a la formalización trata
que no se le escabulla lo inconsciente, tiene que enfrentarlo con el obstáculo
mayor, no todo es simbolizable, algo resta, se salva y hace de tope tarde o
temprano en la vida anímica del sujeto, y ese algo es lo real.
El
Psicoanálisis, se había cautivado, fascinado con la plasticidad del
inconsciente; y al principio se había detenido en sus formas imaginarias,
construcciones escénicas que rescatan los recuerdos, los deseos, en suma, reino
de lo imaginario. Ahora lo primero es lo que no se desliza, lo que no se
sustituye, lo que ofrece inquebrantable resistencia, en otras palabras, lo que
ancla al fantasma de cada sujeto en su inexpugnable singularidad.
Acerquémonos
a lo real a través del objeto “a”,
pues al fin y al cabo, la subjetividad
está organizada a partir de un objeto perdido.
Objeto
que cambió la pregunta cartesiana sobre la definición del sujeto: ¿qué soy?,
por la de: ¿qué soy en el deseo del
otro?; y la respuesta, “una cosa
pensante”, por la respuesta en lo real, “un objeto ‘a’ minúscula”.
Indudablemente
podemos ubicar al objeto “a”, como
uno de los conceptos base del psicoanálisis, puesto que es imprescindible para
la emergencia del sujeto del inconsciente.
Hablar
del objeto “a”, es pronunciarnos por
no tan sólo en conexión causal y necesarias de dobles faltas, en funcionalidad
de fantasmas sostenedores, en sustituciones artificiales que consuelen las
dolencias del alma, en matriz de carencias incomprendidas, sino también en
campo virgen de especulación y creatividad.
La
importancia del objeto “a” es
advertido en la enunciación de un sujeto escindido , puesto que pone en evidencia no tan sólo esa
carencia y escisión en lo pulsional, sino también en lo simbólico. A partir de
esto, vamos a hablar de un sujeto causa del deseo, velo y revelo de la falta.
Objeto fascinante que nos conduce de lo tangible a lo intangible, de lo visible
a lo invisible, de lo inconsciente a lo más inconsciente, de la felicidad total
al sufrimiento de eternos prometeos.
El
objeto “a” se presenta en su
implicación más subversiva, cuando se pone en escena un sujeto escindido,
incompleto; constituido en su rutinaria presencia de uno fuera de su mismo ser,
halo que le restituye un poder más allá de su primera fuente corpórea; ahora
viene a subdividirse. Inscribe al in-dividuo en la sujeción, es así como el objeto “a” viene a definirse como
aquello que tiene que perderse para que el sujeto se constituya como tal. Esa
entrada, que permite el objeto “a” al orden del significante, está precedida
por la pérdida de objeto. Así el sujeto se constituye como sujeto en pérdida, y
esta pérdida causa la escisión, definiendo al sujeto en falta; ahora no tan
sólo se habla de un alma y un cuerpo, sino de dos sujetos (parece valido
inferir que con sus respectivas almas) en un cuerpo. Sujeto llamado, para
después ser elegido y engañado desde él mismo. Lo que se denomina sujeto es un
efecto, es el producto de un montaje significante. Por tanto, es la estructura
la que hace necesario el uso y la subversión del concepto de sujeto.
Paradójicamente,
no hay puesta en acto de un sujeto, sin la posibilidad que para que sea tal
tiene que no realizarse, es decir, quedarse en potencia. El sujeto, es, en
cuanto posibilidad de estar, ser nunca completo. Así el sujeto conocido por la
posibilidad de conocer la cosa, viene a diluirse en que para que sea, necesita
ser reconocido por la otredad, no es suficiente que mire al otro, sino es
mirado, o por lo menos sienta que está en el campo de visión del otro, que ocupa un lugar en su panorama, que
incluso no es todo el otro que necesita, sino una parte, su mirada; esa
condición psicopatológica no por nada Jacques Lacan la previó, al describir el
conocimiento humano como paranoico.
El
sujeto escindido tiene que buscar una pareja a su otro, y la encuentra en un
fantasma que siempre es personal, íntimo, cómplice, celestino. Este posibilita
hacer vida pese a la pérdida y dispara en una captura imaginaria el deseo en un
objeto x, que viene a constituir un provisional objeto faltante, aun cuando en
su captura destina al objeto, tarde que temprano, a la muerte. Y así continúa
la vida en un sufrir, sufrir, la cruz, la cruz. Ahora nos encontramos en un
cruce epistémico, con un objeto que no es propiamente fin, sino causa u origen
del deseo. En la historia de la filosofía y la psicología, encontramos a un
sujeto que conocía a la cosa pérdida, había armonía entre sujeto y objeto,
puesto que la cosa se presentaba como invariable. En psicoanálisis, el sujeto
conoce por la pérdida, hay una desarmonía entre sujeto y objeto, y no hay
esperanza que el sujeto recupere lo completado en tanto sea un sujeto que está
estructurado en falta originaria.
Jacques
Lacan no hizo del objeto “a”, el
objeto al que apunta el deseo a diferencia de la metafísica y la psicología,
sino el objeto causa del deseo, situable en su origen, pues el deseo hace causa
de su deseo los objetos significantes, rememorables. Así, el objeto “a” causa del deseo, representa el que lanza al sujeto a la vida,
anhelo que mueve al hombre en esa búsqueda deseable e inútil, es su primer
motor móvil, más allá del halo divino, más allá de la palabra, del lenguaje.
Ese deseo mueve la vida en torno a una pérdida, a la persecución de una
ilusión, con algo que no está, o que estaba pero que ahora ya no está.
Ese
deseo con la nada, con el vacío, encuentra en alguna parte su límite más que
cualquier otro punto del alcance humano. Lacan nos los advirtió,
Es
el placer quien fija los límites del alcance humano, el principio de placer es
principio de homeostasis. El deseo, por su parte, encuentra su cerco, su
proporción fijada, su límite, y en la relación con este límite se sostiene como
tal, franqueando el umbral impuesto por el principio del placer (Jacques Lacan
1995).
Pero propiamente viene a ser la lógica del
fantasma su punto de referencia. Por eso, el psicoanálisis no debe conformarse
sólo con la dimensión simbólica, el símbolo es el deslizamiento perpetuo. La
experiencia muestra al sujeto detenido ante una escenificación que lo fija, lo
captura, su fantasma, su real.
El
objeto “a”aparte de ser causa del
deseo, es la noción epistémica que provoca el lazo social, es causa de lo
social, no por su naturaleza de falta, sino de sutura, sutura de la falta. Al
enajenarse el deseo en más de un sujeto
hace lazo social, pues une en una doble pérdida; la del objeto en lo real, y la
del significante uno a los sujetos escindidos, no es el lenguaje elemento en
común lo que posibilita el lazo social, es el objeto perdido que busca el
sujeto en el otro. Romper el silencio de la comunicación con el otro y dejar de
recibir los propios deseos, sólo es posible en el nivel de la sutura que nos
proporciona el objeto “a” en lo real
más que en lo simbólico. Lo único que une al sujeto barrado con otro
desgraciadamente barrado, es la “a”
minúscula. Por eso, el hombre se reconoce más a su congénere en la pérdida, en
la derrota, en el vacío, en lo confuso; que en la victoria. De esta suerte, la
relación del sujeto con el otro no puede ser concebida sin lo barrado de ambos.
Los dos se encuentran en falta , y esto posibilita pensar en
el objeto “a” como algo de lo cual el
sujeto, para constituirse, se separó como órgano, vale como símbolo de la falta,
es decir, del falo, no en tanto tal, sino en tanto hace falta. Por lo tanto, ha
de ser un objeto, en primer lugar, separable, en segundo lugar, que tenga
alguna relación con la falta (Lacan, Jacques 1995).
Esta
pantalla que presentan los sujetos quiere decir que ninguno de ellos posee el objeto “a”. Sin embargo, los une el
anhelo de encontrarlo. Es por su ausencia que produce efectos y permite la
aparición de un sujeto del inconsciente.
Por
último, es en el aspecto geométrico de la mirada del otro donde se puede
personificar el aspecto fálico, desde un
lugar en el espacio, no pudiendo aparecer en otro, sino en ese punto, por
donde, se diera el encuentro con lo real. Es así, que el inconsciente, desde
una perspectiva geométrica, como un asunto de demarcación oculta de los
espacios; como la que muestra el pintor alemán Han Holbein el joven en su obra titulada Los Embajadores[1],
que en un plano frontal nos deleita con los símbolos de la civilización y el
arte, pero al despedirnos y echar la
última mirada desde un plano lateral, que es la mirada más fatal, nos deja
estupefactos ante la presencia de la muerte, así el inconsciente personifica su
fatal esencia en los inocentes sueños, lapsus, chistes.
La
introducción del objeto “a”, viene
hacer obstáculo a la aplanadora de la cadena de significantes que parecían ser
lo único que determinaba la vida anímica del sujeto, la máxima que el
inconsciente está estructurado como un lenguaje, tuvo que ceder terreno a lo
que hace obstáculo y deviene con el objeto
“a”. En suma,
Lacan,
retomando y parafraseando a San Agustín, su frase , lo aplica al objeto “a”, en su valor real. Lo que tú eres
verdaderamente, es algo que a la vez se te escapa, lo que está en el centro de
lo que crees es tu persona, lo que tú mismo eres verdaderamente, es algo que a
la vez se te escapa, lo que está en el centro de lo que crees es tu persona, lo
que tú mismo eres verdaderamente es, al mismo tiempo, el elemento que te es más
ajeno (Miller, Jacques 1994)[2]
Comentarios
Publicar un comentario