La muerte, el verdadero criterio de la vida (NOTAS Y APUNTES PARA UN POSIBLE TEXTO)
Hacia un salud mental plena
(ADVIERTO QUE HAY CITAS TODAVIA NO SEÑALAS DE AUTORES COMO CIORAN, SCHOPENHAUER, FREUD, TOLSTOI Y MIAS)
<
Es la labor
del psicólogo adivinar por sondeos el terreno que hace de esas islas la cima
visible de una misma cadena de montañas, invisible y estática bajo la masa
móvil de las aguas…>>. El discípulo
Paul Bourget
“Yo considero al cerebro como una computadora
que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No existe el cielo o
vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar. Se
trata de un cuento de hadas para la gente que le tiene miedo a la oscuridad”
Wawkign, Stephen
“Morir es
trasladarse a una casa más bella, se trata sencillamente de abandonar el cuerpo
físico como una mariposa abandona su capullo”
Kubler-Ross Elizabeth
Exordio
El presente texto parte de la premisa
que la historia del pensamiento del hombre es atravesado por el pensamiento de
la muerte, incluso sostiene que tanto Freud[1]
como Schopenhauer[2],
ubican en la preocupación por la muerte el origen de la filosofía, y de toda
reflexión.
Sostiene que el nacimiento y muerte
conciernen indistintamente a la vida, el proceso dialéctico que expresan la
existencia del hombre, los lados de la moneda de la naturaleza humana, la
muerte como la condición de la vida, y la vida como condición de la muerte, como
diría Schopenhauer, “los dos polos de
todas las manifestaciones de la vida”[3].
Considero en el texto que es la
muerte, el verdadero criterio, sin la conciencia de la misma, la vida anímica
del hombre no cobra plenitud ni salud, urge pues, una reflexión sobre la muerte
como una condición de toda posible salud, dado que es ella la más íntima
dimensión de todo lo viviente, representando la máxima que “todos somos medidos
por el sentimiento de nuestra propia
muerte”, aun que esto último, sea el culmen de todo proceso de profilaxis
mental.
Porque no reposa sobre nada, porque
carece hasta de la sombra misma de un argumento, es por lo que perseveramos en
la vida.
Por último el texto, sostiene que es
la vida la gran desconocida, no la muerte, es ella demasiada exacta, como diría
el filósofo rumano Cioran, “el deseo de morir es demasiado lógico, por tanto
ineficaz”[4].
Una reflexión sobre la naturaleza
humana, debe ocuparse tanto de la condición de psique como de existencia, así
que toda la eficacia de una terapia es enfrentar al sujeto con su verdad,
aunque esta verdad sea la muerte.
Contexto
El contexto en el que discurre el
presente texto, tiene que ver con el final de una cultura, la búsqueda de otro
modo de ser hombre, la pérdida de sentido, desde la Viena de Freud, donde no
sabían que era una isla dentro del continente, y que la felicidad y la
inocencia habían concluido, recordando
la alusión a Cioran que hace Casals en su texto “afinidades vienesas”, “en
Europa la felicidad terminó en Viena”.
Habíamos creído que la razón era
suficiente para dar cuenta de la verdad, la bondad y la belleza; que solo era
cuestión de tiempo desvelar los enigmas de la vida interna e externa del ser
humano, que logos remplazaría al mito sin problema, y que lo que viajaba
libremente sin recato en la oralidad sería capturado por el signo, por el
concepto, que Apolo reinaría sobre las cenizas de Dionisio; la ilustración
llana y autosuficiente.
Habría que dar sentido al sinsentido, las lógicas del delirio, aludiendo al
texto de Bodei, se escribe la metapsicología psicoanalítica sobre lo racional
de la irracionalidad, de las razones de la locura, el sentido de lo
inconsciente, la historia de un desencuentro, un contubernio fracasado, una
búsqueda de integrar los elementos antagónicos que han hecho de la dialéctica
el punto de sutura del pensamiento, hablar de la oscuridad y el rio subterráneo
de nuestras racionales pasiones, aun cuando nos sintamos extraños y ajenos,
violentados, sin tiempo para identificarnos.
Descartes culmina la obra de Sócrates,
y erige al sujeto de la consciencia,
pasando desapercibido que la mayor parte de nuestras operaciones mentales son
inconscientes, versus sujeto del
inconsciente.
La fórmula había operaba sin
contratiempo, percepción-conciencia, hasta que volvimos hacia nosotros, y
preguntamos sobre nosotros mismos, y cómo habríamos de encontrarnos si nunca
nos habíamos buscado, hasta que el impertinente Nietzsche y Freud llegaron con
sus vocinglerías estrepitosas, y sus afanes desmiticadores, arrinconando a
Kant, instalan la subjetividad constructora de verdades, de certezas, de
ciencia, de vida.
Pero como dice
Savater, en el
prefacio que hace al texto de Cioran “adiós
a la filosofía y otros textos”, no
es tarea fácil introducir otra lectura a la lectura en que se ha venido
deslizando nuestra razón occidental, la fe en el sujeto y la ciencia, en la
causalidad y en la universalidad, en la razón, pasando desapercibido que el
sujeto en cuestión se posibilita en la medida que no es, en que la muerte toma
la razón de la vida: “ pero no es tarea fácil hacerla despertar”,
“Acurrucada
entre acolchados cobertores de dogmas, de consignas, de explicaciones, drogada
de noticias y de ese otro beleño, pobrecita mía… ¡con que escalofrío saca la
punta del pie de su embozo para calibrar la temperatura glacial que reina allí
donde la coherencia acaba y los razonamientos más razonables comienzan a
enarbolar una sonrisilla demente!”
Vuelve a tu sopor, pobre alma mía:
tirita y sueña bien arropada, hasta que lo irremediable venga a buscarte.
Conoces los decretos de la necesidad y
los acatas con aparente fastidio y secreta complacencia.
Su necesidad de ficción, de mitología,
triunfa sobre la evidencia y el ridículo.
Porque no reposa sobre nada, porque
carece hasta de la sombra misma de un argumento, es por lo que perseveramos en
la vida.
La muerte es demasiado exacta; todas
las razones se encuentran de su lado.
Misteriosa para nuestros instintos, se
dibuja, ante nuestra reflexión, límpida, sin prestigios y sin falsos atractivos
de lo desconocido.
A FUERZA DE ACUMULAR MISTERIOS NULOS Y
DE MONOPOLIZAR EL SINSENTIDO, LA VIDA INSPIRA MÁS ESPANTO QUE LA MUERTE: ES
ELLA LA GRAN DESCONOCIDA.
Nos aferramos a los días porque el
deseo de morir es demasiado lógico, por tanto ineficaz. Porque si la vida
tuviese un solo argumento a su favor –distinto, de una evidencia indiscutible-,
se aniquilaría; los instintos y los prejuicios se desvanecen al contacto con el
rigor.
Todo lo que respira se alimenta de lo
inverificable; un suplemento de lógica sería funesto para la existencia, esfuerzo
hacia lo insensato.
Dad un fin preciso a la vida: pierde
instantáneamente su atractivo.
La inexactitud de sus fines la vuelven
superior a la muerte; un ápice de precisión la rebajaría a la trivialidad de
las tumbas.
Pues una ciencia positiva del sentido
de la vida despoblaría la tierra en un día; y ningún frenético lograría
reanimar la improbabilidad fecunda del deseo.
Se cambia de ideas como de corbatas;
pues toda idea, todo criterio viene de lo exterior, de las configuraciones y de
los accidentes del tiempo.
PERO HAY ALGO QUE VIENE DE NOSOTROS
MISMOS, QUE ES NOSOTROS MISMOS, UNA REALIDAD INVISIBLE, PERO INTERIORMENTE
VERIFICABLE, UNA PRESENCIA INSÓLITA Y DE SIEMPRE, QUE PUEDE CONCEBIRSE EN TODO
INSTANTE Y QUE NO NOS ATREVEMOS JAMÁS A ADMITIR, Y QUE NO TIENE ACTUALIDAD MÁS
QUE ANTES DE SU CONSUMACIÓN: ES LA MUERTE, EL VERDADERO CRITERIO.
Y es ella, la más íntima dimensión de
todos los vivientes.
La que separa la humanidad en dos
órdenes tan irreductibles, tan lejanos el uno del otro.
El abismo de dos mundos incomunicables
se abre entre el hombre que tiene el sentimiento de la muerte y el que no la
tiene; sin embargo, los dos mueren; pero uno ignora que muere, el otro lo
sabe; el uno no muere más que un instante, el otro no cesa de morir, su
condición común les coloca precisamente en las antípodas el uno del otro; en
los dos extremos y en el interior de una misma definición; inconciliables,
sufren el mismo destino…el uno vivió como si fuera eterno; el otro piensa
continuamente su eternidad y la niega en cada pensamiento. Consciencia
de la muerte- no consciencia de la muerte
Todo lo que prefigura la muerte añade
una cualidad de novedad a la vida, la modifica y la amplía.
Sólo ante la conciencia de la muerte
la vida cobra plenitud, el amor no deja de ser el lugar predilecto de la
muerte, puesto que se muere a pedazos, en la búsqueda frenética de la
totalidad, de devorar y ser devorado, de fundirse en el otro, aun cuando ese plenitud,
ese goce nos lleve al no ser, como se sabe de la vida más que cuando se está al
borde de la muerte, cuando el cuerpo desfallece y se retira al origen, cuando
la pulsión de muerte cobra su potestad y nos arranca de nuestros viacrucis
prometeicos:
La salud la conserva tal cual, en una
estéril identidad; mientras que la enfermedad es una actividad, la más intensa
que el hombre pueda desplegar, un movimiento frenético y…estacionario, el más
rico derroche de energía sin gestos, la espera hostil y apasionada de una
fulguración irreparable.
Contra la obsesión de la muerte, los
subterfugios de la esperanza se declaran tan ineficaces como los argumentos de
la razón: su insignificancia no hace sino exacerbar el apetito de morir.
Que mejor manera de recuperar la salud
mental que asumiendo nuestra labilidad, nuestra negación existencial, nuestra
muerte, a cumulo de machacarla nos hacemos de ella como una agradable compañía
que nos hace disfrutar hasta el mínimo espacio y tiempo de existencia, a
recuperar la diferencia que la monotonía nos había desgastado para descubrir el
bello lunar en la cara de nuestro amada,
Para triunfar sobre este apetito no
hay más que un solo :
vivirlo hasta el fin, sufriendo todas sus delicias y sus espantos, no hacer
nada por eludirlos.
Una obsesión vivida hasta la saciedad
se anula en sus propios excesos. De tanto hacer hincapié sobre el infinito de
la muerte, el pensamiento llega a gastarlo, a asquearnos de él, negatividad
demasiado llena que no ahorra nada y que, más bien que comprometer y disminuir
los prestigios de la muerte, nos desvela la inanidad de la vida.
Quien no se ha entregado a las
voluptuosidades de la angustia, quien no ha saboreado en el pensamiento los
peligros de la propia extinción ni gustado aniquilamientos crueles y dulces, no
se curará jamás de la obsesión de la
muerte: será atormentado por ella por haberla resistido; mientras que quien,
experto en una disciplina de horror, y meditando en su podredumbre, se ha
reducido deliberadamente a cenizas, ése mirará hacia el pasado de la muerte y
el mismo no será sino un resucitado que
ya no puede vivir. su le habrá curado de la vida y de la muerte.
Así es como los ministerios antiguos,
pretendidas revelaciones de los secretos últimos, han pasado sin legarnos nada
en materia de conocimiento. los iniciados sin duda estaban obligados a no
transmitir nada; es, sin embargo, inconcebible que en tan gran número no se
haya encontrado un solo charlatán. lo que ocurre es que no había secretos;
había ritos y estremecimientos. una vez apartados los velos, ¿qué podían descubrir
sino abismos sin importancia? no hay iniciación más que a la nada y al ridículo
de estar vivo.
No ninguneemos a la muerte, es ella la
única que a completa nuestra vida, como
bien lo decía el filósofo alemán Martín Heidegger, la muerte es la posibilidad
de la imposibilidad de ser”, “somos seres para la muerte”, el aniquilamiento se
convierte en totalidad, en asunción y deidad;
Aniquilamiento primaveral, realización
más que abismo, la muerte sólo nos da vértigo
para mejor elevarnos por encima de nosotros mismos, a idéntico título
que el amor, con el cual está emparentado por más de un aspecto: uno y otra,
forzando el marco de nuestra existencia hasta el punto de hacernos estallar,
nos desintegran y nos fortifican, nos arruinan por el rodeo de la plenitud.
Aniquilamiento del ser.
Sus elementos tan irreductibles como
inseparables componen un equívoco fundamental. sí, hasta cierto punto, es
cierto que el amor nos pierde, ¡a través de qué sensaciones de dilatación y
orgullo lo hace!
Y si la muerte nos pierde
completamente, ¡qué estremecimiento la rodean! sensaciones y estremecimientos
por los que trascendemos el hombre que hay en nosotros, y los accidentes del
yo.
Como uno y otra nos definen más que en
la medida en que proyectamos en ellos nuestros apetitos y nuestros impulsos, en
que colaboramos con todas nuestras fuerzas a su naturaleza equívoca, son
necesariamente inaprehensibles, por poco que les miremos como realidades
exteriores, ofrecidas al juego del intelecto.
Uno se sumerge en el amor como en la
muerte, pero no se medita sobre ellos; se les saborea, se es su cómplice, pero
no se los sopesa.
Si nos fuera preciso limitarnos a
nuestras sensaciones tan cual son, nos parecerían intolerables, pues son
demasiadas distintas, demasiados desemejantes a nuestra esencia.
LA MUERTE NO SERÍA PARA LOS
HOMBRES SU GRAN PERDIDA, SI SUPIERAN ASIMILARLA A SU NATURALEZA O
METAMORFOSEARLA EN VOLUPTUOSIDAD. PERO PERMANECE EN ELLOS A UN LADO; PERMANECE
INMODIFICADA, DIFERENTE DE LO QUE ELLOS SON. LA MUERTE NOS UBICA EN NUESTRO
ESPACIO TEMPORAL HEIDEGGER.
Situación límite. Corremos
hacia ella y, sin embargo; ya estamos en ella. En el momento en que la incorporamos
a nuestra vida, no podemos impedirnos situarla en el futuro. Por una
inconsecuencia inevitable, la
interpretamos como el futuro que destruye el presente, nuestro presente. Y no
como el que completa al ser agujerado, en falta, se necesita la muerte para
estar pleno.
Si el
miedo nos ayuda a definir nuestro sentimiento del espacio, la muerte nos
abre al verdadero sentido de nuestra dimensión temporal, ya que sin ella, estar
en el tiempo no significaría nada para nosotros o, todo lo más, tanto como
estar en la eternidad.
De este modo, la imagen tradicional de
la muerte, pese a todos nuestros esfuerzos para escapar de ella, persiste en
obsesionarnos, imagen de la que los enfermos son los principales responsables.
CADA UNO ES SU SENTIMIENTO DE LA
MUERTE.
TODO LO QUE APUNTA A ACTUAR
SOBRE EL HOMBRE –RELIGIONES INCLUIDAS- ESTÁ MANCHADO POR UN SENTIMIENTO GROSERO
DE LA MUERTE. LA
RELIGIÓN NOS AYUDA A MORIR, NOS SALVA DE LA MUERTE.
Y es para buscar uno verdadero, más
puro, para lo que los eremitas se refugiaban en esa negación de la historia que
es el desierto, comparado a justo título por ellos con el ángel, pues, según
sostenían, uno y otro ignoran el pecado, la caída en el tiempo.
El desierto, efectivamente, hace
pensar en una duración traducida en la coexistencia: un fluir inmóvil, un
devenir cautivado por el espacio.
El solitario se retira a él, no tanto
por aumentar su soledad y enriquecerse de ausencia, como para hacer subir en sí
mismo el tono de la muerte.
Nosotros somos la muerte y todo es la
muerte. nos arrastra, nos lleva, nos arroja al suelo o nos lanza más allá del
espacio. intacta desde siempre, las edades no la han desgastado.
Mientras nos tenga y nos inmortalice
en la agonía, no podremos nunca permitirnos el lujo de morir; y aunque poseamos
la ciencia del destino y seamos una enciclopedia de fatalidades, empero nada
sabemos, pues es ella quien todo lo sabe de nosotros.
Debemos aprender a pensar contra
nuestras dudas y contra nuestras certezas, contra nuestros humores
omniscientes, debemos, sobre todo, forjándonos otra muerte, una muerte
incompatible con nuestra carroña, consentir en lo indemostrable, en la idea de
que algo existe...
La nada era sin duda más cómoda. ¡Qué
molesto es disolverse en el ser!
Schopenhauer Arthur, el amor, las
mujeres y la muerte
LA
MUERTE ES EL GENIO INSPIRADOR, EL MUSAGETE DE LA FILOSOFÍA…SIN ELLA
DIFÍCILMENTE SE HUBIERA FILOSOFADO. LA FILOSOFÍA Y LA PSICOLOGÍA
NACEN DE LA MUERTE.
Nacimiento y muerte pertenecen
igualmente a la vida y se contrapesan.
El uno es la condición de la otra.
Forman los dos extremos, los dos polos
de todas las manifestaciones de la vida.
Como un atributo a schima, el dios de la destrucción,
al mismo tiempo que su collar de cabeza de muerto, el lingam, órgano y símbolo de la
generación.
El amor es la compensación de la
muerte.
La muerte es el desate doloroso del
nudo formado por la generación con voluptuosidad. Es la destrucción violenta
del error fundamental de nuestro ser, el gran desengaño.
LA INDIVIDUALIDAD DE LA MAYORÍA DE LOS
HOMBRES ES TAN MISERABLE Y TAN INSIGNIFICANTE, QUE NADA PIERDEN CON LA MUERTE.
LO QUE EN ELLOS PUEDE AUN TENER ALGÚN VALOR, LOS RASGOS GENERALES DE HUMANIDAD,
ESO SUBSISTE EN LOS DEMÁS HOMBRES. A LA HUMANIDAD Y NO AL INDIVIDUO ES A QUIEN
SE LE PUEDE ASEGURAR LA DURACIÓN.
SI SE LE CONCEDIESEN AL HOMBRE UNA
VIDA ETERNA, LA RIGIDEZ INMUTABLE DE SU CARÁCTER Y LOS ESTRECHOS LÍMITES DE SU
INTELIGENCIA LE PARECERÍAN A LA LARGA TAN MONÓTONOS Y LE INSPIRARÍAN UN DISGUSTO TAN GRANDE, QUE
PAR VERSE LIBRES DE ELLOS CONCLUIRÍA POR PREFERIR LA NADA.
Toda individualidad es un error
especial, una equivocación, algo que no debiera existir, y el verdadero
objetivo de la vida es librarnos de él.
Si ese mundo estuviera exento de
miseria y de pena, se verían presa del tedio, y en la medida en que pudieran
escapar de éste, volverían a caer en las miserias, los tormentos, los
sufrimientos. Así, pues, para conducir al hombre a un estado mejor, no bastaría
ponerle en un mundo mejor, sino que sería preciso de toda necesidad
transformarle totalmente, hacer de modo
que no sea lo que es y que llegara a ser lo que no es. Por lo tanto,
necesariamente tiene que dejar de ser lo que es. Esta condición previa la
realiza la muerte, y desde este punto de vista concíbase su necesidad moral.
Ser colocado en otro mundo y cambiar
totalmente su ser, son en el fondo una sola y misma cosa.
Una vez que la muerte ha puesto
término a una conciencia individual, ¿sería deseable que esta misma conciencia
se encendiese de nuevo para durar una eternidad? ¿qué contiene la mayor parte
de las veces? nada más que un torrente de ideas pobres, estrechas, terrenales,
y cuidados sin cuento. dejadla pues, descansar en paz para siempre.
Parece que la conclusión de toda
actividad vital es un maravilloso alivio para la fuerza que la mantiene. esto
explica tal vez la expresión de dulce serenidad difundida en el rostro de la
mayoría de los muertos.
¿Pero conocéis ese polvo, sabéis lo
que es y lo que puede? antes de menospreciarlo, aprended a conocerlo. esta
materia, que no es más que polvo y ceniza. disuelta muy pronto en agua, se va a
convertir en un cristal, a brillar con el brillo de los metales, a producir
chispas eléctricas, a manifestar su poder magnético…a modelarse en plantas y
animales, y a desarrollar, en fin, en su seno misterioso, esa vida cuya pérdida
atormenta tanto a vuestro limitado, espíritu. ¿no es nada, pues, el perdurar
bajo la forma de esta materia?
NO CONOCEMOS MAYOR JUEGO DE
DADOS QUE EL JUEGO DEL NACIMIENTO Y DE LA MUERTE. PREOCUPADOS, INTERESADOS, ANSIOSOS
HASTA EL EXTREMO, ASISTIMOS A CADA PARTIDA, PORQUE A NUESTROS OJOS TODO VA
PUESTO EN ELLA.
NUESTRA VIDA NUESTRA MUERTE NO
LE CONMUEVE Y NO DEBERÍAN EMOCIONARNOS, PORQUE NOSOTROS TAMBIÉN FORMAMOS PARTE
DE LA NATURALEZA.
NUESTRA A PUESTA ES SOBRE UNA SOLA PARTIDA, NUESTRO CUERPO ES TAMBIÉN EL ABONO
AL CICLO DE LA NATURALEZA.
Por consiguiente, en ti, preguntón
insensato, que desconoces tu propia esencia y te pareces a la hoja en el árbol
cuando, marchitándose en otoño pensando en que se ha de caer, se lamenta de su
calda, y no queriendo consolarse a la vista del fresco verdor con que se
engalana el árbol en la primavera, dice gimiendo: no iré yo, serán otras hojas.
El arte
Todo deseo nace de una necesidad, de
una privación, de un sufrimiento.
Satisfaciéndolo se calma.
Más por cada deseo satisfecho,
¡cuántos sin satisfacer!
Además, el deseo dura largo tiempo,
las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado.
Y hasta ese placer que por fin se
consigue no es más que aparente, otro le sucede, y si el primero es una ilusión
desvanecida, el segundo es una ilusión que aun dura. nada en el mundo es capaz
de aquietar la voluntad ni de fijarla de un modo duradero; lo más que del
destino puede obtenerse, asemejase siempre a la limosna que se arroja a los
pies del mendigo, y que si sostiene hoy su vida sólo es para prolongar mañana
su tormento. así, en tanto que estamos bajo el dominio de los deseos y bajo el
imperio de la voluntad, en tanto que nos abandonamos a las esperanzas que nos
apremian, a los temores que nos persiguen, no hay para nosotros descanso ni
dicha duraderos. en el fondo, lo mismo da que nos empeñemos en alguna
persecución o que huyamos ante alguna amenaza, que nos agiten la espera o el
temor: las cavilaciones que nos causan las exigencias de la voluntad bajo todas
sus formas, no cesan de turbar y atormentar nuestra existencia.
ASÍ EL HOMBRE, ESCLAVO DEL
QUERER, ESTÁ CONTINUAMENTE AMARRADO A LA RUEDA DE IXIÓN, VIERTE SIEMPRE EN EL
TONEL DE LAS DANAIDES, ES TÁNTALO DEVORADO POR LA SED ETERNA. LA ÚNICA SALIDA.
Pero cuando una circunstancia externa
a nuestra armonía interior nos eleva por un momento por encima del torrente
infinito del deseo, libertan a nuestro espíritu de la opresión de la voluntad,
apartan nuestra atención de todo lo que la solicita y se nos aparecen las cosas
desligadas de todos los prestigios de la esperanza, de todo interés propio,
como objetos de contemplación desinteresada y no de concupiscencia.
Entonces es cuando ese reposo
vanamente buscado por todos los caminos abiertos al deseo, pero que siempre ha
huido de nosotros, se presenta en cierto modo por sí mismo y nos da la
sensación de la paz en toda su plenitud. ese es el estado libre de dolores que
celebraba Epicuro como el mayor de los bienes todos, como la felicidad de los
dioses; porque entonces nos vemos por un instante manumitidos de la abrumadora
opresión de la voluntad, celebramos la fiesta después de los trabajos forzados
del querer, se detiene la rueda de Ixión... ¿qué importa entonces ver la puesta
del sol desde el balcón de un palacio o a través de las rejas de una cárcel?
HAY UNA IMPOSIBILIDAD DE CONCEBIR
NUESTRA PROPIA MUERTE, POR LO QUE
NUESTRA ACTITUD ANTE LA MUERTE
FREUD.
LA MUERTE PROPIA ES, DESDE LUEGO,
INIMAGINABLE.
El hombre primordial tomó en serio la
muerte, la reconoció como supresión de la vida y se sirvió de ella en este
sentido; más por otro, hubo de negarla y la redujo a la nada.
De la muerte nace la reflexión, la
investigación:
LOS FILÓSOFOS HAN AFIRMADO QUE EL ENIGMA
INTELECTUAL QUE LA IMAGEN DE LA MUERTE PLANTEABA AL HOMBRE PRIMORDIAL HUBO DE
FORZARLE A REFLEXIONAR, Y FUE ASÍ EL PUNTO DE PARTIDA DE TODA REFLEXIÓN.
Ante el cadáver del enemigo vencido,
el hombre primordial debió de saborear su triunfo, sin encontrar estímulo
alguno a meditar sobre el enigma de la vida y la muerte. Lo que dio su primer
impulso a la investigación humana no fue el enigma intelectual, ni tampoco
cualquier muerte, sino el conflicto sentimental emergente a la muerte de seres
amados, y sin embargo, también extraños y odiados. De este conflicto sentimental fue del que nació
la Psicología. El hombre no podía ya mantener alejada de si la muerte, puesto
que la había experimentado en el dolor por sus muertos; pero no quería tampoco
reconocerla, ya que le era imposible imaginarse muerto.
El recuerdo perdurable de los muertos
fue la base de la suposición de otras existencias y dio al hombre la idea de
una supervivencia después de la aparente muerte.
Ante el cadáver de la persona amada nacieron
no sólo la teoría del alma, la creencia en la inmortalidad y una poderosa raíz
del sentimiento de culpabilidad de los hombres, sino también los primeros
mandamientos éticos. El mandamiento primero y principal de la conciencia
alboreante fue: . El cual surgió como reacción contra la
satisfacción del odio, oculta detrás de la pena por la muerte de las personas amadas, y se
extendió paulatinamente al extraño no amado, y por último, también al enemigo.
¿Cómo se conduce nuestro inconsciente ante
el problema de la muerte?
El hombre prehistórico pervive
inmutable en nuestro inconsciente.
Nuestro inconsciente no cree en la
propia muerte, se conduce como si fuera inmortal.
Nada instintivo favorece en nosotros
la creencia en la muerte. Quizás sea éste el secreto del heroísmo.
El miedo a la muerte, que nos domina
más frecuentemente de lo que advertimos, es, algo secundario, procedente casi
siempre del sentimiento de culpabilidad.
León Tolstoi, la muerte de Ivan Ilich
¡Señores! –exclamó ¡Ivan Rich ha
muerto!
Así pues, al recibir la noticia de la
muerte de Iván Illiche lo primero en que pensaron los señores reunidos en el
despacho fue en lo que esa muerte podría acarrear en cuanto a cambios o
ascensos entre ellos o sus conocidos.
Y qué, ¿ha dejado algún capital?
Por lo visto su mujer tenía algo, pero
sólo una cantidad ínfima.
Bueno, habrá que visitarla. ¡Aunque
hay que ver lo lejos que viven!
A parte de las conjeturas sobre los
posibles traslados y ascenso que podrían resultar del fallecimiento de Iván
Ilich, el sencillo hecho de enterarse de la muerte de un allegado suscitaba en
los presentes, como siempre ocurre, una sensación de complacencia, a saber:
Cada uno de ellos pensaba o sentía:
Como sucede siempre en ocasiones
semejantes, Pyotr Ivanovich entró sin saber a punto fijo lo que tenía que
hacer. Lo único que sabía era que en tales circunstancias no estaría de más
santiguarse. Pero no estaba enteramente seguro de si además de eso había que
hacer también una reverencia.
<< ¡Tres días de horribles
sufrimiento y luego la muerte! ¡pero si eso puede también ocurrirme a mí de
repente, ahora mismo!>> pensó, y durante un momento quedó espantado. Pero
en seguida, sin saber por qué, vino en su ayuda la noción habitual, a
saber, que eso le había pasado a Iván
Ilich y no a él.
¿Qué hay, amigo Gerasim? preguntó por
Ivanovich por decir algo-. ¡Qué lástima! ¿Verdad?
Es la voluntad de dios. Por ahí
pasaremos todos-contesto Gerasim mostrando sus dientes blancos.
Empezó a desear que muriera, a la vez
que no quería su muerte porque en tal
caso cesaría su sueldo; y ello aumentaba su irritación contra él. Se
consideraba terriblemente desgraciado porque ni siquiera la muerte de él podía
salvada, y aunque disimulaba su irritación, ese disimulo acentuaba aún más la
irritación de él.
Ascenso-descenso
La fortuna: ascenso y buen puesto
social.
El accidente mortal.
Continuaba la vida buena.
El inicio del descenso.
El vuelco en contra de los demás:
resentimiento.
Sentimiento de lástima y rencor hacia
la indiferencia: aislamiento.
Depresión generalizada: la
indiferencia hacia la muerte del otro, el sufrimiento.
Obsesión: la búsqueda de datos
positivos en el exterior.
Un saber insoportable: el límite.
creer en todo.
El conocimiento de sí impide el
engaño: la aceptación.
El colapso del cuerpo provoca el
colapso de la mente.
La imposibilidad del ser: sin saber
que completa al ser: la muerte misma.
La negación del límite.
La muerte formal, un silogismo, una
ley universal, en contra de lo individual, resistencia del ser.
Prisionero de las regularidades.
Protección de la idea de la muerte.
Lo real.
Solo el odio nos libera de la muerte.
La insignificancia es la gran causa
del origen del mal.
El mayor mal, a parte del dolor, es la
mentira.
La verdad tranquiliza, la confesión.
Hipocresía versus sinceridad.
Volver al útero, donde estamos
protegidos.
La muerte es la ausencia de dios.
Atento al cuerpo, el significado real
de la vida está en el cuerpo.
Cuando la muerte está yo no estoy:
Kubler Ross: negación, asilamiento,
ira, pacto o regateo, depresión y aceptación.
[2] La muerte es
el genio inspirador, el musagete de la filosofía…sin ella difícilmente se
hubiera filosofado. “El amor, las mujeres y la muerte”, versión electrónica, p.
234.
http://www.schopenhauer-web.org/textos/El_amor_las_mujeres_y_%20la_%20muerte.pdf